Ambos se asombraron de que Tony todavía estuviera en la recepción de la oficina de De Castro, pero Diego hizo pasar a un cliente que le esperaba y no pudo hacer ningún comentario. Cristina se sentó en un sofá.
- Hey… Estoy esperándote. Hay muchas cosas de las que tenemos que hablar. – Le dijo Tony acercándose a ella. Cristina alzó una ceja con aire despectivo.
- Voy a almorzar con Diego y luego iré de compras. Hablaremos en Miami, mañana. – Le dijo ella con una seguridad que estaba lejos de sentir. A Tony no le gustó que lo rechazaran.
- Es en serio… Tienes que decirme qué decir y qué no de Martín. – Le dijo él insistiendo. Cristina sonrió.
- Yo todavía no sé qué voy a decir yo así que… nos vemos mañana. – Le dijo sin ceder por un milímetro lo que había decidido.
- Está bien. Nos vemos más tarde. Te llamo a tu hotel. – Dijo él sin claudicar del todo su intención de hablar con ella ese mismo día.
Diego se desocupó un poco más tarde de lo prometido y la hizo comer en un lujoso restaurante de la ciudad. Luego, la acompañó al centro comercial donde realizaría sus primeras compras pero una llamada importante le hizo abandonarla para asistir a su oficina a una reunión de negocios.
Diego no le preguntó absolutamente nada acerca de la relación que empezaba a intuir entre Tony y ella. No iba a recordarle a su rival en la escasa hora que le había regalado para estar con ella. Sin embargo no pudo seducirla para que se acostara con él. La llamada sobre una cita muy importante de negocios que no podía posponer no era para ignorarla.
Cristina se despidió de él con la promesa de pensar en el futuro una posible relación entre los dos. Diego estaba loco. Ella jamás volvería a Barranquilla, su vida y la de sus hijos estaba organizada en Miami y no tenía la menor intención de cambiar eso.
Eran casi las siete de la noche cuando decidió que llevaba muchos paquetes y que había conseguido todo lo posible. Tomó un taxi y uno de los chicos del hotel se ofreció a ayudarla con los paquetes. Casi se desmaya cuando se abrieron las puertas del ascensor y encontró a Tony sentado en un sofá del pasillo junto a su puerta.
- Olvidaste dejarme las llaves. – Le dijo con descaro. Cristina lo ignoró y abrió la puerta de su habitación.
El chico entró con los paquetes y detrás de él Tony. Cristina sabía que no había manera de rechazarlo. Solo de verlo deseaba besarlo y su cuerpo se excitaba ante la posibilidad de que la sedujera. Además de eso, parecía imposible de contradecir.
El muchacho se marchó y Tony se dejó caer en un sofá de la sala. Cristina se metió en su habitación y sacó la maleta más grande para acomodar las cosas que había comprado a Antonia en ella. NO cambiaría sus planes por él.
- ¿Puedo invitarte a cenar? – Preguntó Tony desde el sofá. Cristina puso los ojos en blanco.
Él insistía en comportarse como si llevaran años de relación. A veces, Cristina pensaba que deseaba enloquecerla.
- No quería salir del hotel esta noche. Tengo que empacar. – Le gritó ella. Hacerle ver que actuaba como un desquiciado era tiempo perdido.
- No salgamos. Cenaremos en el hotel… el restaurante es excelente. – Le dijo él. Cristina frunció el ceño.
¿Conocía el restaurante del hotel? ¿Acaso no era la primera vez que venía a Barranquilla? Pero preguntarle eso le daría una falsa idea de que estaba interesada en él.
- Cuando termine de empacar, te digo. – Le dijo ella dispuesta a dejarlo en la sala hasta que terminara de empacar las cosas de Antonia.
Su ropa estaba empacada. Ella sólo había sacado algunas cosas y el maletín donde guardaba la ropa sucia sólo tenía que meterlo en la otra maleta y estaba listo su equipaje. Lo escuchó deambular por la sala y al poco rato, entró en la habitación.
Cristina sentía el poder de su presencia con sólo tenerlo a medio metro de distancia. ¿Por qué su cuerpo reaccionaba de esa manera a Tony? ¿Acaso le recordaba al Martín del que se enamoró? Con aquel Tony también había sentido esa pasión desbordada por tenerlo cerca, por tocarlo, por sentirle.
Suspiró y acomodó los últimos regalos en la maleta. Todavía quedaba un espacio por lo que decidió meter allí sus zapatos. Se arrodilló sobre la alfombra para buscarlos debajo de la cama y dio un brinco cuando Tony se agachó junto a ella.
- ¿Qué estás haciendo? – Preguntó él con voz ronca. Cristina abrazó sus zapatillas de tacón alto.
- Empaco. – Le dijo sin confiar en la seguridad de su voz. El rostro de Tony estaba tan cerca y ¡su boca le apetecía tanto!
- Ignorarme sólo hace que te desee más…- Le dijo él tomando con una mano su barba y acercando sus rostros. – Y en verdad, necesito que hablemos.
Aquella solicitud a colaborar con él para no terminar haciendo el amor en lugar de hablar sobre lo que harían con su futuro, hizo que la poca fuerza de voluntad de Cristina despareciera. Cayó de rodillas sobre el suelo y colocó las zapatillas dentro de la maleta.
- Es sólo atracción y… se puede dominar. – Le dijo tratando de engañar hasta a su propia conciencia. Tony sonrió arrasando con el mínimo de cordura que mantenía a Cristina vestida.
- No es fácil de dominar. – Le dijo él y la besó. – No te mientas.
- He estado pensando las cosas… Te pareces al Tony del cual alguna vez me enamoré y es posible…- Intentó decir tan pronto él le dejó respirar un poco. Tony la hizo levantarse y tomó la maleta que Cristina había estado arreglando para bajarla al suelo ya cerrada.
- Te divorciaste de ese Tony… Lo dejaste de querer… Te engañó y no se lo perdonaste. – Le dijo él mientras bajaba la otra maleta de la cama de Cristina.
Cristina intentó alejarse de la cama. Tal vez si lo llevaba a la sala, si asumía la conversación en un ambiente menos íntimo. Pero Tony no la dejó salir de la habitación. La agarró por la blusa y la hizo regresar a su lado.
Su abrazo la hizo sentir la fuerza de su deseo. Se derritió en sus brazos y se dejó dar vuelta como una muñeca mientras sus manos de hombre la tocaban con rudeza. Su boca estaba a menos de una cuarta de la boca masculina y sus piernas amenazaban con no sostenerla.
- Este Tony que estás conociendo… te desea… Y tú lo deseas…. – Le dijo sin dejarse engañar por lo que ella intentaba afirmar.
- Pero no es mi esposo… no lo conozco… Por Dios! No sabemos ni qué nos gusta comer! – Le dijo tratando de pensar con cordura aunque era muy difícil teniendo en cuenta que todo lo que deseaba era arrancarle la ropa y hacerle el amor.
- No seas tonta… Esas son etapas que prolongarían nuestra tortura… Has estado casada y tienes dos hijos… no estás para noviazgos…- Le dijo él empezando a desabrochar los botones de su blusa. – Y yo no estoy para esos juegos, tampoco.
- Soy la esposa de tu primo. – Le dijo ella recurriendo a las pocas ideas que su mente pensaba con claridad. Tony sonrió con burla.
- Eres la sensual y apasionada viuda de mi primo y me vuelves loco. – Le dijo él. Cristina cuya voluntad se debilitaba más rápido con palabras que con gestos, sintió que le importaba muy poco lo que otros pensaran… si a cambio podía dejarse literalmente comer por este hombre.
- Mis hijos… - Intentó decir antes que él la besara y luego de varios minutos besándola mientras le quitaba la ropa, él le dijo.
- Nadie le va a decir a los niños que te acostaste conmigo. – Le dijo él haciéndola acostarse sobre la cama ya casi desnuda. Él empezó a quitarse la ropa en vista de que Cristina no lo hacía.
Cristina se deleitó observándolo. Tony se quitó la ropa en un par de rápidos movimientos y la hizo acostarse debajo de él en la mitad de la cama. Cristina se arqueó disfrutando de la sensual sensación de su peso sobre su cuerpo. Tony gimió anticipando el placer de tenerla.
- Dime Cristina… ¿Me rechazarás? – Preguntó él mientras le quitaba la ropa interior para besarla cuello abajo.
- Debo hacerlo… Somos dos desconocidos teniendo sexo sin medir las consecuencias. – le dijo ella. Tony no dejó de acariciarla con labios y manos mientras le contestó.
- Te equivocas… Eres una mujer sana y yo también.- tomando su comentario hacia las precauciones que debía tener por salud. - Además esta vez traje condones y no voy a negarme el placer de estar dentro de ti…
- Sabes que no me refiero a eso… ¿Cómo voy a trabajar contigo mientras recuerdo todo esto? – Le dijo ella. Tony la hizo mirarlo a los ojos para decirle.
- Cuando estemos trabajando… estaremos trabajando pero después… tendremos toda la libertad de disfrutarnos igual que ahora. – Le dijo muy seguro de que no estaría pensando en sexo cuando estuviera enfrente de ella en la empresa. Cristina no estuvo muy segura de que ella pudiera asegurar lo mismo.
- ¿Y si no puedo? – Insistió ella dándose cuenta de que la pregunta si lo había sacado de su concentrada tarea de desnudarla. Tony suspiró.
- Tendrás que decidir si vives conmigo sólo para ser mi amante o si puedes trabajar conmigo y ser mi amante. – Le dijo él con una expresión tan seria en su rostro que Cristina no puso en tela de juicio que estuviera hablando en serio.
- Así que amante o amante y compañera de trabajo. – Dijo Cristina. Tony se levantó y se quitó su calzoncillo ignorando la intención de Cristina de fastidiarlo.
- Créeme, Cristina… voy a gozarme este placer de tenerte entre mis piernas… cada vez que pueda… Y no me importa, lo que tenga que hacer para lograrlo. – le dijo y la hizo separar las piernas. Cristina se tensionó pensando que él la tomaría sin contemplaciones. – Tranquila. – Le dijo y empezó a besarla de nuevo de los pezones hacia abajo. Cristina se debatía entre detenerlo y disfrutarlo cuando Tony gimió besando su vientre.
- Por favor, Cristina… Aunque nuestra relación de negocios no funcione… - Le dijo él volviendo a acostarse sobre ella para mirarla a los ojos. – Dime que vas a ser mi amante. Dime que me deseas, que lo disfrutas… ¡Dímelo!
Inexplicablemente, aunque su mente pensó en negarlo y aprovechar aquel momento para rechazarlo y ofenderlo de tal manera que la dejara en paz, de sus labios surgió un suspiro ronco y bajo:
- Te deseo. Y cuando estás allí se me olvida todo… Y le tengo miedo a eso pero… te deseo. – Le dijo y Tony procedió a cumplir su tarea de macho seductor.
¡Cielos! Exclamó Cristina mientras recordaba una y otra vez todo el placer de tenerlo dentro mientras se duchaba. Tony estaba medio dormido en su cama, enrollado entre las sábanas, completamente desnudo.
Tenía que reconocer que cada hombre en su vida había tenido una excelente manera de hacer el amor. Pero que Tony la hacía sentir una diosa pagana, probando el elixir mismo del Olimpo. Se miró en el espejo mientras se secaba. Y tal vez lo que más la excitaba era que Tony parecía sentir lo mismo.
Y si no… ¿por qué aunque dijo que había traído condones no se había acordado de colocarse uno? Se preguntó sonriendo. Ni siquiera Diego en medio de su somnolencia aquella noche en la que Cristina se le metió en su cama, había olvidado colocarse la protección. En cambio, Tony… se concentraba en seducirla con palabras y caricias atrevidas que la hacían enloquecer y que se veía lo enloquecían a él también.
Ese poder sobre sus sentidos, hacía que Cristina se sintiera una diosa. Algo así como una Venus Afrodita disfrutando de su adonis favorito. Se vistió de manera informal y decidió levantar a Tony. O se quedarían sin cenar.
Lo observó unos segundos antes de sacudirle el brazo. Su rostro algo bronceado, de facciones esculpidas en piedra, sus párpados escondiendo sus hermosos ojos de gato y su boca tan sensual y roja. Cristina le sacudió el brazo varias veces antes de conseguir que abriera los ojos y se estirara cual largo era entre las sábanas. Cristina sintió sobre su propia piel la suave caricia de la tela deslizándose entre sus piernas para dejarlo desnudo frente a ella.
- ¡Hey! Soy un hombre. – Le dijo él sacándola del estado hipnótico en el que la tenía la observación del cuerpo masculino. Ella suspiró. No había remedio, le gustaba ese hombre mucho más de lo que le había gustado alguien en su vida y sentía que para él, ella era muy especial. Se sentía deseada, no utilizada. Eso era algo que Martín jamás había borrado de sus encuentros sexuales.
- Vamos a cenar. – Le dijo ella tratando de escucharse enojada. Tony abrió los brazos a lado y lado de su cuerpo y se estiró.
- Claro que sí… Mi cuerpo no puede dar un paso sin comer. – Le dijo sentándose de un salto, haciendo alarde de su agilidad. – Y estar contigo es más agotador que tres horas de gimnasio. ¡Por Dios! ¡Eres una bomba de sensualidad!
- No me lo recuerdes. – Rogó avergonzada y ruborizada. Decidió alejarse de la visión de ese hombre desnudo y salió de la habitación.
Tony se bañó y se cambió en 15 minutos y la tomó de la mano para salir de la habitación rumbo al ascensor. La arrinconó contra una pared del ascensor y la obligó a mirarlo a los ojos.
- Es una delicia estar juntos y no puedes negarlo. – Le dijo él. – Me importa un rábano si todo esto es gracias a las locuras de Martín… Y si en realidad me estoy metiendo en tu vida a la fuerza.-
- No quiero que hablemos de eso. – Rogó ella que todavía no sabía qué diría si él volvía a preguntarle si lo deseaba.
- Intentemos tener una velada racional. – Le dijo Tony abrazándola a su costado. Cristina suspiró. Empezaba a dudar que estando a su lado pudiera concentrarse en otra cosa que no fuera el deseo.
- Entonces… hablemos de mis hijos… ¿Cómo voy a presentarte ante mis hijos? – Preguntó ella.
- Aunque sea un poco doloroso para ellos y para ti… debes decirle la verdad sobre Martín. – Cristina suspiró. Esperaba que él le diera una idea distinta y válida.
- NO sé hasta qué punto eso sea prudente. – confesó. El ascensor los dejó a unos pasos del restaurante pero decidieron irse a una de las mesas a la orilla de la piscina.
Aquel ambiente romántico, especialmente por la arquitectura colonial del hotel, lo hacía ver como un actor de cine. Estaban en una alejada ciudad del caribe… ni su familia ni la de él estaban cerca y eso hacía todavía más atractiva su relación. Tal vez eso le daba fuerza. Pensó y sintió angustia al darse cuenta que en lugar de tranquilizarla esos pensamientos la desesperaban.
Es decir, cuando estuvieran en Miami y la rutina de su trabajo como madre y como gerente de su empresa la agobiaran… ¿su relación perdería pasión? Se sorprendió a sí misma con esa pregunta. ¿En realidad estaba preocupada por cómo llevar una relación con Tony? Su gesto de vergüenza y sanción fue confundido por Tony. Él lo interpretó como preocupación y le acunó una mano entre las suyas mientras decía:
- Los padres hieren a sus hijos pero los jóvenes terminan por perdonarlos. – Pensando que ella seguía pensando en cómo decirle la verdad a sus hijos. Cristina suspiró sin decirle la verdadera razón de su angustia.
- Antonia veía por los ojos de Martín. Si ahora le digo que era un mentiroso redomado que nos engañó a todos… Creerá lo que siempre ha medio insinuado: que la vida es un teatro donde todos simulamos algo. – Le confesó tratando de alejar sus pensamientos. Su relación con Tony no tenía futuro y no debía gastar neuronas en analizarla.
- Pero allí estarás tú para aterrizarla. Y, yo si me lo permites. – Le dijo él. – Mirará todo lo que has sufrido, todo lo que he perdido y todo lo que ellos mismos estarán sufriendo a causa de la mentira de Martín.
- Y no es sólo Antonia, está Cristóbal… no amaba mucho a Martín. ¿Sabes? Jamás hubo entre ellos más que la obligación de ser padre e hijo. – Le dijo sintiéndose como una tonta al revelarle a un perfecto desconocido que sus mayores preocupaciones eran que sus hijos dejaran de creer en su padre… un padre muerto.
Cristina podía imaginar a Cristóbal liberado de la obligación de hablar bien de su padre. ¿Y con quién iba a identificarse como hombre? Cristina sabía que se llevaba muy bien con su padrino. Seguía a pie juntillas lo que él le recomendaba. Suspiró al pensar en Jim… el mejor amigo de Martin y el hombre por el cual sus padres se divorciaron. Claro que los chicos no lo sabían… Y para Cristóbal, Jim era el hombre más divertido, comprensivo y amigable del mundo. Pero Cristina no podía olvidar que Martin se había sentido más que herido por su infidelidad con Jim.
- Es entonces una nueva razón para que me des la oportunidad de entrar en tu vida.- Le dijo él besando su mano. Cristina frunció el ceño.
- ¿Cómo así? – Preguntó aunque deseó preguntarle cuáles eran las verdaderas razones por las cuales se empeñaba en ser parte de su existencia.
- Pues que tu hijo necesita un padre y yo… puedo serlo. Soy prácticamente su tío y … su única familia aparte de ti. – Le dijo él con precaución. Cristina entrecerró los ojos.
- Dime la verdad: qué es más importante para ti en este momento: recuperar tu dinero y aprovechar la oportunidad de independizarte o tener una familia caída del cielo. – Le dijo ella. Tony se acercó a ella.
- No voy a negarte… Ayer llegué dispuesto a quedarme con tu empresa…- Le dijo. – La mejor oportunidad de hacer negocios en Estados Unidos. Pero te conocí… y ahora también quiero quedarme contigo.
Cristina no pudo responder a eso. No había siquiera soñado que él le dijera que la quería a ella. El mesero llegó a tomarles la orden y la verdad, ella no hubiese podido hilar dos palabras juntas con sentido. Cuando el mesero se alejó, Tony hizo un comentario sobre las personas en el lugar y Cristina empezó a hablar de su pasión: el diseño de modas.
- Es bastante difícil competir en Estados Unidos… Sin embargo, he hallado un mercado muy bueno para mis diseños.- Le dijo mientras les colocaban el plato principal enfrente. – Los colombianos y los mejicanos en Miami… adoran mis colores y texturas… así que con ellos tengo más que suficiente.
- Te puedo proponer Chile y Argentina como siguiente paso…- Le dijo él. Cristina suspiró.
- Llevar mis diseños al cono sur… Wow. Sería espectacular. – Respondió ella. Tony asintió.
- Ese es mi negocio allá. – Le dijo él con un ligero tono de nerviosismo que le llamó la atención a Cristina. – Importar ropa exclusiva.
- Entonces… no te es tan ajeno el negocio de los diseños. – Le dijo Cristina pensando que no le había hecho una entrevista a Tony para saber hasta qué punto podía asumir la gerencia de su empresa.
Cristina comió en silencio el resto de la velada. Tony tampoco parecía estar en disposición de hablar sin embargo, cuando les trajeron el postre, él retomó el tema de los chicos.
- Insisto que teniendo a tu amiga… la psicóloga… debes decirle a los chicos la verdad sobre Martín. – Le dijo. Cristina asintió.
- Ya estás a punto de convencerme. – Reconoció ella. - De todos modos, hablaré con ella antes de tomar una decisión.
Cristina y Tony caminaron alrededor de la piscina y se tomaron un par de tragos en el bar, antes que Cristina insistiera en subir a su habitación para hablar con sus hijos.
Tony entró a la habitación con la confianza que siempre mostraba. Cristina decidió no discutir con él. Se fue directo al teléfono y pidió la llamada a Miami.
- ¡¡¡Mamá!!! – Gritó Antonia tan pronto le reconoció la voz. – Tienes que regresar pronto. Tengo un campamento para el fin de semana y Linda dice que sin ti en casa, yo no voy a ningún lado.
Cristina podía imaginar los berrinches que Antonia estaría haciéndole a Linda para pedir permisos. Suspiró sin saber si decirle o no acerca de Tony.
- Antonia… Hija… Tu padre murió. – Le dijo.
- Mamá… ¿Estás ebria? Claro que sé que papá murió. – Le dijo Antonia entre molesta y triste.
- Respétame, Antonia. –Le dijo enojada y vio que Tony se iba al balcón de la habitación como si quisiera darle privacidad a su conversación. – Tu padre murió pero eso no es todo. Hay cosas ocultas en la vida de tu padre.
- Ya me preocupaste. Cuéntame lo que sea.- Le dijo Antonia. Cristina se arrepintió de haberse precipitado en sus comentarios.
- Pásame a Linda y que ella te cuente. – Le dijo Cristina. Antonia dijo una andanada de groserías pero obedeció pasándole el teléfono a Linda.
- Qué pasa, amiga. – Le dijo preocupada.
- Tienes que decirle a mis hijos… O por lo menos a Antonia que su padre nos ocultó su verdadera identidad. – Le dijo Cristina odiando dejar en los hombros de Linda su responsabilidad.
- Creo que es una conversación que usted debe tener con sus hijos, Señora María. – Le dijo Linda usando el tono de psicóloga que utilizaba en su consultorio.
- Ya lo sé… pero necesito una preparación previa… te necesito, Linda. – Le dijo al borde del llanto.
- Nada de lágrimas.- Le ordenó. - ¿Qué les digo?
- Que su padre nos ocultó su verdadera identidad y que voy a llegar con la persona que legalmente es mi marido, el dueño de la empresa y su padre…- Le dijo resignada a aceptar lo que no podía cambiar.
- Y que necesitas su colaboración… buen comportamiento… actitud de apertura…- Le enumeró Linda. - ¿Estás loca? ¿A qué viene ese hombre? ¿Lo vas a traer a tu casa?
- No lo sé. Creo que no va a vivir con nosotros en casa… tal vez lo haga quedarse contigo… en tu apartamento. – Le dijo ella sin decidirse a sacarlo del todo de su vida. Se mordió el labio y miró al balcón. Tony miraba el cielo estrellado. No podía negarse el placer de tener una aventura con ese hombre. Y casi no le importaba si a sus hijos les parecía bien o no.
- ¿Eso quiere decir que te cae muy bien? ¿Es atractivo? ¿Te gusta? – Preguntó Linda con un tono de voz bajo que le dijo a Cristina que no estaba sola en la habitación.
Linda había comprendido el mensaje implícito en su proposición. Claro que le parecía atractivo, claro que le gustaba y claro que deseaba que se quedara en su vida. Sólo que tenía miedo. Miedo a que este Tony se convirtiera en uno igual al que alguna vez fue su esposo. Y la engañara y la alejara de su vida.
- Necesito que se quede con alguien conocido. Un lugar donde yo pueda conversar con él pero no me atrevo llevarlo a casa. – Le confesó. – Además así podrás conocerlo, opinar… ayudarme a orientarme en el futuro de mi vida.
- Está bien, amiga. Veo que el lío es grueso. – Reconoció Linda con voz de entusiasmo. – Voy a hablar con los chicos acerca de lo infantiles que algunas veces nos comportamos los adultos. ¿Será que este tipo les va a caer bien a todos?
- No lo sé. – Le dijo Cristina en un hilo de voz. – Es atractivo, me seduce… Y yo a él también.
- Dios… Eso quiere decir que te acostaste con él. – Dijo Linda casi en un susurro sobre el teléfono pero con evidentes deseos de gritar. Cristina cerró los ojos y se apoyó a la pared en la habitación.
- Lo hice… Lo hice y fue maravilloso y no quiero perderlo y… Antonia va a adorarlo porque les gustan los mismos cantantes argentinos y los conoce… - Le dijo desahogándose de todo lo que había ido guardando en su corazón durante la conversación de esa noche. – Y me temo que Cristóbal va a amarlo mucho más rápido que a su padre… Y eso me duele… me duele, Linda. – Le dijo llorando. – Porque yo siempre quise que Tony y Cristóbal se entendieran y que mi hijo tuviera en su padre a su mejor amigo. – Y sollozó. – Y estoy sintiendo que traiciono a Martín porque Tony me parece mejor… en la cama… en mi vida… para mis hijos. ¡Diablos, Linda! Estoy metida en el lío más grande de mi vida.
- Cálmate… Ya te entendí. – Le dijo Linda. Tony apareció junto a ella y le quitó el teléfono y la dejó abrazarlo y llorar. – Sólo tienes que calmarte, amiga.
- Está llorando. – Le dijo Tony tomando el hilo de la conversación. – Creo que es mejor que conversen mañana.
- ¿Quién habla? ¿Diego? – Preguntó Linda. Tony abrazó con fuerza a Cristina confirmando con la pregunta de su amiga que Diego era algo más que el abogado de su difunto marido en la vida de Cristina.
- No. Soy Tony Vidal. Cristina llegará mañana a las once… Espero que vaya a recibirla. – Le dijo y cerró la llamada.
Cristina se dejó llevar a la cama. No escuchó a Tony llamar a la paramédico del hotel, ni la llegada de Luisa. Sólo quería llorar. Llorar todo lo que no lloró a Tony… a Martín en su tumba. Quería dormir. Dormir y despertar pero encontrar que todo había sido una pesadilla. Tony era Tony, sus hijos eran sus hijos y nada de todo esto era realidad.
Sin embargo, Tony la ayudó a quitarse la ropa. Le buscó un pijama y empacó el resto de sus cosas mientras llegaba el paramédico. Luisa la revisó y le dio un tranquilizante.
- Es sólo un relajante. Creo que debe consentirla mucho para que realmente duerma. – Le dijo Luisa a Tony. Cristina se acostó sin almohadas y cerró los ojos. Le importaba muy poco la respuesta de Tony.
- No se preocupe. Ella va a dormir y yo veré que se tranquilice. – Le dijo él. Cristina la escuchó a lo lejos… como si estuvieran en otra habitación.
Todo lo que le había dicho a Linda era cierto. Cualquier otra persona le habría dicho ridícula y tonta ante semejantes revelaciones pero Linda la conocía muy bien. Sabía que una sola conversación era suficiente para que Cristina supiera si la persona que tenía enfrente le gustaba o no.
Aún con Martín le había sucedido lo mismo. Después de su primera conversación había sabido que era el hombre con el que se arriesgaría a un matrimonio. Por supuesto, que tenía defectos y que tendría dificultades en algunos momentos. ¿Acaso todos no somos humanos? Y cuando nació Antonia… y empezó a crecer, Cristina supo que se llevaría muy bien con su padre. Lo que no sintió cuando Cristóbal empezó a crecer. Y empezó a enfrentar las torpezas de Martín.
- ¿Quieres tomar algo? – Preguntó Tony al escuchar su suspiro. Cristina se negó a abrir los ojos.
- No. ¿Qué haces? – Preguntó al escuchar que se movía por la habitación.
- Termino de empacar tu ropa. Debes salir de aquí a las cuatro de la mañana. – Le dijo. Cristina trató de levantarse y sintió una punzada en la nuca. Tony se acercó a ella.
- Quédate dormida de una vez. Yo termino de empacar y te acompaño para despertarte a tiempo. – Le dijo. Cristina movió la cabeza de un lado a otro.
- Nada de eso… tú no vas a cuidarme y yo voy a terminar de empacar. – le dijo sin abrir los ojos porque en realidad se sentía muy mal.
- Todavía no te convences de que cuando quiero algo, lo consigo. – Le dijo él en un tono de voz que no admitía contradicciones. Cristina suspiró.
- Ya lo creo. – contestó simplemente y empezó a hacer ejercicios de relajación para ver si hacía efecto la pastilla.
Tony terminó de empacar todo excepto una muda de ropa cómoda que dejó para el viaje y en un bolso de mano le guardó todas las cosas de maquillaje y de uso personal que tenía en el baño.
Luego se fue a la sala y Cristina lo escuchó cerrando las puertas del balcón y apagando luces. Aquellos sonidos le recordaron las noches cuando Tony empezaba a apagarlo todo en la casa para que los chicos se acostaran a dormir. Y las lágrimas rodaron de nuevo por sus mejillas.
Tony se quitó los zapatos y los pantalones y se sentó en la cama junto a ella. Él empezó acariciando sus cabellos, peinándolos sobre la almohada a su lado y luego, terminó acostado a su lado, apoyado en un codo y mirándola. Cristina abrió los ojos y lo miró.
- Eres muy hermosa. – Le dijo él. Cristina pensó que a un hombre como él se le creía todo.
- No estoy para seducciones. – Le dijo tratando de desencantarlo. Tony sonrió.
- Al contrario… creo que seducirte te haría relajarte más que esa pastilla. – Le dijo con voz ronca. – Sin embargo, quisiera saber qué has planeado hacer conmigo.
- Por ahora, te bajarás en el apartamento de mi amiga Linda. – Le dijo Cristina. – Le dije a ella que fuera preparando a los muchachos acerca de lo que debo decirles. Ya le dije que eres el verdadero Tony Vidal.
- ¿Y ella tiene tu confianza absoluta? – Preguntó él con un aire divertido. Cristina frunció el ceño.
- Por supuesto… si no, no le confiaría mis hijos. – Le dijo ella. Pensando que a eso se refería.
- Lo digo porque voy a estar sólo, en un país desconocido para mí, en un apartamento con una hermosa mujer. – Cristina se sonrojó y sonrió. ¿Él habría escuchado parte de su conversación?
- Déjate de tonterías. Le dije a mi amiga que te alojara porque le tengo arrendado el apartamento de Martín. – le dijo. – Linda se mudó allí hace dos meses cuando Martín decidió irse a recorrer el mundo.
- ¿Y a tus hijos? ¿qué les dijiste? – Preguntó él sin dejarla alejarse de él en la cama. Cristina se miró en sus ojos claros.
- Le dejé la tarea a Linda. Sé que es un gesto de cobardía. – Le dijo cuando vio la expresión de su rostro. – Pero… hoy estoy más consciente que nunca de que me he quedado sola.
Tony no hizo comentario alguno acerca de eso. Cristina pudo imaginar que él no deseaba ilusionarla con ofrecerle su apoyo eterno. Desde que lo conoció, insistió en que necesitaba de su empresa para incursionar en el mundo de negocios de los Estados Unidos. Jamás había hablado de estar interesado en jurarle una relación eterna.
Después de unos segundos de silencio, Tony le rozó los labios con los suyos y se acostó a su lado. Cristina se relajó en medio de su abrazo. Sin importar el tiempo ni las circunstancias en las que lo había conocido… Tenerlo a su lado le brindaba seguridad… tranquilidad.
- Confías demasiado rápido en la gente. – Le dijo él de repente como si siguiera el curso de una conversación.
- Lo sé. Pero no puedo empezar a desconfiar ahora. – Reconoció.
- Sin embargo, yo no puedo decir lo mismo. – Agregó él llamando su atención. Cristina se dio vuelta entre sus brazos haciéndolo suspirar.
- ¿Cómo así? – Preguntó ella mirándolo a los ojos y descubriendo una seria expresión de furia.
- ¿Qué relación tuviste con Diego? ¿Es Diego el hombre por el que Martín decidió divorciarse de ti? – Preguntó él. Cristina palideció.
De todo lo que imaginaba podía saber Tony acerca de su vida, no pensó jamás que conociera acerca de su infidelidad. Se sintió pequeña y frágil, avergonzada de haberse dejado llevar por sus pasiones y peor aún que alguien en el mundo supiera de su error.
- No fue Diego… - Respondió ocultando sus ojos bajo sus párpados. No podía revelarle todas sus infidelidades a Tony. Se sentía como una cucaracha porque sabía de su adulterio… ¿Cómo iba a sentirse si sabía de que Jim no era el único?
- Fue con Jim… El padrino de Cristóbal. – Le dijo porque pensaba que si Martín le había informado de su adulterio habría dejado alguna indicación acerca de la persona con la que lo había cometido.
Evidentemente Tony no esperaba esa respuesta. Su expresión de asombro fue genuina. Frunció el ceño dado que su intuición lo había llevado a creer que entre Diego y Cristina había una relación oculta. Y, entonces, si no era pasión… ¿Qué tipo de relación había entre esos dos?
- Y… ¿tus hijos lo saben? – Preguntó él sin atreverse a cuestionarla acerca de Diego. Después de todo, Cristina había jurado que jamás regresaría a vivir en Colombia y que no tenía nada por qué regresar a Barranquilla.
- Para nada. Ellos creen que nuestra separación fue por decisión mutua y que se debió a rutina y al alejamiento de ambos. – Le dijo ella. – Creen que nuestras dificultades con Jim fueron por un mal negocio entre ambos.
En el rostro de Tony se reflejó que no le creía del todo. Sin embargo, no siguió preguntando del asunto. Más bien empezó a acariciarla por encima de la ropa sobre los pechos. Cristina se arqueó entre sus brazos.
- NO es una buena idea…- Intentó rehusarse. Él sonrió ante su frase.
- Eso ya lo escuché ayer y…- Le dijo mientras la besaba en la sensible piel debajo de la oreja. – Y no escuché, después que te quejaras.
Cristina le permitió desnudarla y se deleitó en el placer de quitarle la ropa. Aún con un pequeño malestar palpitando en la cabeza, se sentó sobre sus caderas y recorrió con sus manos el cuerpo musculoso y firme de Tony. Un cuerpo de ensueño… se avergonzó un poco de su cuerpo que ya mostraba los estragos de dos embarazos y una vida lejos del gimnasio.
Pero sólo por unos pocos segundos, porque las caricias y las palabras de placer de Tony mientras la recorría entera con sus manos, acariciándola con una lasciva mirada que jamás habían mostrado por ella, se le olvidó. En esos minutos bajo la acción de sus caricias se sentía hermosa, deseable, provocativa y sólo eso le inspiraba a moverse bajo su cuerpo.
Se durmieron abrazados desnudos después de hacer el amor por tercera vez. Cristina apenas podía pensar con claridad cuando el timbre de su reloj la despertó para avisarle que era hora de levantarse. Tony se removió inquieto por sus movimientos y se abrazó a una almohada para seguir durmiendo mientras Cristina se levantaba para irse a la ducha.
Talvez no volverían a estar juntos de nuevo. Cuando Tony llegara a Miami y las modelos de la agencia lo conocieran… se olvidaría de Cristina. Conocía muy bien a las chicas y ninguna de ellas después de ponerle el ojo a Tony dejaría que se le escapara. Cristina se sintió como una tonta al sentir celos de algo que todavía no sucedía… especialmente porque estaba celando a un hombre que no le pertenecía!
Se cambió con la ropa que Tony le había escogido para viajar y revisó que no se le quedara nada. Revisó sus maletas. El hombre sabía empacar muy bien. Lo calificó mientras rodaba las maletas hasta la puerta de la habitación. Un camarero vendría a ayudarla a bajarlas para montarlas en un taxi.
Regresó a la habitación. Lo dejaría dormido. La habitación estaba paga hasta las tres de la tarde y la chica de recepción le había asegurado que Tony podía quedarse allí hasta la hora de chequearse sin problemas. Pero los golpes del camarero en la puerta lo despertaron. Cristina lo miró restregarse los ojos como un niño con las manos empuñadas y estirarse antes de sentarse en la cama. La miró sorprendido de que ya estuviera vestida.
- ¿Qué hora es? – Preguntó buscando su reloj. Cristina sonrió.
- Son las cuatro y media. Puedes quedarte hasta las tres… si quieres. – Le dijo ella. Tony se levantó de la cama de un salto y se metió en la ducha mientras le gritaba.
- Ve bajando las maletas pero no te vayas sin mí. – Le dijo. Cristina fue a abrir al camarero que estaba tocando de nuevo a la puerta.
El chico le recibió las maletas y Cristina titubeó entre quedarse en la habitación o acompañar al muchacho. Recordó que debía firmar algunos recibos para la chica de recepción. Ese sería el tiempo que le daría a Tony para bajar. Se dijo y se fue al ascensor.
Registró su salida del hotel y pagó sus cuentas. La chica le deseó buen viaje y Tony la alcanzó justo cuando caminaba hacia la puerta del taxi. Cristina se sintió extraña teniéndolo tan atento a acompañarla hasta el aeropuerto. Martín había dejado de tener esos detalles con ella desde… casi desde que Cristóbal había nacido.
Suspiró sacando todo el aire de sus pulmones y sonó nostálgica con ese gesto. Tony la besó en los labios apenas rozándolos con los suyos.
- ¡Ánimo! Todo va a funcionar. – Le dijo él. Cristina sonrió. Él estaba empeñado en que funcionara. Se dijo.
- Sí, creo que sí. – Respondió esquiva.
- Tan pronto llegue a Miami te llamaré. – Le dijo Tony. Cristina recordó entonces que no le había dado los datos para que él pudiera ubicarla en la ciudad y tomó su bolso de mano para buscar su billetera.
- ¿A qué hora sale tu vuelo? – Preguntó mientras buscaba una de sus tarjetas de presentación para dársela.
- A las tres de la tarde. – Le dijo él. Cristina asintió. Eso significaba que podía ir por él al aeropuerto como a las cinco. Le entregó una de sus tarjetas.
- Estaré en el aeropuerto a las cinco. – Le dijo ella. Tony movió la cabeza de un lado a otro negando.
- No me parece. Tus hijos… querrán estar contigo. – Le dijo él. Cristina asintió. De seguro no habrían ido al colegio para ir con Linda al aeropuerto y querrían que les contara todo acerca de Martín.
- Aún así… puedo mandar uno de los choferes de la agencia. – Le dijo ella insistiendo en ser amable. Tony asintió.
- Eso me parece mejor idea. Con las indicaciones acerca de cómo llegar al apartamento de Linda. – Le dijo él. Cristina asintió.
- No hay problema. – Le dijo y Tony la hizo apoyarse en el asiento del taxi y empezó a besarla.
- Cielos… ¿No te cansas? – Preguntó ella. Tony sonrió.
- Tengo el presentimiento de que no volveré a estar contigo en mucho tiempo. – Le dijo él asombrándola porque ella había pensado lo mismo en la noche.
- Tal vez. – Susurró. Y dejó que él la besara el resto del camino.
Trató de recordar lo que hacía en situaciones como esa cuando era adolescente. Y sonrió mientras Tony le besaba el cuello. Nada. Ella no hacía nada. Simplemente disfrutaba de las caricias de seducción de su pareja. Pero ahora tenía 35 años y dos hijos… y no podía pensar y sentir como una adolescente. Se dijo y sus manos se metieron debajo de la camisa de Tony y disfrutaron del contacto con su cálida piel. ¡Diablos! Tenerlo para ella era un placer tal que la sensatez se perdía en la bruma del deseo.
Él la acompañó hasta las oficinas de la aduana y se comportó como todo un caballero. La ayudó a registrar su equipaje. Hasta convenció a la chica y al policía de vigilancia para que lo dejaran pasar a la zona de espera. Se sentaron en la primera hilera de bancas con las manos entrelazadas casi sin hablar. Y Cristina fue la última en abordar.
El beso de despedida fue tan intenso que casi cinco horas después, cuando Cristina empezó a bajar del avión en Miami, todavía podía sonrojarse con su recuerdo. En efecto, Linda estaba en el aeropuerto, acompañada de Cristóbal y de Antonia.
El saludo de Cristóbal fue más amoroso que el de Antonia pero amén de recibir la maleta y de caminar más rápido que el resto hacia el auto, el chico no volvió a prestarle atención.
Antonia fue más fría en su saludo pero se quedó abrazada a su costado mientras Cristina plantaba un beso en la mejilla de Linda y le entregaba su bolso de mano.
- Estás bronceadita. – Comentó Linda. Cristina asintió. El sol de Barranquilla le sentaba muy bien.
Antonia no necesitaba broncearse. Tenía un suave color canela y unos enormes ojos de gata. Los ojos de Tony Vidal. Además ya estaba casi de la misma estatura de Cristina y su cuerpo empezaba a mostrar las curvas de una escultural silueta.
Cristóbal tenía un muy buen cuerpo, su aplicación en el fútbol lo mantenía físicamente y definitivamente se parecía al padre de Cristina. Y ella… ¿Cómo se vería ella? ¿Estaba demasiado mayor para volver a vivir un apasionado romance? Se preguntó.
- ¿Dónde vamos a almorzar? Tengo hambre. – Le dijo puesto que no había desayunado y la comida de los aviones sólo le gustaba a Cristóbal.
- En tu casa, querida. Sonia está haciendo un menú de película. – Le informó Linda mencionando a la ama de llaves de la casa de Cristina.
- Qué bien. – Dijo Cristina y miró a Antonia mientras caminaban hacia el auto. – ¿Y bien señorita? ¿Cuál es su primera pregunta?
- ¿Me trajiste lo que te pedí? – Cristina sonrió mientras asentía. - ¿Vamos a ser pobres desde ahora? – Preguntó y Cristina miró a Linda sin comprender la pregunta.
- No. ¿Por qué se te ocurre eso? – Preguntó Cristina intrigada. Antonia suspiró.
- Linda habló de cambios radicales en nuestra vida. De qué papá fue una farsa y que todo lo nuestro ahora estaba a nombre de otra persona. – Le dijo Antonia. Cristina asintió comprendiendo las razones para la preocupación de Antonia.
- Cuando estemos todos juntos les contaré en detalle. – Le dijo Cristina casi al borde del llanto. Linda le dio un apretón en el hombro y cambió el tema de conversación.
- Vamos, Antonia, cuéntale a Cris el tema de tu campamento de fin de semana. – Propuso y eso fue suficiente para que Antonia tomara el hilo de la conversación durante todo el viaje hasta la casa.
Tony había comprado la casa con la intención de halagar a su suegra. La mamá de Cristina adoraba las casas con estilo republicano, con muchos pilares, terrazas y ventanales de doble puerta. A Cristina le daba la impresión de estar entrando a una hacienda cuando llegaba a su casa.
En la terraza de la entrada estaba Sonia esperándola con una de sus nietas que solían irse a ayudarla cuando estaban de vacaciones. La chica ayudó a Antonia a bajar las maletas y llevarlas hasta la sala. Cristina hizo pasar a todos hacia la sala de televisión del primer piso. Un cuarto pequeño, bien iluminado y acogedor que la familia usaba para todo.
Se sentó en un sofá con Antonia a su lado y Cristóbal se fue a sentar sobre la alfombra apoyando su espalda a una silla. Sonia y su nieta entraron también luego de la invitación a entrar que le hizo Cristina y Linda se acomodó en una silla.
- Ustedes son mi familia. – Les dijo con aire de solemnidad. – Los ochocientos nietos de Sonia… - Dijo riendo para aligerar el ambiente de tensión que había generado su anuncio de que debía darles una noticia a todos. Pero sólo Cristóbal sonrió.
- El hombre que ustedes conocieron como Tony Vidal, se llamaba Martín Valverde. – Les dijo sin preámbulos luego de un tenso silencio. Cristóbal se enderezó.
- Huyó de su pueblo natal por asuntos de violencia y se hizo pasar por su primo hermano para utilizar el dinero que estaba a nombre de él. – Les dijo. – No fue capaz de decirnos nada de esto jamás y me lo dejó todo dicho en esta carta. – Agregó sacando la carta de su bolso. – El verdadero Tony Vidal está vivo, quiere asumir la responsabilidad de la empresa y todos nosotros aparecemos como su esposa y sus hijos legales.
Ya lo había dicho. Dejó que Antonia tomara la carta de Martín y que la leyera en silencio. Miró a Cristóbal y sonrió.
- No me extraña para nada. – Le dijo Cristóbal. – Papá estaba algo loco.
- Cris… un poco de respeto. – Lo retó Cristina. Cristóbal sonrió.
- Siempre actuó como si estuviera en medio de una película… ahora entiendo por qué. – Le dijo él por respuesta.
- Cristóbal sabía que su padre ocultaba algo a la familia. En realidad pensaba que era otra familia en algún otro estado o en otro país…- Le dijo Linda. Cristina se asombró.
- ¿En realidad, creías eso? –Preguntó Cristina a su hijo. Cristóbal se alzó de hombros.
- Todos esos viajes, no estar en las fiestas familiares. No se veía muy enamorado de ti que digamos. – Le dijo con tristeza. Antonia interrumpió su lectura para defender a Martín.
- Papá si estaba enamorado de mamá… y ahora entiendo que pesaba en su conciencia que no había sido sincero con ella. – Dijo con una madurez que Cristina no esperaba en ella. Así que la miró con curiosidad.
- ¿Estuviste hablando de mí con alguien? – Preguntó Cristina porque le parecía que la conclusión de Antonia era muy adulta para ser de ella. Antonia sonrió.
- Con la asesora de mi escuela. – Confesó y retomó la lectura de la carta. Linda dio dos palmadas en la mano de Cristina al darse cuenta que preguntaría a Antonia por las razones de su consulta a la asesora escolar.
- Todos los chicos lo hacen. – Le dijo Linda. – Recuerda cuando ibas a la escuela y conversabas con Yolanda acerca de tus padres.
Cristina asintió. Yolanda Arias había sido la psicorientadora de su escuela y la había ayudado a asimilar los cambios en el estilo de vida americano. Aún así trataría de indagar que otras cosas había consultado Antonia con su asesora. ¿Por qué no confiar en ella? Suspiró. Estaba sintiendo celos con la asesora escolar. Miró a Sonia tratando de concentrarse en otro punto de conversación.
- Y… ¿Qué dices Sonia? ¿No es una locura mi vida? – Preguntó a la señora.
- Siempre has sido protagonista de una novela. – Le dijo Sonia que solía hacerla enojar diciéndole que era una artista. – ¿Ese hombre… es un peligro para tu seguridad económica?
- No… Bueno… Parece que puedo confiar en él. – Dijo tartamudeante, sonrojándose hasta la raíz del cabello. Miró a Linda buscando ayuda.
- ¿Cuándo vamos a conocerlo? – Preguntó su amiga.
- Esta noche. Llega en el vuelo de la tarde. A las cinco debemos estar en el a aeropuerto para recogerlo. – Le dijo Cristina. – Y… Linda… voy a alojarlo contigo en tu apartamento.
- Está bien. – Dijo Linda Antonia abrió mucho los ojos, sorprendida por la noticia.
- ¿Y por qué no alojarlo en un hotel? – Preguntó Antonia de inmediato.
- Es el dueño del apartamento de Linda… - Dijo Cristina con un tono de voz muy débil. – Creo que Linda debe venirse a vivir con nosotros… Pero no la iba a sacar de un día para otro… Creo que él debe darse cuenta que es un extraño y que nos debe dar tiempo para acostumbrarnos a él.
Aquello iba a ser una locura. Sus hijos no iban a quedarse con esa explicación y de uno en uno iban a buscarla a solas para que se desahogara con ellos. Las preguntas de Antonia iban a ser las más difíciles de contestar. Después de todo… se creía su confidente.
Cristina se arrepentía de haberlos criado como a sus hermanos. Les había dado confianza como si ella misma fuese una niña más a su lado y los hacía pensar como adultos a pesar de respetar sus concepciones infantiles del mundo. Sin embargo, toda esa madurez de pensamiento que había promovido en ellos, se le volteaba ahora en contra suya.
Tendría que adoptar el papel de madre y adulta que Linda le insistía en tomar cada vez que tenía enfrentamientos con sus hijos por una decisión que no les agradaba. Sonia se levantó de su asiento.
- Toma las cosas con calma, hija. – Le dijo a Cristina. – Haz que venga a cenar para conocerlo y, entonces, te diremos qué pensamos del hombre… ¿Te parece?
- Señora Cristina… ¿Debo llamarla entonces Señora Valverde? – Preguntó la nieta de Sonia. Cristina suspiró de nuevo.
- Llámame Tina… De ahora en adelante todo el mundo me quita eso de señora Vidal. – Les dijo y se levantó. – Necesito descansar.
Su anuncio hizo que todos se levantaran y la miraran. Cristóbal con cara de no saber cómo reaccionar. Cristina no podía ayudarlo. Ella tampoco sabía como mostrar ante los demás su angustia y al mismo tiempo, alivio con relación a la verdad en la vida de Martín.
Antonia la miró con tristeza. Para ella, era una profunda decepción lo que conocía de su padre. Cristina la abrazó y le besó en la frente. Antonia se aferró a su abrazo con fuerza y luego le dijo:
- Supongo que todos los hombres están cortados con la misma tijera. – Le dijo con la frase con la que Cristina comenzaba todos sus sermones cada vez que Antonia salía con algún amiguito. Cristina sonrió.
- Lastimosamente, corrobora ese refrán. – Le dijo. – Sin embargo, lo que siempre te digo al final: hay que seguir buscando al hombre perfecto. No hay que negarse a la posibilidad de hallarlo.
Antonia no se atrevió a preguntar lo que en sus ojos se reflejaba como una incógnita. Cristina supuso que ella deseaba saber si le gustaba el nuevo Tony Vidal. Pero, Cristina no podía responder a eso. Mucho menos a su hija.
Linda la acompañó a su cuarto. Cuando estuvieron solas y con la puerta cerrada, su amiga se sentó en el borde de la cama que durante catorce años compartió con Martín. Cristina trató de relajarse.
- Muy bien… Dime: ¿Hiciste el amor con el nuevo Tony? – Cristina cerró los ojos. No había manera de huir de Linda. Ella haría aquella pregunta una y otra vez hasta obtener una respuesta.
- Sí. – Dijo en un susurro. Linda contuvo el aliento.
- ¿Estás loca? – Casi gritó. Cristina abrió los ojos y sonrió.
- Eres la psicóloga… Dime tú cuál es la respuesta. – Le dijo ella.
- Dime qué tiene de lógico que vayas al otro lado del mundo a recuperar los restos de tu difunto marido y regreses tres días después de haberte acostado con otro hombre. – Le describió Linda. Cristina se sentó en la cama recostando la espalda en la cabecera.
- No tiene lógica. NI siquiera cumple una de esas normas de la naturaleza en las que Martín insistía tanto. – Le dijo ella. Linda alzó una ceja.
- Martín… Ya te hiciste a la idea de que te casaste con un Martín y Tony es tu nuevo marido. – Le dijo. Cristina suspiró.
- Ya sé que tu consejo habría sido seguir un tiempo de luto, superar el duelo y luego, retomar mi vida. – Le dijo Cristina conociendo al pie de la letra las recomendaciones de su amiga en esos casos. – Pero mi divorcio no es normal, mi matrimonio tampoco lo era… ¿Cómo pretender que mi reacción sea normal?
- Te juro que estoy haciendo una maestría contigo. – Le dijo Linda hablando muy en serio. – Lo que a ti te sucede, no le sucede a nadie.
- De eso puedes estar segura. ¿A quién se le ocurre que pueda haber en el mundo dos personas casadas con alguien que no es lo que dice ser? – Preguntó Cristina. Linda frunció el ceño.
- De hecho… Tu tía Andrea… ¿No descubrió después de cinco años de casada que su marido estaba casado en otra ciudad de Colombia? – Cristina suspiró resignándose a las evidencias. En realidad, la tía Andrea había muerto sin descubrir que había estado casada durante ocho años con un hombre casado. Pensó Cristina recordando una de las tantas historias de la macondiana familia de su madre en Colombia.
- Aún así… Me acosté con Tony porque me gusta. Y tú sabes muy bien que tenía más de un año sin acostarme con alguien. – Le dijo ella.
- Por lo menos… se ve que lo disfrutaste. – Le dijo Linda mirándola con detenimiento. Cristina se sonrojó y sonrió.
- Y ¡cómo! – Reconoció recordando el placer de tenerlo entre sus piernas. Tenía que reconocer que una sola de sus miradas la hacía sentirse en el cielo.
- Recuerda… tus hijos apenas se recuperan de un divorcio, están en un proceso de duelo por la muerte de su padre… No es el momento de imponerles un padrastro. – Le dijo Linda tratando de colocar las cosas en su lugar. Cristina asintió y suspiró.
Sin saber por qué se fijó en la decoración de su habitación. En ella, sólo la cama le recordaba su anterior relación. Todo lo demás era nuevo y lo había hecho así bajo la supervisión de Linda quien estaba segura de que no cambiar los muebles le haría recordar a Martín todos los días.
El armario… el sofá cama… la mesita auxiliar… se había desecho del tocador porque le gustaba utilizar el mesón del cuarto de baño para organizar su maquillaje y sus cosas. Algo que Martín detestaba y le criticaba. Hasta su manera de vestir había cambiado para no recordar los piropos y consejos de Martín con relación a las prendas de vestir que escogía para sí misma.
Tony era un comenzar de nuevo. Conocer un nuevo hombre, con sus costumbres, con sus defectos y amoldarse a él como seguramente a él le tocaría hacer con ella. ¿Estaba en realidad interesada en volver a estar con un hombre en un plan de pareja?
Su teléfono sonó y casi da un brinco de la sorpresa. Contestó con la cabeza todavía interesada en ahondar en sus sentimientos. La voz de Tony al otro lado de la línea le hizo temblar de emoción.
- Hola, cariño. – Le dijo él cuando reconoció su voz. Cristina suspiró. Aunque él utilizaba esa frase con todas las mujeres que lo atendían… había un algo en la manera de pronunciarlo que la volvía loca.
- ¿Ya estás por abordar? – Preguntó asombrada mirando su reloj.
- No… Estoy llamando para ver si llegaste bien. No te dignaste a llamarme para anunciarme tu feliz aterrizaje. – Le dijo él y en su tono había un evidente timbre de enojo. Cristina alzó una ceja de asombro.
- ¿Prometí hacerlo? Qué pena… Estuve hablando con mis hijos y mi familia…Ya les conté todo. – Le dijo sin hacer más comentarios acerca de los motivos por los cuales podía considerarse en la posición de reclamarle no avisar de su llegada.
- La paramédica del hotel parecía bastante preocupada por tu presión. – Le dijo él.- Aunque según veo a ti no te preocupa demasiado. Cristina se preguntó si en realidad estaba tan preocupado por esas razones y no por otras. Pero… ¿Cuáles otras?
- Tonterías. A ti también se te hubiera subido la presión si sabes que tu marido te engañó durante 15 años. – Le dijo ella justificando su enfermedad. Linda frunció el ceño. Cristina no les había contado acerca de su malestar.
- De todos modos deberías hacer que te revisara tu médico familiar. – Le sugirió él. - Ya estoy preparándome para irme al aeropuerto. No hay necesidad que vayas a recibirme, tomaré un taxi para llegar al apartamento de tu amiga.
- Olvídalo. Linda y yo estaremos a las 5 en el aeropuerto. – le dijo con seriedad. Cristina sentía que nada con Tony era natural.
- Como quieras. Nos vemos entonces…- Empezó a decir él para despedirse. Cristina le dijo con un tono más alto de lo esperado.
- Espera, espera. ¿Por qué estás tan furioso? – Preguntó con un tono de voz tan sensual que no dejaba dudas de que su intención era seducirlo. La risa de Tony llenó su mente a través de su oído.
- Muy tarde para intentar seducirme. No creo que sea una buena idea. – Le dijo con sorna burlándose de La frase que ella había utilizado en dos ocasiones como excusa para rechazarlo.
- Créeme… las tensiones que encontré en casa sólo se disipan con “tus muy malas ideas” - Le dijo. El silencio al otro lado del teléfono la preocupó.
- Si crees que no es bueno para tu familia que yo aparezca ahora, puedo posponer mi viaje. – Le dijo él en tono muy serio. – Pero, olvídate de intentar hacerme desistir. Voy a irme a vivir a Miami y voy a asumir tu empresa. Eso es irrevocable.
- No estaba insinuando eso…- Intentó decir ella buscando disculparse sin perder su dignidad. No entendía por qué se había sentido ofendido con sus palabras. Tony la interrumpió:
- Nos vemos a las 5, entonces. – Le dijo antes de cortar.
¡Cielos! Exclamó en su mente mientras cortaba la comunicación. Miró a Linda como si en su amiga pudiera encontrar las razones para aquella discusión.
- ¿Qué pasa? ¿No todo es nube y algodón en el paraíso? – Le dijo Linda. Cristina suspiró.
- ¿Insinué yo que no lo quería aquí? – Preguntó. Linda alzó una ceja.
- De algún modo. Le achacaste la culpa de que tu familia estuviera viviendo un caos. – Le dijo Linda que había estado atenta a la conversación. Cristina suspiró.
Sí. Tal vez había expresado su inquietud de una manera inadecuada. Pero ¿Eso justificaba el tono de enojo en la voz de él antes de cortar la comunicación? Se preguntó Cristina tratando de recordar sus palabras.
- ¡Cielos! Él tiene que ser consciente de que en realidad es la piedra en el zapato en mi familia. – Le dijo Cristina a Linda. La psicóloga asintió.
- ¿Qué me dices de él? ¿Te parece un hombre arrogante, egocéntrico, acostumbrado a que todo salga según lo acordó? – Preguntó Linda. Cristina rememoró sus momentos con Tony.
Recordó como se metió en su habitación casi sin ser invitado y con cara de no aceptar un no por respuesta. Y de cómo insistió e insistió en la conversación con Diego hasta convencerla por seducción más que por convicción de que darle su papel de gerente y marido suyo era la mejor de las ideas. En realidad, eso había hecho él.
Y Cristina estaba tan embobada con sus besos y su manera de hacer el amor que todo lo demás pasó inadvertido. ¡Caramba! Si Linda no le pregunta sobre su manera de ser… Cristina no hubiese visto todo lo que analizaba de Tony.
- Es una persona acostumbrada a ver realidad lo que quiere. – Le dijo Cristina. ¡Había actuado como una imbécil! Se recriminó en silencio. Le había seguido el juego de seducción a Tony sin reparo alguno y había actuado tal cual como él deseaba que lo hiciera. Suspiró.
- Cristina… no me gusta lo que veo. Te veo errática… en medio de un sube y baja de emociones que no me gusta. – Le dijo Linda tomando una mano de su amiga entre las suyas. – ¿Estás segura que hacer el amor con ese hombre fue buena idea?
Cristina suspiró y cerró los ojos. Sólo quería dormir. No podía creer que Linda le hiciera la pregunta que estaba tratando de ocultar debajo de las piedras en su mente. Para ese cuestionamiento también había dos respuestas. Todo era ambiguo en su vida desde que Tony apareció.
Una respuesta era el placer en su vientre de solo recordar lo que se sentía estar entre sus brazos. Él la hacía sentir perfecta. La mujer más deseada y amada del mundo. Y por otro lado, no tenía la menor idea de qué quería Tony en su terquedad de asumir el papel de su primo en su vida.
El cansancio y el estrés le hicieron quedarse dormida sin contestar ni a Linda ni a su conciencia qué estaba sintiendo por Tony y qué clase de persona era según su experiencia con él.
Linda la despertó faltando un cuarto para las cinco. Le llevó un espeso jugo de zapote una fruta colombiana que a Cristina le encantaba. Cristina se tomó el jugo y se cambió de ropa. Un vestido de verano con una falda más corta de lo adecuado fue su escogencia. Linda la miró con ojos entrecerrados pero Cristina la ignoró.
- ¿No es jugar con fuego dejarte seducir por ese hombre? – Preguntó Linda y Cristina suspiró.
- No estoy dejando a nadie seducirme. Y créeme que el vestido no hará ninguna diferencia. – Le dijo sin estar muy convencida de lo que decía. – Si quiere estar conmigo lo hará aunque lleve un hábito por vestido.
- No creo…- Empezó a decir Linda y Antonia apareció en la habitación.
- Mamá… yo voy contigo al aeropuerto. – Le anunció con ese tono autoritario que de seguro heredó de los Vidal. Cristina miró a Linda y después a Antonia.
- Y ¿Para qué? Vas a conocer a Tony cuando venga a la cena esta noche. – Le dijo a su hija pensando que sólo era el deseo de conocer al hombre. Antonia movió la cabeza de un lado a otro.
- Linda debe irse a su apartamento. Tiene más de una semana que no se aparece por allá. – Le dijo Antonia. Cristina frunció el ceño.
- ¿De quién fue la idea? – Preguntó mirando a Linda. Antonia mostró resignación.
- De Sonia. Me dijo que debía acompañarte porque Linda tiene una semana cuidándonos y cosas que traer si va a vivir con nosotros. – Le dijo Antonia. Cristina no pudo discutir eso.
- En realidad, el apartamento debe estar hecho un asco. No le dejé las llaves a Ingrid, la mejicana que me hace el aseo y no creo que haya yo dejado todo muy limpio. – Reconoció Linda haciendo memoria de su último día en su apartamento.
- Está bien. Sonia gana. Tú vendrás conmigo y Linda se asegurará de que su apartamento esté decente antes de las siete cuando debes estar aquí para la cena. – le dijo tomando su bolso y caminando hacia la puerta.
- Como ordene, mi general. – Le dijo Linda. Antonia la siguió en silencio hacia el garaje donde se subió al auto.
Se fueron en silencio sin hacer comentarios sobre el asunto. Cristina no puso tema de conversación porque en realidad, las preguntas de Antonia la ponían nerviosa. Tomó la vía más rápida para llegar al aeropuerto pues iban muy tarde. Esperaba que el vuelo se hubiese atrasado o que las diligencias de aduana lo retuvieran.
Antonia se bajó del auto sin esperarla. Así que iba a casi cinco pasos por delante de Cristina cuando se cruzaron con Tony saliendo de la sala de llegadas. Tony miró a la niña reconociéndola de la fotografía que Cristina le había mostrado y para sorpresa de su madre, la niña le dijo a Tony:
- Vaya si eres Tony Vidal. – Le dijo Antonia mirándolo como si lo evaluara. – Eres igual a mi padre cuando tenía tu edad.
Cristina miró a Tony con ojos entrecerrados. Él recibió su comentario aparentemente con agrado y saludó a la niña con un beso en la mejilla. Si Antonia se veía enorme al lado de Cristina… siendo Tony tan alto y fornido, la hacía ver como una pequeña niña.
- La pequeña Antonia… - Dijo Tony y Cristina se sorprendió ante la dulzura y la emoción de su voz. Antonia que normalmente era tosca y fuerte con los desconocidos… se derritió ante Tony. ¡Cielos! Ese hombre seducía a cualquier mujer enfrente de él sin importar la edad.
Tony extendió una mano hacia la chica y Antonia la estrechó. Cristina se acercó.
- Hola, Tony. – Le dijo con sencillez. Tony sonrió, soltó la mano de Antonia y dio dos pasos hacia Cristina para acercarse lo suficiente para besarla en la mejilla. Cristina se sonrojo inexplicablemente.
- Aunque Antonia se parece a ti… - Dijo Tony mirando a la chica y a Cristina alternadamente. – Tiene los ojos de la familia Vidal, los ojos de la abuela…
- ¿Y tú los recuerdas? – Preguntó Cristina. Tony asintió.
- Por supuesto, tengo las fotografías de mi familia conmigo. Es lo único que me dejó Martín cuando se fue de Chile. – Le dijo Tony. Cristina lo miró. Había algo diferente en su trato… pero no pudo identificar con claridad lo que era.
- Entonces… tendrás que contestar las preguntas que papá jamás contestó. – amenazó Antonia que era una amante furibunda de las historias de familia. Tony sonrió.
- En lo que pueda. Tenía unos 13 o 14 años cuando quedé huérfano. – Le dijo Tony reanudando la marcha para seguir a Cristina. – Y hay muchas cosas que olvidé.
Cristina se sentía aliviada porque Antonia estuviese encantada con Tony pero no estaba segura de que la actitud de Tony le agradara a ella. Nada en sus gestos o en su voz había si quiera insinuado que Cristina le gustaba.
Se reprendió en silencio por ser tan infantil. ¿Qué diablos hacía celando a su hija con Tony? A leguas se veía que ninguno de los dos se veía con ojos diferentes a dos hermanos que se reencuentran. Sin embargo, las viejas prevenciones de toda su vida acerca de los hombres de mujeres casadas y con hijas la angustiaron haciendo que condujera lentamente para evitar accidentes.
Decidió que ahondaría más en los sentimientos de Antonia, cuando acompañara a la chica a acostarse. Y esperaba con fervor que Antonia no se enamorara de Tony Vidal, el hombre. Estaba tan concentrada en sus pensamientos que no se dio cuenta que Antonia cedía su puesto adelante a Tony y se montaba en el asiento de atrás en el auto hasta que encendió el auto y maniobró la palanca del cambio. Su mano rozó con la pierna de Tony y este sofocó un gemido simulando toser.
Cristina lo miró con curiosidad y expectativa antes de convencerse de que había soñado el gesto y que debía comenzar a conducir. Antonia impuso el tema de conversación en el viaje a la casa. Impuso porque Tony lo rehuyó varias veces llevando las ideas hacia otro lado hasta que desistió y siguió el rumbo de Antonia.
- Mis padres y los de Martín vivían en dos haciendas muy importantes de su región. – Terminó relatando Tony ante la insistencia de Antonia de que le contara sobre la vida en Colombia de su padre. – Cada uno de ellos era heredero de los dos hijos de un millonario hacendado que dividió en dos su hato para construir las dos haciendas.
“Pero después de un par de años la familia creció. Un sobrino de mi abuelo se vino a vivir con ellos porque había quedado huérfano y nació una nueva hija en la familia. Ya no eran dos los herederos, ahora eran cuatro y empezaban a construirse las casas para distribuirse el terreno cuando los guerrilleros empezaron a pedir dinero a mi abuelo“. Siguió contando él, mientras Cristina escuchaba y conducía con destreza en la autopista.
“Mi abuelo murió. La abuela decidió dividir a la familia por un tiempo, que viajáramos mientras los guerrilleros se iban de la zona. Pero estos hombres atacaron con más fuerza y del pueblo llegó alguien que supuestamente escuchó los planes de exterminación de los Valverde”. Relató con tristeza. “La mayor parte de la fortuna de la familia estaba a mi nombre así que alguien con responsabilidad debía quedarse conmigo. La abuela escogió a Martín y mandó al resto de los nietos con la más joven de sus hijas. Mis padres murieron en un accidente durante la huida. Martín y yo corrimos y corrimos alejándonos del accidente cuando nos dimos cuenta que mis padres habían muerto y que debíamos buscar a los de él”.
Al llegar al siguiente pueblo y comunicarnos con la abuela nos enteramos que a los padres de Martín los había matado la guerrilla y que ella estaba preparándose para ir a Medellín. Nos ordenó viajar allí a la casa de la madrina de Martín. Sin embargo, Martín decidió llevarme a Chille con mi abuela materna y se regresó a Colombia dos días después sin dejarme una indicación de adonde iría”.
Cristina iba tomando nota de lo que Tony le decía a su hija. Teniendo la fortuna de los Valverde, Martín tendría su futuro asegurado. Tony ya lo tenía estando con su abuela materna pero él era un chico de 19 años, solo en el mundo… ¿qué mejor idea que asumir el nombre de Tony Vidal…? ¡Todos estaban buscando a los descendientes de los Valverde!
Aunque no justificaba 20 años de mentiras… Empezaba a entender que la decisión de Martín había sido de vida o muerte. Pobre Martín… 19 años… y la decisión de quedarse solo y pobre o hacer dinero y localizar al resto de su familia. Cristina tomó la avenida para llevar las cosas de Tony al apartamento y recoger a Linda. Antonia hizo la explicación del caso.
- Este es el edificio donde está el apartamento de papá. Mamá dice que ahora es tuyo. – Dijo la chica mientras Cristina se parqueaba.
- ¿No estaba tu amiga Linda viviendo en él? – Preguntó Tony mientras bajaba del auto. Cristina asintió.
- Dijo que se mudaría a mi casa. Por supuesto, antes de conocerte… - Le informó y maldijo que se insinuara un ligero tono de celos en su voz mientras hablaba. Tony se le acercó mientras Antonia se adelantaba como siempre para subir antes que ellos.
- Esto es una tontería, Cristina. No puedo creer que hagas que tu amiga se mude por ideas tontas. – Le reclamó él. Cristina tardó un poco en entender de qué hablaba él y sonrió acercándose a él de manera insinuante.
- Nada de eso, bonito. – Le dijo en tono melindroso. – No son los celos. Linda considera que el apartamento te pertenece y no le pareció agradable mi idea de tenerte como visita en tu propia casa. – Le informó mirando de manera insinuante sus labios.
- No quiero que tus hijos me consideren un intruso impertinente que llegó a fastidiarlos a todos. – Le dijo todavía enojado. Cristina suspiró. – Quiero en realidad recuperar la familia que algún día perdí.
- Creo que no has tenido dificultades para que las mujeres de mi familia te aceptemos…- Le dijo Cristina creyendo que no estaba surtiendo efecto su gesto de seducción. Tony sonrió enigmático.
- No es una buena idea que quieras seducirme con tu hija a unos pasos… - Le dijo él y comenzó a caminar hacia el ascensor donde Antonia esperaba.
Subieron en silencio y cuando Antonia con su acostumbrada manía de adelantarse corrió hacia la puerta del apartamento, Tony la hizo detenerse. Cristina lo miró a los ojos.
-Créeme… tu vestido tuvo el efecto que esperabas. Me estoy muriendo por quitártelo… - Le dijo Tony. – Pero necesito concentrarme en una tarea más: conquistar a tus hijos, convencerlos de que me dejen entrar en la familia y construir un sólido nombre de hombre de negocios en Estados Unidos. Nada de eso voy a conseguirlo… si sigo dejando que mis hormonas manden en mi cerebro.
Aunque Cristina tenía sentimientos encontrados de felicidad porque lo seducía y frustración porque no parecía dispuesto a seguirle la corriente en su juego de seducción… Trató de entenderlo. Era una locura sentirse como una adolescente cuando tenía 35 años y debía comenzar una nueva vida con sus dos hijos preadolescentes. Después de un beso que fue más una caricia amorosa que apasionada, la hizo girar para continuar el camino hacia el apartamento.
Linda había hecho un excelente trabajo. El apartamento estaba impecable cuando llegaron. Las maletas de su amiga estaban en la sala listas para irse con Cristina. Linda los recibió y les ofreció una fría limonada. La mirada de la psicóloga que recorrió de pies a cabeza a Tony y luego, su sonrisa le dijeron a Cristina que Tony había adquirido una nueva admiradora.
- Cristina habla mucho de la confianza en su relación de amistad. – Le dijo Tony a Linda. Ella sonrió.
- Y es mutuo. – Le dijo mirándolo a los ojos. – Son muchos años de conocernos. Y espero que usted también me sienta como su amiga.
- ¡Oh, sería encantador! – Exclamó él realmente disfrutando de coquetear con Linda. Cristina se mordió el labio. Al tiempo que sabía había propiciado aquella escena, le disgustaba que se diera con tanta naturalidad entre esos dos. ¡Maldición! Estaba celosa.
Y Cristina los dejó deambular por el apartamento mientras Linda lo ubicaba en el lugar. Antonia la miraba con atención.
- ¿Estás tratando de adivinar mis pensamientos? – Le preguntó Cristina a su hija. Antonia sonrió con un gesto cómplice que Cristina conocía muy bien. Era la misma sonrisa de picardía y travesura de Martín.
- Te gusta. – le dijo Antonia. Cristina se sonrojó pero mantuvo una expresión seria en su rostro, mientras sentía sus manos sudar.
- No voy a contestar eso. – Le dijo Cristina. Antonia sonrió con más amplitud.
- Te sugiero que no se lo dejes ver a Cristóbal hasta que conozcas cuál va a ser el tipo de relación entre esos dos. – Le dijo Antonia con aire de psicóloga. Cristina entrecerró los ojos.
- Eres una niña entrometida en asuntos de adultos. – Le dijo aunque sabía que su consejo era muy oportuno. Le daba miedo reconocer que Antonia tenía tal vez más madurez que ella misma.
- Tal vez… pero he escuchado a muchas amigas quejarse de sus padrastros…- Le dijo Antonia con cierta tristeza. – Yo creí que no estaría jamás en ese plan… pero lo estoy. – Dijo recordando a su padre y su divorcio. Cristina se mordió el labio. – Y, aunque te juro que amaba a papá… Tu nuevo Tony… a leguas se ve que es un bacán.
- No es mi nuevo Tony y no necesitas aclararme que amas a tu padre. Antonia… ¿quieres verte de un psicólogo? – Dijo Cristina acercándose a su hija. La chica suspiró.
- No estaría de más. – Dijo y sonrió. – Pero tú lo necesitas más que yo, si no conquistas a ese hombre. – Añadió señalando la puerta de la habitación detrás de la cual se había perdido Linda y Tony.
Antonia la dejó sola. Anunció que iría a saludar a una amiguita del edificio y que bajaría a tiempo para irse a la cena. Linda y Tony se reunieron con ella en la sala. Los dos hablaban de analizar el comportamiento de las personas a través de sus reacciones a preguntas indiscretas.
Tony la miró con curiosidad y se sentó a su lado en el sofá para dos. Linda lo hizo en una silla al frente. Cristina suspiró.
- ¿Te gustó el apartamento? La decoración es de Martín. – Le dijo Cristina. Tony la siguió mirando con atención. Linda respondió.
- Ya le conté. Además le dije que me voy hoy mismo para tu casa. – Le dijo su amiga. Cristina asintió aunque no estaba poniendo mucha atención en lo que le decían en realidad.
- ¿Me regalas un vaso de la limonada que ofreciste? – Escuchó Cristina decir a Tony. Linda asintió y se fue a la cocina. Tony la hizo saltar de sorpresa tomándole una mano entre las suyas.
- ¿Qué sucede, bonita? – Preguntó usando el apelativo con el que ella lo había llamado en el aeropuerto. Cristina lo miró.
- Nada. Estoy resintiendo el cansancio del día…- Se excusó tratando de aparentar cansancio más que preocupación.
- ¿Algún comentario desfavorable de Antonia? – Preguntó él con precaución. Cristina lo miró con curiosidad. ¿Acaso él temía de verdad a la reacción de sus hijos con su presencia? Se preguntó mirándolo a los ojos.
- Para nada. Parece que no tienes que hacer ningún esfuerzo por atraer a una mujer sin importar la edad. – Le dijo ella. Tony sonrió con una extraña expresión de tristeza.
- Eso es una virtud o un defecto según se le mire. – Le dijo. – Pero aún no contestas el por qué de esa cara de tragedia que traes.
- Estoy descubriendo que mi hija no es tan niña como yo la veía y que tal vez, es más madura y sabia que yo. – Reconoció. Tony se mostró interesado.
- ¿Qué te dijo? – Preguntó Tony. Cristina suspiró.
- Nada. Nada en realidad. – Mintió y le recibió la limonada a Linda.
Conversaron mientras tomaban la limonada y luego llamaron a Antonia al celular. Cristina volvió a conducir en silencio mientras las otras dos mujeres en el auto ponían a Tony al día sobre quiénes vivían en la casa familiar.
Tony hizo un comentario de admiración por la arquitectura de la casa aunque en su expresión se reflejo el sentimiento de que era excesivamente prepotente tener una casa familiar así. Sin importar la cuenta de banco de la familia.
Admiró los muebles de la sala de visita y lo hicieron pasar a la sala de televisión donde estaban Cristóbal, un nieto de Sonia y la vieja ama de llaves esperando a la visita. Cristina entró al final. Dejó a Antonia la tarea de presentarlos a todos con toda la intención de evitar la reacción de Cristóbal. Linda casi tuvo que tomarla de un brazo y obligarla a entrar.
- Y juegas fútbol. Me dijeron. – Le dijo Tony a Cristóbal. – También lo hice alguna vez en Chile. De hecho soy socio de un jugador en una escuela de fútbol.
- ¿De verdad? – Preguntó Cristóbal sin mucho interés. En realidad, su atención estaba en observar el rostro de Tony.
- Si… Nelson Tapia de Chile y el otro socio es Enrique Amarante de Argentina. – Le dijo Tony. – Y Alejandro Bertoldo de Uruguay.
Uno de esos nombres hizo clic en la cabeza de Cristóbal y captó la atención del chico. Miró a Tony a los ojos y parpadeó varias veces seguidas en un gesto muy característico suyo que significaba admiración.
- No está hablando de cualquier payaso. – Le dijo Cristóbal en su lenguaje juvenil. Tony asintió levantando una ceja.
- Para nada. Son unas franquicias de escuelas de fútbol que se han ido promocionando mundialmente. – Le dijo Tony. Cristóbal asintió.
- ¿No hay en Estados Unidos?- Preguntó el chiquillo y Tony aprovechó la pregunta para sentarse a su lado en el sofá. Cristina sonrió divertida. Si aquel hombre era capaz de conquistar la amistad de Cristóbal… sería invencible. Se dijo mientras buscaba una silla donde sentarse. Ni muy lejos ni muy cerca de donde los dos conversaban.
- Estamos en contacto con los dueños del Chivas USA. – Le dijo y, todos se miraron expectantes ante la respuesta de Cristóbal. Aquel era su equipo preferido.
Cristóbal lo miró y miró a su madre. Cristina hizo un gesto de no saber qué estaban diciendo y sonrió.
- Ya es hora de cenar. – Anunció Sonia desde la puerta de la sala cuando su nieta le avisó desde la cocina que ya estaba lista la mesa.
- ¿Es posible que me lleves a conocer la escuela del Chivas USA? – Preguntó Cristóbal visiblemente emocionado. Tony sacó una agenda electrónica antes de responder.
- La cita con Whit Haskel es en veinte días… - Dijo consultando en su agenda. – Tal vez pueda hacer algo para incluirme en la entrevista. – dijo Tony.
Linda se acercó a Cristina sonriendo con disimulo. Cristina alzó una ceja como preguntando su opinión acerca de la conversación que todos escucharon aunque simulaban ignorar.
- Creo que Cristóbal tiene un nuevo mejor amigo. – Le dijo Linda. Cristina asintió.
- Ubiquémonos intercalando un hombre y una mujer. – Propuso Cristina acercándose a la silla que ocupaba Martín cuando estaba casado con ella.
- Mamá… - Se quejó Cristóbal. – No es una cena formal… Déjame sentarme con Tony para seguir conversando.
Nadie hizo un comentario adicional al respecto y Antonia fue la primera en sentarse junto a Linda. Cristina se sentó en el puesto principal, con Antonia a su derecha y Cristóbal sentó a Tony a la izquierda de Cristina para ocupar su lugar preferido en la mesa.
Era una posición estratégica de fútbol o algo así. Cristina en realidad poco ahondaba en los caprichos de Cristóbal y lo dejaba tener el poder sobre aquel famoso lugar en la mesa. Antonia intentó cambiar el tema del fútbol durante tres ocasiones y después decidió conversar con Linda. Cristóbal tenía monopolizado a Tony. Y este último era el que incluía a Cristina en la conversación.
El nieto de Sonia era otro admirador que Tony había adquirido después de ese anunció acerca de su relación de negocios con el Chivas USA. La cena estuvo deliciosa y para Cristina fue un alivio que el ambiente estuviera tan lleno del entusiasmo y la alegría que la conversación de Cristóbal y Tony imprimían al ambiente.
En medio de la cena, Linda se inclinó sobre Cristina y sonrió.
- Creo que estamos perdidos. – Le dijo. Cristina la miró con el ceño fruncido. No había entendido su comentario. Linda sonrió.
- ¿Qué sucede? – Su amiga le dio dos golpes en la mano.
- Pues que los hijos están embobados con el hombre. – Le dijo Linda y tomó un poco de su copa de vino. – Y la madre… está perdidamente enamorada del mismo.
Cristina casi se atora con un poco de puré. Linda y sus ocurrencias. ¿Enamorada? No. No podía estar de nuevo enamorada de un Tony Vidal que le anulaba la mente y la seducía con un gesto de sus labios.
Lo miró con atención y él presintió su mirada porque giró para sonreír y hacer un guiño con un ojo. Cristina sintió como el color rosa invadía sus mejillas. Estaba comportándose como una adolescente que se enamora por primera vez. Linda sonrió.
- La primera vez perdí mi esfuerzo y energía en tratar de convencerte para que no te casaras con el chico…- Le dijo Linda. – Pero esta vez… ya estás casada con el hombre… ¿Qué puedo impedir?
Cristina sintió que Linda tenía razón. El destino, el Karma o Martín se habían encargado de llevarla a Tony a su vida y que tuviera que aceptarlo como su segunda oportunidad de amar. Pero le daba terror confiar de nuevo.
Linda propuso comer un postre en la sala y seguir la conversación allí. El nieto de Sonia entendió las señas de Cristina y consiguió convencer a Cristóbal de irse a ver una película en la habitación. Antonia suspiró aliviada cuando Cristóbal salió de la sala.
- Pensé que estaríamos hablando de fútbol toda la vida. – Se quejó la chica. Cristina la miró.
- No cantes victoria. – Le dijo Cristina a su hija. – Tú no vas a estar toda la velada aquí. Tienes que ir a dormir porque mañana hay escuela.
Antonia le sacó la lengua y sonrió. Tony se sentó con Cristina en el sofá que una hora antes había estado ocupando con Cristóbal. Antonia se sentó en el brazo de la silla donde Linda se sentó y Sonia trajo quesadillas para el postre. La comida había sido mejicana.
- Mamá no seas cansona. – Le dijo Antonia a su mamá. – Te cuento que te metiste a Cris en el bolsillo. – Anunció a Tony.
- Esa no era la intención. Lo único que deseaba era iniciar una conversación. – Le dijo Tony sonriendo ante las ocurrencias de la chica.
- Yo todavía sigo buscando de qué vamos a hablar tú y yo…- Le dijo Antonia. Cristina frunció el ceño esperando una de las impertinencias de Antonia. – Cuando lo descubra… puedo llamarte. ¿Verdad?
- Vengo siendo tío tuyo… o por lo menos lo más cercano a un tío que puedas tener. – Le dijo Tony con un tono tan dulce y tierno que hasta Cristina tembló de emoción. – Y es en realidad así como quiero que me vean.
- Pero… tienes el mismo nombre de papá… Bueno… oficialmente eres mi padre…- Le dijo Antonia. Cristina volvió a fruncir el ceño.
- Otro día hablamos acerca de eso… Antonia. – Le dijo Cristina interrumpiéndola. Antonia la miró con el ceño fruncido.
- ¿Por qué? Yo necesito saber si puedo llamarlo papá o si sigo llamándolo Tony. - Anunció asombrando a todos. Tony le tomó una mano entre las suyas.
- En realidad… ¿me llamarías papá? – Preguntó conmovido y emocionado. Cristina puso una mano en su brazo como deteniéndolo y Linda abrió mucho los ojos…
- Esto es muy precipitado, Antonia. – le dijo Linda. – Creo que debes pensar mejor acerca de tus sentimientos. – Aconsejó. Antonia las miró como si se hubiesen vuelto locas.
- Acaso… ¿no leíste la carta de papá? – Preguntó como si las considerara tontas. Tony miró a Cristina con el ceño fruncido. – Allí te dijo que decidieras lo mejor para nosotros… ¿Quieres que perdamos un padre por tercera vez?
Todos se mantuvieron en suspenso y en silencio después de su pregunta. Cristina no sabía qué decir. Había leído aquella frase pero jamás la interpretó como una sugerencia de Martín de que Tony pudiera ser un padre para los chicos. Miró a Linda que la observaba preocupada. Y que no le dijo nada. Cristina miró a Tony y este, soltando la mano de Antonia, giró para preguntarle.
- ¿Es cierto eso? – Dijo con voz ronca. Cristina suspiró.
- No… Tal vez sí… No sé. – Expresó inquieta. - En verdad que no sé. Decía algo de que buscara la mejor solución para todos. Y de que eras la persona indicada para cuidar de nosotros.
- Antonia… querida… A mí me encantaría ser tu padre pero Martín lo era… Yo…- Dijo Tony mirando a Antonia. – Pero no podemos tomar esa decisión ahora.
- Es cierto. Tenemos que tomarnos un tiempo… Pensar muy bien las cosas y dejar que los sentimientos fluyan. – Dijo Linda interviniendo. Tony miró a Cristina con una clara expresión de preocupación.
- Muy bien. Ya sé que no puedo discutir contra tres adultos. – Les dijo Antonia y se levantó. – De todos modos, Tío Tony… piensa mi propuesta. Me voy a mi cuarto.
Cristina no la detuvo. Todos recibieron un beso de la chiquilla incluyendo Tony y luego se desapareció rumbo a las escaleras. Tony se recostó en el sofá y cerró los ojos como si la tensión de los últimos minutos lo hubiese dejado agotado.
Linda se puso de pie. Cristina frunció el ceño. No pensaba dejarla a solas con Tony. ¿O sí? Preguntó con una mirada angustiante. Linda le dio dos palmadas en el hombro.
- Tranquila, amiga. Nos vemos mañana. – le dijo Linda. – Hasta mañana, Tony. Creo que todos debemos irnos a dormir temprano y darle tiempo al tiempo.
Tony asintió pero no dijo nada. Cristina se recostó en el sofá. No podía creer que Antonia le hubiera propuesto a Tony ser su padre. ¿De dónde había sacado esa niña esas cosas? Se preguntó mientras que Tony giraba para mirarla de frente.
- ¿Crees que en la escuela la molestan mucho por no tener papá? – Preguntó Tony. Cristina se alzó de hombros y suspiró.
- Lo que te diga en este momento es mentira. – Reconoció. – Desde que decidimos separarnos… Martín siempre estuvo al menos 5 minutos en casa durante las tardes y conversaba con los chicos. Era casi como si siguiera viviendo con nosotros…Bueno, los días en los que estaba en Miami.
- Y lo han extrañado mucho desde que decidió irse a recorrer el mundo…- Le dijo Tony. Cristina abrió mucho los ojos.
- Todos los días les preguntaba si les hacía falta, si lo extrañaban… Jamás me dijeron sobre problemas en la escuela…- Confesó. – Pero ya ves que mis hijos se parecen mucho a mi y no piden ayuda con frecuencia.
- ¿eso quiere decir que te gustaría recibir mi ayuda?- Preguntó él tomando un mechó de su cabello entre sus dedos. Cristina suspiró.
- La verdad… Sí. – Le dijo en un susurro. – Martín me dejó dicho que tomara la mejor decisión para todos… que hiciera que todo funcionara de nuevo… Creo que estaba diciendo que la idea era involucrarte en mi familia.
- O por lo menos: ¿Eso es lo que quieres? – Preguntó tony sonriendo cómplice. Cristina no ocultó su mirada de deseo al responder.
- No te puedo mentir, me encantaría que funcionara. – Le dijo. Tony se acercó como en cámara lenta y la besó apasionadamente en la boca.
Fue un beso que duró una eternidad y que dejó a Cristina temblando de pies a cabeza. Tony se separó de ella y se levantó del sofá.
- Tengo que irme. – Anunció en un tono de voz que sonó hasta un poco cortante. Cristina se puso en pie.
- Hey… ¿Qué sucede? – Preguntó. Tony empezó a caminar hacia la puerta de la calle.
- Nada. Nos vemos mañana. Supongo que me llevarás a la empresa para conocerla. – Le dijo él sin responder y sin mirarla. Cristina lo siguió sin entender la razón de su enojo. Y estaba enojado. De eso no había duda.
- ¿No entiendo por qué te vas así? – Preguntó Cristina. Tony la miró con una expresión enigmática en su rostro.
- Otro día conversamos sobre esto. Ahora… debemos descansar y consultarlo con la almohada. – Le dijo dejándola todavía más confundida.
- ¿Consultar qué? – Insistió Cristina.
Él no respondió. Salió a la calle sin volver la mirada atrás. Tomó el primer taxi que circuló por la avenida. Cristina sintió una extraña sensación de seguridad. Tenía que confiar en un hombre que al salir en una calle de Miami, se le cumpliera de inmediato el deseo de que apareciera un taxi. Se dijo y cerró la puerta apagando las luces en su camino hacia su habitación.
Al día siguiente se levantó muy temprano y organizó a todo el mundo para ir a la escuela. Los chicos no hicieron comentarios sobre Tony. Se la pasaron todo el tiempo poniéndola al día sobre lo que debían hacer durante ese mes en el colegio. Cristóbal anunció que deseaba participar en la cena para padres e hijos de su escuela. Cristina interpretó ese deseo como que debía invitar a Tony a la cena de padres e hijos. Ellos estaban tomando la decisión de hacerlo pasar por Martín.
Linda no se levantó temprano y Cristina necesitaba irse a buscar a Tony antes de ir a la oficina. Así que no pudo esperar a que su amiga le diera un consejo antes de marcharse.
Contuvo el aliento al verlo salir del edificio vestido con ropa formal. ¡Cielos! Aunque se parecía a Martín y no es que su ex esposo fuera desgarbado, Tony era un artista… un modelo, parecía sacado de una revista de modas. Suspiró y simuló normalidad tan pronto él subió al auto.
Sorpresivamente, Tony le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la boca y se acomodó en su asiento. Cristina encendió el auto. No sabía cómo concentrarse en manejar teniendo aquella tentación de hombre a su lado.
- El auto de Tony está en el parqueadero de la empresa. Uno de los choferes de la casa de modas puede llevarlo a revisar y acompañarte a conducir por la ciudad, si quieres. – Le propuso Cristina. Suponía que todos los hombres se sentían incómodos al ir de pasajeros en un auto. Tony sonrió.
- Manejas muy bien. No veo cuál puede ser el problema de que me sirvas de chofer. – Le dijo él con aire risueño. Cristina sonrió.
- ¿Tenías auto en Chile? – Preguntó ella. Pensando que él se rehusaba porque no supiera manejar.
- Tengo auto en Chile. Allá está esperándome como muchas otras cosas. – Le dijo él visiblemente enojado por tener que hablar de su vida. Cristina se volvió a preguntar por qué Tony no quería hablar de su vida allá.
- Y entonces… ¿quieres que sea tu chofer? ¿Alguna razón en especial? – Preguntó Cristina sin atreverse a hacer una broma más atrevida pero insinuándose. Trataba de hacerlo sonreír al menos.
Lo que hizo Tony fue exhalar todo el aire de sus pulmones ruidosamente y sonreír de manera forzada.
- No me presiones. – Le advirtió. – ¿Por qué no hablamos de cuáles son los planes? No creo que pueda asumir la gerencia antes de dos semanas.
- Y eso me parece bien. – Le dijo Cristina después de un tenso silencio. – El hombre que está realizando el reemplazo de Tony es muy competente. Gerencia una de nuestras franquicias en Orlando y muy amablemente dirige desde allá todo lo que puede.
- ¿Conoce a Tony desde hace mucho? – Preguntó él. Cristina lo miró.
- Martín. Insisto en que hagas la diferencia entre mi ex esposo y tú…- Le dijo Cristina sin ser descortés. Tony puso los ojos en blanco.
- Lo siento. Y… ¿Hay gente que deba reconocer cuando llegue a la empresa? – Preguntó él. Cristina movió la cabeza de un lado a otro.
- Podemos aducir pérdida de la memoria parcial. – Le dijo ella con toda calma. – Linda estuvo dándome algunas alternativas para que la gente te deje en paz algunas semanas mientras los conoces por ti mismo.
sigue
domingo, 18 de mayo de 2008
Tu secreto (Parte II )
- Aún no sé. No me he reunido con los abogados. – Le informó mientras se quitaba la ropa para entrar al baño.
- Entonces… llama a tu amigo Raúl y empápate de todo antes de aceptar una locura. – Le dijo él que analizaba las situaciones de inmediato y sacaba el mejor provecho de lo que sabía de ellas.
Miranda se asombró de no haber pensando en Raúl tan pronto escuchó sobre el testamento. Raúl Méndez era su mejor amigo de escuela y el jefe de abogados de la corporación Stephanos. Nicholas lo había contratado tan pronto se había graduado y en menos de dos años había escalado en la organización destacándose por su destreza e inteligencia con los asuntos legales financieros.
- Maldición! – Exclamó Demetrio y Miranda escuchó un estropicio al otro lado de la línea. – Tengo que dejarte, nena. Acabo de tirarme un rollo de fotografías… - Le explicó. Miranda iba a preguntarle qué hacía él tomando fotografías con película fotográfica si él solía utilizar las digitales pero Demetrio se lo impidió: - No se te olvide hablar con Raúl. Te llamo más tarde.
Él cerró la comunicación antes que ella pudiera decirle nada. Dejó el celular sobre el armario y se metió en la ducha. Necesitaba renovar sus energías con un buen baño. Aunque hacer el amor le había devuelto esa sensación de fortaleza interior que le queda a una mujer que se sabe deseada, tenía que pensar con claridad y el amor no era muy buen aclarante.
Después de la ducha y de vestirse de manera informal porque no se decidía a irse a la corporación y buscar a Raúl, se sentó en el alféizar de su balcón sintiendo el suave sol de septiembre. Alrededor de la vieja casa Stephanos se levantaban las viejas mansiones de Bellavista y el Prado. Era la Barranquilla que Miranda añoraba y amaba. El ambiente en el que había crecido y el sitio en el que se sentía segura… se sentía ella misma… Sin embargo, la posibilidad de que su matrimonio con Andreas resultara un infierno y no el cielo… la atormentaba.
Cómo si lo hubiera llamado. Andreas se apareció en el umbral de la puerta y se acercó a ella con pasos largos y decididos.
- Vive conmigo. – Le dijo él. Miranda lo miró como si estuviera loco.
- Vivo en esta casa. – Le dijo ella. Andreas movió la cabeza de un lado a otro enérgicamente.
- Que duermas conmigo, que vivas conmigo en mi cama.- Le dijo él. Miranda frunció el ceño.
- Por muy modernos que sean, Nicholás y Lucia esperan que nos mantengamos cada uno en su habitación hasta el momento de la boda. – Le dijo Miranda.
- Me muero por tenerte, por levantarme en la mañana y verte…- Le empezó a decir él. Miranda que todavía desconfiaba de su apasionamiento lo interrumpió:
- Eso no te va. Para hacer el amor sólo tienes que cruzar el pasillo o llamarme por teléfono. – Le dijo. Andreas apretó la mandíbula como si estuviera enojado. – Es más creo que eso sería más divertido que irme a dormir contigo…
- ¿Por qué tener dos habitaciones si puedes dormir en la mía? No hay que comprar muebles ni hay que cambiar muchas cosas… - Le dijo él.- No hay que guardar falsos pudores, ni apariencias estúpidas.
Miranda, entrecerró los ojos, confundida. Hasta ese momento pensaba que Andreas no estaba hablando en serio.
- Tardaste diez años para considerarme atractiva… ¿De dónde viene tanto afán? – Preguntó empezando a enojarse. Andreas la tomó del brazo y la hizo ponerse en pie.
- Primero eras una niña…. Después eras demasiado peligrosa para mis ansias de libertad... Ahora ya no tengo remedio.... – Le dijo él mientras la besaba en las mejillas y el cuello.
Miranda se dejó abrazar y besar sin saber a ciencia cierta qué hacer o decir. Estaba él reconociendo que lo había tentado toda la vida pero que la rechazó siempre por pudor o consideración… Peor aún, que temía a su poder sobre él mismo! Suspiró y Andreas la separó un poco para mirarla a los ojos.
- Igual… tienes que darme un tiempo para creer que realmente funciona esta pareja. – Le dijo ella tratando de pensar con claridad aunque en realidad tenía ganas de desnudarlo y hacer el amor de nuevo antes que cambiara de opinión y la ignorara.
- Funcionará… te lo aseguro. Y aún si no funciona dentro de diez años… será dentro de diez años…- Le dijo él. Miranda volvió a sentirse insegura. Él seguía teniendo por consigna de vida el hoy y el ahora… Y a Miranda la atormentaba el futuro.
- Igual creo que hasta la boda, cada uno debe tener su propio espacio.- Insistió ella. Él la miró con pasión y volvió a estrecharla contra su cuerpo.
- ¿No puedo entonces seducirte hasta convencerte? – Preguntó él besándola en los senos de una manera atrevida y sensual por encima de la ropa. Miranda gimió.
- Por supuesto…- Susurró ronca. Y escucharon a Lucia que los llamaba desde el primer piso a almorzar. – Es mamá…
- No importa…- Le dijo él concentrado en atacarla con sus encantos físicos.
- ¿Por qué no te importa? ¿Por qué ahora no te importa? ¿Soy realmente yo o tu corporación? – Preguntó ella tratando de sacarle una declaración de amor. Andreas lo tomó muy mal. La soltó de improviso y Miranda perdió el equilibrio y quedó sentada sobre la cama.
- Dios… Dios… Dios… - Dijo como si estuviera conteniendo la ira. – Pensé que hablábamos el mismo idioma…
- ¿Qué quieres decir? – Preguntó Miranda sin entenderlo. Andreas se pasó las manos por la cabeza.
- Sabes qué… no te cases conmigo. Mañana mismo empiezo a hacer la lista de a quienes les vas a dar el control de la corporación pero…- Le dijo en tono amenazante. – Esta noche te mudas a mi habitación porque vas a vivir conmigo.
Miranda se levantó de la cama y trató de detenerlo pero Andreas dio media vuelta y desapareció por el pasillo. ¿Estaba él hablando en serio? Prefería que se desapareciera la fortuna Stephanos antes que ella siguiera pensando que era lo único que le importaba? Contrario a lo que imaginó se sintió feliz. ¿Estaba él enamorado de ella? Se preguntó y se miró en el espejo para hablarle a su imagen.
No te hagas ilusiones. Se dijo Andreas era muy hábil en todo asunto de negociaciones y contratos… Tal vez aquella era un estrategia para hacer que fuera ella la que le rogara a él casarse. Se miró unos segundos en el espejo y suspiró. Estaba volviéndose loca. Había regresado a su costumbre adolescente de hablar sola. ¿Qué había en esa casa y en ese hombre que le hiciera retroceder en la vida? Arregló su cabello y su maquillaje y decidió bajar al almuerzo. Lucia estaría esperándolos y le parecería sospechoso que no bajaran al comedor.
Eso si no había visto salir a Andreas. Nadie podría ignorar su cara de enojo si se fue tan furioso como ella creía. En el comedor estaba Lucia, Nicholas y dos señoras de muy buen vestir con dos o tres cirugías encima. Miranda no las reconoció hasta que les escuchó hablar. Eran las tías de Andreas que hablaban en el jardín la noche anterior.
- Miranda, hija. ¿Te acuerdas de Ariadna y Tea Stephanos? – Preguntó Nicholas. Eran primas de Nicholas, griegas puras que habían llegado de Europa con el padre de Nicholas y este cuando decidieron radicarse en Colombia.
- Qué encanto de mujer en el que te has convertido. – Dijo Ariadna. Miranda la reconoció como la que había afirmado que dejaría a los Stephanos en la calle. Sin embargo, sonrió con todo el encanto que la mujer le adjudicaba y saludó a la señora.
- Muy amable, señora. – le dijo. Y se dejó besar y abrazar por la otra señora. A pesar de haberla escuchado afirmar que no creía que Miranda pudiese ser el ángel salvador que Nicholas afirmaba, sintió que era más amable y sincera que la otra.
- ¿Dónde está Andreas?- Preguntó Lucia a Miranda. Esta se alzó de hombros y se sentó a la mesa.
- No ha bajado a almorzar… - Dijo Lucia, con tono de preocupación pero continuó sirviendo la comida.
Las tías de Andreas empezaron a preguntarle acerca de los planes que tenía en su nueva vida en Barranquilla. Miranda respondió de la manera más prudente que halló tratando de no comprometerse más allá de lo que suponía, Nicholas deseaba se comprometiese, insegura de tomar las palabras de Andreas como ciertas… o falsas.
- Eres administradora, experta en negocios internacionales y con experiencia en el campo de la comercialización de productos. – Señaló Ariadna demostrando gran dominio en la hoja de vida de Miranda. – ¿Eso quiere decir que tomarás el puesto de Andreas en la corporación?
- Esto no es un almuerzo de negocios. – Recriminó Nicholas a su prima. Miranda alzó una mano en un gesto de calmarlo.
- No te preocupes. Sé que toda la familia está conmocionada ante las circunstancias… - Le dijo Miranda. – Sin embargo, nada más lejos de mí que ocupar el papel de Andreas como presidente de la corporación… Él tiene más que ganado ese lugar y yo no soy quien para ocuparlo.
- Gracias a Dios muestras algún grado de sensatez en lo que dices.- Le dijo Ariadna. – Me preocupaba que fueses a tomar decisiones caprichosas.
- Nada más lejos de la manera de ser de Miranda. – Le defendió Nicholás. – Siempre ha sido una joven aplomada y prudente que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo sin atropellar a nadie.
- Mejor ayúdenme a convencerla de casarse en octubre. – Les dijo Lucia tratando de disminuir la tensión en el ambiente. – Este tema de ustedes está muy aburrido.
- Me parece bien. – Opinó Tea. – Aunque noviembre estaría mejor. El tema de la boda es un mejor tema de conversación para este almuerzo tan delicioso.
- ¿Te imaginas una boda el 10 de noviembre y que se fueran a una isla de luna de miel… Bahamas por ejemplo? – Opinó Lucia.
- Me gustaría que hiciéramos planes de boda cuando Andreas esté presente. – Dijo Miranda. Sin embargo, las otras tres mujeres la ignoraron y siguieron definiendo la iglesia perfecta para la ceremonia, el salón ideal para la fiesta, la lista de invitados.
Decidió no volver a hablar y cuando la retaron a decir algo, se limitó a asentir o responder evasivamente. Nicholas poco dijo. Aún cuando se solidarizó con Miranda interviniendo con comentarios que nada tenían que ver con la boda con la intención de cambiar el tema de conversación, no opinó acerca de la boda ni rechazó enfáticamente el tema. Miranda terminó de comer y se disculpó con las señoras diciendo que tenía una cita con los abogados de la corporación.
Salió del comedor sin saber a dónde iría después de haber inventado a las carreras semejante mentira. NO tenía amigos en la ciudad… por lo menos no uno que pudiera molestar de improviso con una visita en su lugar de trabajo un martes a las tres de la tarde. Suspiró y se fue a su habitación a buscar el celular. Tendría que encontrar alguno a quien visitar para justificar su salida intempestiva del comedor.
Raúl… Pensó tomando el celular y su bolso. Estaría en las oficinas de la corporación y podía ser que Andreas estuviera también allí y encontrarse de nuevo con él ese día no parecía una posibilidad divertida. Pero Demetrio había insistido en que se comunicara con Raúl y que le solicitara su consejo. Buscó el teléfono y le marcó.
- ¿Miranda? ¿Estás en Barranquilla? – Preguntó él tan pronto ella se identificó. El tono animado de su voz la llenó de alegría.
- Llegué ayer pero siento que tengo siglos aquí… - Le dijo con aire dramático. Caminaba por el pasillo mientras hablaba con él.
- Entiendo. Has tenido dificultades con Andreas como siempre… - Le dijo. Miranda suspiró.
- Andreas… mamá… los Stephanos… - Enumeró ella con aire de tristeza. Raúl sonrió. - Puedo verte un día de estos… - agregó tentativamente para no comprometerlo e incomodarlo.
- ¡Cómo un día de estos! Ahora estoy ocupadito… - Le dijo como si meditara lo que haría. – Pero a las siete puedo pasar por ti para irnos de rumba.
- ¿Martes en la noche de rumba?- Preguntó asombrada Miranda. Raúl volvió a sonreir.
- Soy dueño de mi horario y si me da la gana de recibir a mi mejor amiga con una rumba un martes. ¿Quién me lo va a impedir?- Le dijo él. Miranda no pudo evitar que surgiera una sonrisa en su rostro. Miró su reloj y observó cómo estaba vestida.
- Está bien. – Le dijo. – Gracias…
- Te dejo porque debo correr para llegar a tu cita. Anímate que te vas a divertir. – Le dijo antes de cortar la llamada. Miranda se devolvió a su habitación.
Permanecería encerrada en ella hasta que fuese la hora de cambiarse y bajar a esperar a Raúl. Si Ariadna y Tea se daban cuenta que no había salido de la casa, de malas. En ese momento, había recuperado un poco de la felicidad que representaba para ella estar en Barranquilla, estar en su casa.
Estaba casi lista cuando apareció Pilar en su habitación.
- ¿Esta vez fue una discusión seria?- Preguntó observando a Miranda de pies a cabeza. Miranda sonrió sin saber a qué se refería la chica. Había ido a espiarla por solicitud de Andreas.
- ¿De qué discusión hablas?- Preguntó fingiendo no entender y continuó su maquillaje.
- La discusión. Andreas me envió para averiguar si estarás en la cena de esta casa esta noche. – Le dijo. – Jamás me habían puesto de mandadera entre ustedes…
- Dile que no estaré porque Raúl me invitó a cenar. – Le dijo Miranda. Fingir que no sabía de qué hablaba o mentir no serviría con Pilar. – Que si desea hablar de su tonta amenaza… puede esperar hasta la cena de mañana.
- No creo que deba retarlo con eso de su tonta amenaza… podría venir aquí y seguir discutiendo contigo… - Le aconsejó Pilar. Miranda terminó con su maquillaje y se levantó.
- Poco importa. – le dijo. Pilar continuó el camino en el pasillo hasta la habitación de Andreas y Miranda cruzó unos metros antes para bajar por las escaleras.
Al final de estas, conversando con Lucia, estaba Raúl. Cuando presintió su llegada giró y chifló con estruendo admirando su vestido.
- Uauuu… - Aulló como lobo mientras extendía una mano hacia ella y le recibía un beso. Raúl era el acompañante perfecto para animarse en una noche como aquella.
- Eres un tonto. – Le dijo Miranda.
- Reservé una mesa en un restaurante de lujo. – Le dijo y luego miró a Lucia. – Pero debí hacer una reserva en una residencia de lujo… - comentó divertido insinuando que se la llevaría a la cama. Lucia lo golpeó cariñosamente en un brazo y sonrió divertida por las ocurrencias de Raúl.
- Mamá… préstame unas llaves de la casa… No sé dónde están las que me diste… - Le dijo Miranda a su madre. La voz de trueno de Andreas le respondió desde el último escalón de la escalera.
- Yo te esperaré despierto. – Prometió. Miranda giró para verlo. Estaba vestido con camisa y pantalón azul oscuro lo cuál le hacía ver más taciturno e imponente.
- Sólo necesito una copia de la llave. No quiero molestar. – Dijo con firmeza. Aunque deseaba llorar. Él la miraba con la misma prepotencia y enojo con la que le había mirado cuando le entregó la famosa carta de despedida de Karen.
- Tengo muchos documentos que leer y estaré en el estudio hasta tarde.- Respondió él con un tono que no admitía más protestas. – No será una molestia.
- Como quieras. – Le dijo Miranda dispuesta a no dejarse dañar la noche.
- ¿A qué hora vendrán? – Preguntó pero estaba mirando a Raúl así que Miranda dejó de mirarlo y caminó hacia la puerta.
- Cuando se nos acaben las pilas. – Respondió Raúl divertido. Andreas alzó una ceja.
- Eso puede no ser nunca. Recuerda que tengo la firme intención de casarme con ella. – Le dijo. Miranda se negó a comentar algo sobre aquellas palabras y haló a Raúl.
- Sabes que puedes confiar en mí. – Le dijo Raúl y Miranda sintió que aquella era una doble respuesta. Un mensaje secreto que Andreas podía interpretar de acuerdo a un código acordado entre ellos. Miranda frunció el ceño.
Raúl se despidió de Lucia dándole un sonoro beso en la mejilla y siguió a Miranda hacia la salida. La ayudó a acomodarse en el asiento al lado del conductor en su elegante auto y se subió con agilidad. Miranda esperó a que estuvieran en camino para decirle:
- Sabías de la propuesta de matrimonio y del testamento…- Reclamó. Raúl señaló el maletín en el asiento de atrás de su auto.
- Soy el abogado de confianza en la empresa. – Le dijo tratando de hacerla entender que era parte de su trabajo no decirle nada a ella. Miranda suspiró.
- ¿Tengo otra opción que no sea una boda? – Preguntó tratando de escuchar un consejo.
- Si quieres crear un caos económico en la corporación tienes millones… - Le respondió concentrado en manejar. – La opción del matrimonio no es tan terrible para ti.
- ¿Cómo saber que Andreas me escoge a mí o a su fortuna? Es como casarse con un hombre porque esperas un bebé suyo. – le confesó. - ¿Cómo saber que no es por compromiso?
- Él no te ama más que a su fortuna… - Le dijo Raúl con calma. – Sencillamente él te ama. Si me hicieras caso y viajaras a Puerto Colombia a su casa de la playa…
- Es su lugar de retiro. – Le dijo Miranda. No era la primera vez que Raúl le decía que Andreas la amaba. Y en varios de sus mensajes de correo durante aquellos años lejos, Raúl insistió en que Miranda debía ir a esa famosa casa en la playa. – No admite visitas de ningún tipo y por ningún motivo. Nadie en la familia sabe dónde queda… Yo sé que existe porque tú me lo dices…
La primera vez había sido cuando empezó a trabajar para Andreas y Miranda le contó que había vivido con ella casi un mes y luego la había dejado. Entonces Raúl le aseguró que si la dejaba era por su bien… “Créeme, él no hizo nada de lo que hizo por herirte. Y debe estar sufriendo como un condenado”. Le aseguró Raúl dejándola llorar desconsolada entre sus brazos.
Por supuesto, Miranda no había creído una sola de sus palabras. ¿Cómo entender que alguien te deja porque te ama? Raúl le dio una palmada en una pierna.
- Yo sé de la casa porque le ayudé a hacer los tramites para comprarla. Y cuando la conocí, ya decorada, supe que debías conocerla un día.- Le dijo él con aire enigmático.
- ¿Por qué? – Preguntó Miranda. Raúl movió la cabeza de un lado a otro.
- Debes verla y juzgar. – Le dijo y se negó a contarle sus razones para pensar de esa manera.
- ¿La razón por la que me insistes en que Andreas me ama es porque deseas que salve a la corporación? – Preguntó Miranda. Raúl se golpeó la frente con una mano.
- Por Dios… ¡ahora vas a sospechar de mis intenciones! – Exclamó divertido en lugar de estar enojado. – ¡Mujeres!
Pero ya llegaban al restaurante así que Miranda no le contestó a su comentario. Parqueó el auto y la ayudó a bajar de él como el caballero que siempre era.
El restaurante era una casa de ensueño. Una mansión con un estilo algo inglés con paredes cubiertas de ladrillos rojos y muchos arcos… Una pequeña recepción donde confirmaron la reserva. Luego, un mesero que los condujo hacia una mesa en el jardín donde una fuente de agua en forma de delfin animaba el silencio de la noche y la música suave del ambiente.
- ¿Todavía te gusta el vino blanco? – Preguntó Raúl mientras la ayudaba a sentarse. Miranda asintió.
- Cuéntame de lo que no sé de Andreas… - Le dijo Miranda cuando terminó de acordar lo que comerían.
- Andreas sintió durante muchos años que debía ser correcto contigo porque le habían adjudicado la tarea de ser tu hermano mayor y no podía defraudar a la mujer que lo trataba como a un hijo y que hacía feliz a su padre. – Le dijo Raúl sin preámbulos.
- Por ello, saber que estaba enamorada de él fue un conflicto y no una noticia agradable. – Continuó diciendo dado que Miranda se lo quedó mirando en silencio. - ¿Cómo hacía un chico de 21 años al que le gustaba hacer el amor hasta con un palo de escoba con faldas, para rechazar a su hermanastra que no estaba nada mal, virgen de 14 años?
- ¿Me vas a vender la idea que desde entonces yo le gustaba?- Preguntó Miranda incrédula. Raúl sonrió.
- Cualquier chica lo seducía entonces… No le gustabas… él te amaba… como una hermanastra pero te amaba. – Le dijo Raúl.
- Y ¿entonces? – Raúl suspiró como si estuviera recordando una vieja película que le hubiese gustado mucho.
- Duró dos días sin dormir cuando leyó tu diario. Quería tomar un avión e irte a buscar… pero ¿Qué podía ofrecerte? Tonterías… problemas y más problemas. – Le dijo Raúl y la invitó a tomar de su copa de vino. Miranda sonrió y tomó un poco. En realidad, quería que él siguiera hablando de Andreas. Sabía muy bien que de la boca de Andreas jamás escucharía todo lo que Raúl le decía.
Aún le quedaba la duda de si Raúl le decía aquello para convencerla de que casarse con Andreas no era un error, y asegurar el futuro de una empresa en la que tenía mucho por hacer. O si le hablaba de todos esos recuerdos por solicitud del mismo Andreas para convencerla de que la amaba.
- Todas las cosas que ha hecho Andreas en su vida, las ha hecho para protegerte o para complacerte.- Le dijo Raúl. - No hay en su vida otro motor, otra preocupación, otro incentivo de creación que no seas tú. Ese es su secreto.
- Es muy difícil de creer cuando piensas en las múltiples mujeres que desfilaron en mi casa durante todos estos años, los cinco matrimonios frustrados que lleva en siete años y la manera como continúa relacionándose con cada una de sus ex mujeres. – Le dijo Miranda con un tono melancólico.
- Patadas de ahogado.Unas de su parte, otras de parte de las ilusas que creyeron que podrían convencerlo de casarse. Está atado a ti irremediablemente. – Afirmó Raúl. – Tan atado que hasta Hermes lo descubrió y por eso creo que hizo el testamento.
- ¿Eso piensas?- Preguntó asombrada Miranda para quien era difícil creer que Hermes estuviera de acuerdo con casarla con Andreas.
- Y ¿entonces? ¿Cuál crees tú que fue la intención de Hermes con ese matrimonio? – Miranda no había pensado en ello. O mejor, no había creído que fuese verdad esa teoría.- Hermes intuyó que Andreas tarde o temprano se casaría contigo. Porque no puede hacerlo con otra mujer, él mismo ha saboteado algunas de esas relaciones que tú le reclamas.
Hermes había recibido a Lucia y a su hija con resignación más que con agrado. Su hijo había estado sumido en la más profunda tristeza desde la muerte de la madre de Andreas y prácticamente Lucia lo había sacado de las garras de la muerte. Así que Hermes había aceptado los cambios de planes del destino. No había conseguido una mujer europea para su hijo, había tenido que conformarse con otra colombiana más.
NI qué decir de Miranda que era la típica barranquillera que colocaba música desde que se levantaba y que generalmente era música para bailar, que hacía reuniones escandalosas con las niñas del barrio y que usaba “lo que le daba la gana” al vestir, según las palabras del mismo Hermes. Todo aquello iba en contra de los vestidos de diseñador, de las reuniones de música clásica europea, boleros y música griega de las cenas de Hermes que jamás se convertían en fiesta y del hablar pausado y sereno que inculcaba Hermes a todos en su casa.
Miranda era la oveja negra en la familia Stephanos y, lo peor, era que no tenía la menor intención de cambiar o adaptarse a las nuevas normas en su vida. Hermes decidió entonces dejar a su hijo la mansión Stephanos e irse a vivir a otra casa elegante y sofisticada que compró en el mismo barrio Bellavista. La casa de Herlinda Santodomingo, la abuela de Andreas, permaneció siendo la casa de la familia y Hermes acondicionó la nueva casa a su gusto para vivir a sus anchas. Pero especialmente, lejos de Miranda.
Raúl sacudió una mano frente a la mirada perdida de Miranda que volaba en el mundo de sus recuerdos. La chica sonrió con tristeza. Debió ser muy duro para Hermes tener que claudicar ante lo irremediable. Su nieto preferido, los ojos de su vida, estaba enamorado de su peor tortura. Y nada podía hacer.
- No quiero ilusionarme creyendo en el amor de Andreas y, luego recoger pedazo a pedazo mi vida. – Le reveló a Raúl quien le tomó una mano entre las suyas.
- No vas a arrepentirte de ese matrimonio más de lo que cualquier otra mujer se arrepiente de casarse. – Concluyó Raúl. – Créeme… si no fuese por el testamento te diría que lo sedujeras y que te fueras a vivir con él… Hermes se aseguró de que Andreas no perdiera la cabeza por ti y se convirtiera en el escándalo familiar del siglo viviendo con su hermanastra.
- ¿Estás seguro? – Preguntó Miranda todavía angustiada por una razón que le quitara la sensación de estar viviendo un sueño.
- Te amo… Jamás apoyaría una iniciativa que pudiera causarte daño. – Miranda sonrió. Les trajeron la cena y comieron en silencio. Era una tregua para dejarla analizar sus sentimientos.
Casi llegando al postre, Raúl hablaba de música y amigos en común. Miranda sonreía ante sus ocurrencias y preguntaba por algunas cosas o personas. Pero su mente estaba ocupada en decidir si casarse o no era una decisión acertada en su vida.
¿Qué tenía por vivir? Mucho. Pero esta era la primera y tal vez, la única oportunidad que tenía para hacer que Andreas se enamorara de ella con la intensidad con la que ella lo amaba y vivir la experiencia de ser su mujer. Los tres años que estipulaba el testamento podía ser el tiempo de prueba que tendría su vida juntos. Si después de ese tiempo nada había cambiado… Le diría adiós a su sueño de adolescente por siempre y cambiaría su rumbo.
- ¿Quieres ser mi padrino de bodas? – Preguntó Miranda interrumpiendo a Raúl de improviso. Este sonrió y le lanzó un beso en la punta de sus dedos.
- Por supuesto. – Respondió sonriendo.
- Me caso en octubre. – Le informó.
- Que la luna de miel sea en un soleado y caliente lugar. – Opinó asombrando a Miranda que diera la misma idea de Lucia.
- Todos me dicen lo mismo. ¿Es que no me imaginan en el frío y con esquís? – Preguntó con curiosidad. Raúl la miró sugestivo como si la imaginara en su mente.
- Yo te estoy imaginando en un bikini minúsculo, negro para que resalte contra tu hermoso color de piel. – Le reveló. Miranda sonrió divertida.
- Eres un cretino. De todos modos, mis tangas son rojas, azules…
- Yo te voy a regalar el traje de baño de mis sueños…- Le dijo él… - Creo que no debes comprar ropa para tu luna de miel… yo te voy a dar la que necesitas.
- ¿En algún momento, has pensado acostarte conmigo? – Preguntó Miranda. Raúl sonrió.
- Muchas veces… pero prefiero las rubias… deliro por unos cabellos de oro regados sobre mi estómago…- Miranda lo golpeó con una servilleta.
- Estúpido. Te quiero mucho. – Raúl le hizo un guiño con un párpado.
- Te amo. ¿Te gustó la comida?- Miranda suspiró encantada.
- Me fascinó todo: el sitio, la comida, la compañía y la conversación. – Dijo con sinceridad.
- Qué bien. Porque ahora nos vamos de rumba…- Miranda lo miró sorprendida. Realmente estaba Raúl dispuesto a bailar un martes.
- ¿Y dónde? – Preguntó para hacerlo recapacitar. Él sonrió.
- Recuerdas a esa chica de la universidad de la que te hablé…- Miranda asintió. – Bien. Administra el bar restaurante del Hotel del Prado. Adivina a donde bailaremos… Haré tu despedida de soltera.
- ¿Invitaste a alguien? – Preguntó incrédula. Raúl movió enérgicamente la cabeza y llamó al mesero.
- Olvídalo. Esta es una despedida de soltera privada. Sólos tú y yo…
- Eso quiere decir que harás un strep tease para mí… - Se burló. Raúl la miró como de seguro miraba a todas las chicas que deseaba seducir.
- ¿Te gustaría? – Miranda sonrió divertida.
- ¡Estás loco! No harás nada de eso en lugar público. – Le dijo recordando que él había hecho un strep tease para una de sus amigas de escuela en su despedida de soltera.
Raúl pagó la cuenta y se fueron al Hotel del Prado. Efectivamente, el bar estaba funcionando y algunos huéspedes del hotel estaban disfrutando de un trago en una preciosa noche de septiembre.
La chica amiga de Raúl se portó divinamente. En sus gestos y sonrisas, Miranda leyó que estaba más que entusiasmada con Raúl y, que este no era tan indiferente a sus encantos. Se sintió feliz. Al menos, había sido para Raúl algo más que una amiga llorona y atormentada que consentir, había sido una excusa para ver a la chica.
Bailaron y hablaron hasta el cansancio. Raúl sabía cómo hacerla feliz y pedía sus canciones favoritas al D.J. que estaba más que encantado de complacer a Miranda. Eran casi las doce de la noche cuando Miranda lo obligó a salir de allí para llevarla a casa.
- Tienes que ir a trabajar mañana porque estaré a más tardar a las nueve en las oficinas…- Le dijo ella para terminar de convencerlo. – Necesito saber cuáles son mis responsabilidades y qué decisiones tomar con relación al futuro de la corporación.
- Sé que tienes razón pero por qué tienes que ser responsable cuando nos estamos divirtiendo tanto. – Se quejó y la besó en la mejilla antes de quitar el seguro de su puerta. Miranda se bajó del auto y la puerta principal se abrió dejando ver la imponente figura de Andreas.
Cómo si se hubiese puesto de acuerdo con ella, traía una chalina de las que Lucia utilizaba para cubrirse en las noches de navidad cuando paseaban para ver los arreglos de las mansiones vecinas. El enorme escote del vestido de Miranda había sido una buena idea cuando salió pero ahora había una brisa fría que le hacía temblar.
- Estaba a punto de organizar el desayuno. – Le dijo con tono de reproche. Raúl le sacó la lengua.
- No me envidies. Estaba celebrando la despedida de soltera de Miranda. – Le dijo con una enorme sonrisa. Andreas la miró a los ojos y Miranda sonrió.
- Está loco. Ya lo sabes… - Le dijo evadiendo el tema de conversación que implicaba el comentario de Raúl. Miranda se dejó envolver por la capa y por los brazos de Andreas quien la hizo apoyarse contra su pecho.
- ¿Estás en condiciones para manejar? Puedes dormir aquí…- Propuso Andreas. Raúl lo rechazó de inmediato con un gesto de su cabeza.
- Sabes que he manejado a casa en peores condiciones… Además puedo ver que tú tienes menos condiciones para manejar que yo… te tiemblan las manos y apenas te puedes sostener en tus piernas de gelatina anticipando el placer de tener ese bombón para ti solito. – Le dijo divertido encendiendo el auto.
- ¡Vete al diablo!- Le dijo Miranda enojada por el compromiso en el que la dejaban las palabras de Raúl.
- Te veré mañana, cariño. – Le dijo el hombre antes de salir del jardín de la casa rumbo a la calle. Andreas sonreía mientras la hacía entrar en la casa.
Andreas no la dejó separarse de él para no permitirle escapar de su conversación pendiente. La tomó de la mano mientras que con la otra cerraba la puerta. Pilar apareció de la nada y dijo que apagaría las luces. Miranda decidió no mirarla para que la chica no le lanzara unas de esas miradas cómplices que solía lanzarle cuando la veía a solas con Stephanos. Él la llevó a su habitación.
Miranda tenía casi cuatro años desde la última vez que había estado en esa habitación. La última Navidad en casa, Andreas se la había pasado tirado en la cama sufriendo de una seria quemadura en una pierna por andar haciendo motocross con unos amigos. Miranda se había turnado el tiempo de acompañarlo y cuidar de su herida con Pilar.
La decoración del lugar la había hecho un experto. Había seleccionado colores y texturas de tal manera que el estilo encajara perfectamente para un hombre pero que cualquier mujer se sintiera cómoda y confortable allí. Después de todo era uno de los solteros más codiciados de la ciudad y el diseñador no podía imaginar que Andreas jamás hubiese llevado a una mujer a su casa.
Lo que más le cohibía era la enorme cama que dominaba el lugar. Una cama para tres… Se había burlado Pilar cuando la viera. Andreas prácticamente había empujado a Miranda para que entrara.
- Quiero disculparme por mi actitud esta mañana…- Le dijo él mientras se quitaba sus pantuflas y la camiseta que lanzó a un sofá. Miranda permaneció de pie en medio de un pequeño espacio de recibo de visitas que tenía la habitación.
- Yo también me pasé. Lo siento. – Respondió ella mirándolo a los ojos como él lo hacía.
- No… Creo que hiciste bien en lo que dijiste. – La interrumpió -Ninguno de nosotros ha sido justo contigo.
- Correcto. Entonces me voy a dormir… - Le dijo ella dispuesta a salir. Andreas tomó una de sus manos y la hizo detenerse.
- Quédate conmigo. – Le ordenó él con un tono tan sensual que a Miranda le costó trabajo no correr y ceder.
- Me parece que debemos darnos un tiempo. – le dijo intentando convencerlo.
- Nada de eso. Tienes que darme la oportunidad de recomenzar…- Le dijo él.- ¿Acaso fue terrible vivir conmigo en Miami?- Preguntó él recordando sus días con ella. Miranda suspiró.
- Me dejaste a los 20 días sin decir una sola palabra ni para bien ni para mal. – Le recordó ella. Andreas no se dejó amilanar por eso.
- Quiero demostrarte que te amo. – Miranda no esperaba eso y palideció. Amor… ¡Estaba él afirmando que la amaba! En más de una ocasión habían discutido acaloradamente porque Andreas odiaba que la gente fuese por la vida jurando amor eterno cuando ni siquiera estaba absolutamente seguro de lo que sentía por el otro.
- Y si tenías razón y sólo es una obsesión adolescente… - Empezó a decir Miranda, él la hizo acercarse a él y la abrazó con fuerza.
- Es muy difícil curarse de una obsesión. – Le dijo - Y en todo caso, - Gimió mientras besaba la mejilla de la chica – nos dejamos un tiempo y me vuelves a seducir.. ¿Vale?
Miranda dejó de pensar. En otro momento analizaría sus palabras. Su cuerpo deseaba tenerlo aún más cerca y ella tenía muy pocos deseos de desperdiciar una noche como esa pensando en los pro o en los contra de una relación que pasara lo que pasara tenía que vivir.
Andreas la desnudó apreciando su cuerpo, tocándola como si fuese una obra de arte que detalla para calcular su valor. Miranda hizo lo mismo disfrutando del placer de tocarlo, de olerlo, de sentirlo tan concentrado en ella, tan consciente de ella. Nada tenía importancia cuando estaba a punto de sentirlo dentro de su cuerpo.
Aquel placer era en lo único en lo que debía pensar. Su corazón no podía tenerle miedo al dolor. La vida no era nada sin el dolor, los problemas y las trabas. Tenía que pensar como una tonta adolescente que piensa que sólo en los brazos de su amante está la felicidad.
Después de hacer el amor por tercera vez, el sol se empezó a filtrar por la ventana. Miranda no podía creer que no tuviera una sola gota de sueño. Quería permanecer eternamente allí, acostada en la cama de Andreas, oliendo y sintiendo su piel después de hacer el amor.
Lo observó dormir mientras disfrutaba en silencio de la emoción de sentirse su dueña. Karen, Giovanna… todas las mujeres en el pasado de Andreas le parecían todavía más tontas y superficiales. ¿Cómo habían podido alejarse de él después de haber sentido el poder de su seducción? Cerró los ojos y dejó que el cansancio de una noche de sexo la envolviera. Ese era su futuro, esa era su felicidad, estar envuelta en los brazos de Andreas y ser su mujer.
Pilar los llamó a desayunar entrando a la habitación después de un leve golpe en la puerta. Miranda podía imaginarla asomándose en la habitación de la chica y luego en esta. Suspiró. NO podía negar que las conclusiones de Pilar acerca de ellos dos siempre fueron acertadas y que traerle ropa a Miranda había sido una excelente idea.
La chica se levantó y Andreas se abrazó a una almohada. Miranda sonrió. Estaba rendido. NO estaba acostumbrado a trasnochar y de seguro se había pasado la noche rumiando la tensión de no saber qué le estaba diciendo Raúl sobre la herencia o acerca de él mismo.
Miranda se vistió y bajó a desayunar. Decidió comer en la cocina porque ya sus padres habían salido de la casa. Le dijo a Pilar que le comentara a Andreas que ella estaría con Raúl en la empresa y que allá lo esperaría.
- Supongo que debo dejarlo dormir un poco más. – Le dijo Pilar. Miranda sonrió desistiendo de mantener a Pilar a distancia.
- Va a necesitar dormir hasta el mediodía para recuperarse de la noche que tuvimos. – Le dijo. – No le digas que amanecí en su cama.
- Estoy de acuerdo en que debe mudarse a la habitación de Andreas. – Le dijo Pilar. Miranda hizo una mueca de disgusto.
- Tú estás de acuerdo con todo lo que él dice. ¿Te imaginas lo que eso daría para hablar entre las mujeres de la familia Stephanos? – Le dijo.
- ¿Y desde cuando te importa lo que ellas dicen? – Preguntó Pilar. Miranda sonrió. La chica tenía razón, los comentarios de la familia Stephanos le importaban muy poco. Suspiró.
- No sé. No me decido. – Le dijo y se levantó para marcharse. Tenía que conversar con Raúl y tener claro cual era su función en la corporación Stephanos antes de tomar decisiones en su vida.
Los asuntos de la empresa no eran tan difíciles como Miranda había pensado. O tal vez Raúl sabía como presentarlos y hacerlos parecer sencillos. Miranda no tenía que inmiscuirse en los negocios de la corporación. Casada con Andreas lo único que debía asegurarse era que este se dedicara a hacer prosperar la corporación e independizar a los otros miembros de la familia.
Raúl le ayudó a revisar los documentos necesarios para que en caso de divorcio no tuviera más dificultades con la familia Stephanos de las que tenía en ese momento. Quería que su matrimonio tuviera un tiempo de prueba tranquilo. O por lo menos, lo menos comprometido posible con la fortuna Stephanos. Deseaba fervientemente que funcionara su relación con Andreas y que pudieran tener una vida feliz juntos.
- ¿A dónde vas a ir de luna de miel? – Preguntó Raúl. Miranda sonrió.
- Pregúntaselo a Andreas. Yo no he dicho una sola palabra en los preparativos de la boda. – Le confesó. – Lucia se enteró esta mañana de que la boda debía ser a finales de octubre y de inmediato llamó a Ariadna para que organizara la ceremonia y la fiesta con ella.
- ¿Y no piensas dar tu opinión para nada? – Preguntó Raúl intrigado. A Miranda le gustaba la independencia por encima de todo.
- Déjalas que se entretengan en asuntos del matrimonio y me dejen en paz. – Le contó con aire de complicidad. – Me enloquecieron la última vez que conversamos con consejos sobre la vida de casados.
- Ni siquiera escogerás el vestido… - Miranda suspiró.
- Le dije a mamá que me mandara a hacer un como el de ella. Siempre quise casarme con uno igual. – Le dijo dejándose llevar por las imágenes de sí misma entrando a la iglesia vestida de novia.
- ¿Quieres o no casarte con Andreas?- Preguntó Raúl. Miranda alzó una ceja asombrada. Sin embargo, antes de responder meditó la pregunta.
- Es que estoy recibiendo algo que quería con muchas ansias… Cada vez que veía salir el sol como hoy, deseaba estar entre sus brazos y hoy, estuve entre sus brazos y era tan cotidiana la escena… que me dio miedo pensar que podía convertirse en rutina.
- Crees que has idealizado tanto tu vida con él que al vivirla en la realidad se va a convertir en algo tan común y corriente que te aburrirá. – Le dijo Raúl. Miranda no pudo negar que tenía razón.
- ¿Eso es algo normal o es una de esas cosas que sólo me suceden a mí? – Preguntó angustiada. Raúl la hizo levantarse de la silla y la abrazó.
- Son los temores de la novia antes de la boda… supongo. – Le dijo con un tono de profundo cariño. – Eso me da buena espina porque me dice que estás enamorada, que te casas por amor y eso garantiza que todo saldrá bien.
- ¿Y la herencia? – Preguntó.
- Esa es una excusa que le cayó del cielo a Andreas y durante los últimos seis años luchó para no utilizar. – Miranda lo miró asombrada. Raúl sonrió.
- Siempre dices lo mismo… ¿Realmente Andreas me ama? – Le preguntó Miranda. Raúl puso los ojos en blanco.
- Si no es amor… Está obsesionado contigo. – Le dijo y en ese momento sonó el celular de Miranda.
Antes de contestar, Miranda se dio cuenta que era Andreas… Suspiró.
- Hola! – Le dijo. Andreas gruñó.
- Debiste quedarte conmigo hasta que despertara. – Le dijo. Miranda sonrió. Sería todo un placer acostumbrarse a esa exigencia.
- Mientras dormías como una bebé, organicé la mitad de la boda y llevo dos horas trabajando con Raúl. – Le dijo ella.
- Ya que estás allí deberías ir a mi oficina y firmar por mí, y atender mis citas. – Le dijo él con tono de burla.
- Olvídalo… Hacer el amor no es excusa para que no vengas a trabajar. – Siguió en la tónica de broma que él proponía con su actitud. Tal vez eso haría más fácil empezar a sentirse normal siendo su mujer.
- ¿Qué te dijo mi madre cuando te encontró en mi cama?- Preguntó Andreas preocupado porque hubiese incomodado a Lucía. Ella sonrió.
- Anoche te importaba un pito si a Lucia le daba un infarto. – Se burló. – En realidad, Pilar es tu ángel guardián… le dijo a Lucia que habíamos salido temprano y estuvo vigilando la puerta de tu habitación hasta que me despertó para cumplir la cita con Raúl.
- Recuérdame triplicar el sueldo de Pilar. – Respondió él con tono divertido ante las ocurrencias de su empleada. – ¿Almorzamos juntos?
- Se te olvida que debo almorzar con mi agente quien va enloquecerme si no le aclaro las condiciones de mi contrato para los próximos tres años. – Le dijo Miranda. Quien no tenía claro todavía cuál sería la propuesta que haría a su agente.
- ¿Quieres que te acompañe? – Preguntó Andreas preocupado. Cuando decidió hacer efectivo el matrimonio como solución a sus problemas olvidó que Miranda tenía una vida hecha y que en ella habían compromisos de peso.
Tenía que reconocer había pensando en Miranda como la eterna niña hija de su mamá que no hace nada sin la autorización y el apoyo de sus padres. Y debía reconocer de paso que ese era uno de sus grandes temores: Que Miranda fuese tan autosuficiente que no lo necesitara jamás.
- No te preocupes. Trataré de enfocar mis proyectos a Colombia y que salir del país sea una eventualidad para no intervenir con las necesidades de la familia. – Le dijo Miranda empapada de la complicada situación en la que estaba involucrada al aceptar casarse con Andreas.
Había actuado irreflexivamente al decirle que repartiría las acciones de la corporación entre los empleados. A la mayoría de ellos sólo les serviría ese dinero para vivir dos años y después… sufrir la consecuencia de salir de un empleo pasados los 35 años de edad. Raúl le había mostrado un panorama general del futuro para los más de quinientos empleados de la corporación en Colombia sin incluir unos doscientos en el mundo.
No había imaginado que Hermes hubiese tejido una red de negocios e inversiones por el mundo entero y que de su estrategia globalizante dependieran mucho más personas que la familia Stephanos. Miranda ahora era consciente que la magnitud de la fortuna de Hermes iba más allá del dinero, en la gran influencia económica y política adquirida con sus inversiones.
- ¡Hey! ¿Me estás escuchando? – Reclamó Andreas desde el otro lado de la línea.
- Lo siento. ¿Me decías?- Preguntó apenada. Raúl recogió sus documentos y le hizo señas de que tenía que marcharse.
- Te pregunté si te costaría mucho dinero dejar de aceptar propuestas en el exterior. – Le dijo él.
- No es tanto el dinero. En mi profesión la vigencia cuenta más que la cantidad de dinero exigida para el pago. – Le explicó Miranda. – Dejar de presentarme en ciertos círculos del modelaje hará que me vayan relegando a un segundo o tal vez tercer lugar de los proyectos.
- Piensa entonces en la propuesta que te hice. Tienes muy buenas relaciones y una empresa de publicidad donde pongas en práctica todo lo que has aprendido en la universidad y en tu experiencia de modelaje, sería el proyecto perfecto. – Describió él como si hubiese estado pensando mucho en la idea. Miranda suspiró.
- Déjame pensarlo. – Prometió no muy convencida de lo que decía. Se comprometió a llamarlo al celular cuando se desocupara.
Organizó la maraña de documentos que Raúl le había dejado sobre el escritorio. Releyó el contrato que su agente le estaba proponiendo y sopesó las posibilidades de continuar como modelo uno o dos años más antes de que los estragos de la edad y las nuevas chicas de moda le sacaran de circulación.
Estaba tan concentrada en lo que analizaba que no escuchó la puerta, ni los pasos suaves y femeninos de la mujer que llegó hasta la mitad de la oficina de Andreas antes que Miranda sintiera su presencia. Miranda jamás olvidaría aquel rostro perfecto, aquellos ojos azules y ese cabello rubio que recordó regado como hilos de oro sobre el pecho de Andreas en un descanso del patio de la casa Stephanos.
- Estás más hermosa de lo que te recordaba. – Comentó Irina de improviso como si le sorprendiera que Miranda fuese tan atractiva en persona. Habia sido la amante de Andreas cuando Miranda regresó a casa luego de divorciarse de Demetrio.
- Andreas está en casa. – Dijo Miranda por toda respuesta.
- En realidad, vine hasta aquí para verte. – Dijo ella acercándose para sentarse en la misma silla donde Raúl estuvo sentado. Miranda cerró la carpeta que leía y se recostó en la silla. No imaginaba lo imponente que se veía en aquella silla de ejecutivo, ni lo hermosa, ni lo tierna, fuerte y delicada a la vez.
- ¿Es cierto que vas a casarte con Andreas? – Preguntó haciendo caso omiso de la mirada de Miranda.
- Sabes que sí. – Le respondió. Irina la observó como grabando todos los detalles de su rostro.
- ¿No han sido suficientes para ti diez años de tu vida para olvidarlo? Por Dios, niña… No es amor, es obsesión. – Le dijo como si en realidad estuviera muy preocupada por la decisión de Miranda.
- No han sido suficientes seis años para que tú desistas. – Le dijo Miranda. Irina sólo alzó una ceja ligeramente demostrando una milésima parte de su sorpresa ante la respuesta de Miranda.
- ¿Crees que estoy celosa de ti y por ello me acerco? – Preguntó ella. Miranda imitó el gesto de alzar la ceja y sonrió.
- Y que no se te olvide que yo seré la esposa… la dueña. – Le dijo recordando con claridad las palabras que la misma Irina le había dicho en el pasado. - Si llegas a acercarte a él por más de dos metros… tendrás que estar dispuesta a afrontar mi reacción.
Irina sonrió con expresión divertida y suspiró. Se levantó con tranquilidad y caminó hacia la puerta.
- Vine en un intento por acercarte a mí. – Le dijo. – Sin embargo, sigues viéndome como una rival. Cuando te comportes como la ejecutiva a la que estás jugando… hablaremos el mismo idioma. – Y dio un portazo.
Miranda se quedó mirando la puerta. Irina era una serpiente. Una víbora que no le dejaría en paz jamás. Se levantó también y recogió sus cosas. Pero tendría que acostumbrarse. Ellas abundaban en la vida de Andreas. Tenía que llenarse de seguridad y de amor para enfrentarlas. Ser la esposa de Andreas con la aceptación de toda la familia, la convertía en intocable. Tenía apenas tiempo para llegar a su cita con su agente. Tomó la carpeta y las llaves de su auto y salió.
Condujo pensando todo el tiempo en el encuentro con Irina. En otra ocasión se habría sentido insegura. Irina era una dura rival. Una mirada suya y Andreas había corrido detrás de ella; se acostó con él en la primera cita y eso no lo decepcionó de ella como había esperado Miranda. Entonces mantuvo su relación con ella durante un año y vino la propuesta de matrimonio.
Miranda apenas podía creer lo que estaba escuchando cuando durante una cena en la casa de Lucía, Andreas e Irina anunciaron que iban a casarse. Los llamados a la cordura de Nicholás y las recomendaciones de esperar un poco de Lucía eran voces débiles que Miranda apenas escuchó. Su mente sólo registraba la mirada enamorada de Andreas completamente absorto en el rostro radiante de Irina.
Miranda apretó la mandíbula con tanta fuerza y durante tanto tiempo que tuvo que retirarse de la mesa con un fuerte dolor de cabeza. Irina la miraba con expresión de arrogante orgullo. Estaba feliz de haberle ganado a Miranda. Ella era consciente de que para Irina era fundamental hacerla sentir fuera de la vida de Andreas.
Los días pasaron y algo sucedió en la relación de esos dos que Irina decidió marcharse a estudiar una maestría en negocios internacionales en Ingleterra durante dos años y Andreas se escondió tras la cortina de trabajo y complicaciones. Raúl le aseguró a Miranda que Andreas a medida que se acercaba la fecha de matrimonio, sentía cada vez menos interés por estar con Irina. Incluso la imagen de Miranda se le aparecía a Andreas cuando quería estar con su prometida.
El insistente pito de un auto detrás suyo la hizo regresar al presente. Estaba parada en un semáforo en verde. Suspiró y arrancó. La guerra con Irina era muy distinta ahora. Andreas estaba decidido a convencerla de que era lo más importante en su vida. Y Miranda sentía cada vez más sincero su amor.
Recordó la invitación de Raúl a conocer la casa de Puerto Colombia. Tal vez después de conversar con su agente, tuviera tiempo para llegar al puerto. Tenía entendido que la casa la cuidaba la vieja nana de Andreas con una hija suya. Se estacionó en el restaurante donde tenía la cita con su agente y entró al lugar.
Vicente Castro era un hombre en los cuarenta, atractivo y con un brillante futuro en el negocio del modelaje. Miranda lo saludó con un beso en la mejilla y le aceptó la copa de vino.
- En los pasillos de rumores se escucha que te vas a casar con Andreas. – Le dijo Vicente sin preámbulos.
- Es verdad, por eso te llamé y te solicité adelantar estos trámites. – Le dijo. – Mi nueva vida como Señora Stephanos es un poco complicada.
- Supongo que tu marido no dejará que viajes y le dejes solo muy seguido. – Comentó él. Miranda sonrió.
- Ojalá fuese solo eso. Está el asunto de la seguridad, no es lo mismo la modelo colombiana Miranda Dosantos a la esposa del magnate. – Le dijo un poco con sorna. Vicente levantó las cejas entendiendo un poco de qué se trataba el asunto.
- No había pensado en ello. En verdad, que trasladarte y custodiarte va a ser más costoso ahora. – Reconoció. Miranda suspiró.
- Además… quiero comenzar un negocio en qué invertir mi dinero. – Le dijo. No conocía a alguien del medio más confiable y astuto que Vicente.
- ¿Vas a dejar el modelaje?- Preguntó él asombrado. Miranda frunció el ceño mientras movía la cabeza de lado a lado.
- Para nada. Por lo menos no mientras haya propuestas. – Le dijo. – Pero Andreas quiere que vaya pensando en mi futuro y… creo que tiene razón. No voy a ser eternamente joven y no voy a necesitar dinero… por lo menos… En fin… no por ahora.
No acostumbraba a mentir así que por un momento estuvo tentada a comentar que su matrimonio posiblemente duraría tres años… si no funcionaba. Pidieron la comida y Vicente empezó a escuchar su propuesta. Le dio algunas ideas a Miranda sobre donde invertir proponiéndole por supuesto que se convirtiera en su socia.
- Las chicas son felices cuando tú diriges un proyecto. – Le dijo. – Creo que serías una excelente productora.
- Tú estás dispuesto a engancharme como sea… - Bromeó pero prometió pensarlo.
La idea de estudiar producción para publicidad y televisión no le disgustaba del todo. Era el ambiente en el que había crecido como publicista y tenía excelentes relaciones. Además Vicente era el agente de modelos más famoso y prestigioso del país. Si él veía sus habilidades para ello, algo debía tener.
Se fue a casa en lugar de conducir hacia Puerto Colombia como había sido su primera intención. Al día siguiente buscaría el tiempo para conocer la famosa casa de playa que guardaba los secretos de Andreas según Raúl.
Ese mañana apareció casi diez días después. Miranda paseaba con una amiga de infancia que estaba de visita en el país cuando recordó la casa de Puerto Colombia.
- ¿Te gustaría ir a la playa?- Preguntó, Diana saltó de la alegría.
- Tengo casi seis años que no voy a Salgar. – Le dijo. Miranda empezó a conducir vía a Puerto.
- Iremos a Puerto Colombia, no a Salgar. – Corrigió. Diana no dejó de mostrar su entusiasmo.
- No importa. Lo que quiero es recorrer las viejas playas donde nos llevaban los abuelos. ¿Recuerdas? – Miranda asintió. Claro que recordaba a los abuelos de Diana llevando en su camioneta a media docena de chicos entre dos y catorce años rumbo a la playa.
- Era una locura. – Comentó con nostalgia. Los abuelos de Diana la recibían todos los fines de semana cuando la madre de Diana tenía que viajar y los chicos aprovechaban para convencerlos de un día en la playa.
- Ya puedo ver la arena negra, las olas inmensas, la brisa que te arrastra. ¿Es cierto que hay casa hermosas en la vía y que hay estaderos de todo tipo? – Miranda asintió y empezó a conversar sobre los recuerdos de infancia mientras rogaba por no perderse.
Raúl le había descrito con toda claridad por donde llegar a la casa de Andreas. Y efectivamente, Miranda llegó sin perderse. Había un terreno mucho más grande de lo que Miranda esperaba alrededor de la casa que era una verdadera casa finca.
El techo de tejas pintadas de rojo, las paredes pintadas de blanco, una paredilla blanca rodeaba el terreno y lo guardaba de la mirada de extraños. La hija de la vieja Dorotea casi no reconoce a Miranda pero misteriosamente cuando la modelo se quitó las gafas oscuras y bajó del auto, Lolita la hija de Dorotea sonrió y pronunció su nombre con claridad.
Abrió el portón para que Miranda entrara con el auto al terreno de la casa. Miranda y Diana se quitaron las sandalias de tacón y caminaron sobre la arena negra y seca que rodeaba la casa. Había un corredor que daba la vuelta a la vivienda principal, con una hermosa baranda hecha con palos de manglar. Las puertas y las ventanas eran de madera con figura de persiana y pintadas de verde botella. Las puertas de las ventanas del frente estaban abiertas y la malla para que no se metieran los insectos del lugar.
Habían enormes plantas de hojas verdes y enormes que Miranda recordó del viejo patio de su madre cuando vivían en el antiguo barrio de clase media en el que nació. ¿Acaso Lucia había ayudado a decorar el lugar? Lolita la hizo caminar hacia dentro de la casa principal y le dijo que avisaría a Dorotea para que ella viniera a atenderla.
Miranda casi se desmaya cuando abrió la puerta y entró a la sala. Los muebles de la sala eran en madera, al mismo tiempo rústicos y elegantes, extrañamente ligeros para ser de madera. Se dio cuenta que eran lustrados y limpiados con frecuencia como si estuvieran esperando su visita. No había más que lo necesario en aquel lugar: un sofá de tres puestos y dos butacas, un par de sillas sin brazos pegadas a las paredes a lado y lado de una ventana y un armario en un rincón.
- ¿De quién es esta casa? – Preguntó Diana a quien Miranda había olvidado.
- De Andreas. Es su casa de descanso. – Le contestó. Diana silbó con un tono de sorpresa.
- Pues no me sorprende: es rústica como su trato de ermitaño, es fresca como su manera de tomar la vida, es elegante y sobria como todo lo de tu futuro marido.- Empezó a enumerar. Miranda no respondió pero estaba de acuerdo con ella.
Caminó hacia el siguiente salón que resultó ser un pasillo que al mismo tiempo era una sala de estar, habían cinco puertas, una a la izquierda que daba al comedor y del comedor se daba a la cocina que era la segunda puerta de la izquierda en el corredor; las puertas a la derecha que daban a las habitaciones con un baño y una puerta en el fondo que conducía hacia fuera de la casa del lado de un espectacular paisaje marino.
Mientras Diana se fijaba en lo costoso, elegante y sobrio del lugar, Miranda se asombraba cada vez más de recordar con cada detalle que aquella casa era una recapitulación de sus recuerdos de infancia.
- ¡El diario! – Exclamó asustando a Diana.
- ¿Qué diario? – Preguntó Diana. Miranda sacudió sus cabellos con sus manos como si quisiera sacarse las ideas de la cabeza.
- Él decoró esta casa con mis recuerdos de infancia. Los recuerdos que leyó en mi diario.- Le dijo aunque Diana no entendía mucho de lo que hablaba.
Le parecía increíble que Andreas recordara todas aquellas cosas sin volver a leer el diario. ¿Era tan importante y fundamental en la vida de Andreas como para que él recordara tantos detalles?
Observó los adornos en la cabecera de la cama doble de la habitación principal. Era una figura mitad sol mitad luna que Miranda había botado durante un fin de semana en Santa Marta. Un viejo dije que su abuela le había dado algunos días antes de morir. Y que Miranda había botado sin querer en un fin de semana en Cartagena.
Recordó como había llorado durante horas en los brazos de Andreas por haber perdido aquel recuerdo. Lucia le había regañado durante todo el camino de regreso por su descuido. Andreas sólo pasaba su mano por entre sus cabellos y ronroneaba una canción. Aquella sensación de compañía, seguridad y ternura le había perseguido por días.
- ¿Le diste a leer tu diario a Andreas? – Preguntó Diana a quien Miranda había confundido.
- Es una vieja y larga historia. – Le dijo esquiva y luego la miró a los ojos. - ¿Crees tú que Andreas me ama?
- ¡Estás loca! Andreas no te ama, te adora. Sé por experiencia personal que estás por encima hasta del sexo y… no todos los hombres dan prioridad a otras cosas por encima del sexo. – Le dijo Diana quien en alguna ocasión había sido testigo de cómo Andreas había rechazado a una de sus amigas de escuela porque era “la amiguita de Miranda”.
- Raúl dijo que todo el que me conociera y visitara esta casa sabría que era un templo a su amor por mí. – Le dijo Miranda. Diana asintió con energía.
- Por favor… de eso no dudes. – Le dijo. Miranda suspiró.
Caminaba hacia la salida de la casa cuando apareció Dorotea. Habían pasado un poco menos de nueve años que Miranda no veía a Dorotea. Había cuidado a la madre de Andreas y luego, lo había cuidado a él hasta los dieciseis.
- ¡Tea! – Exclamó Miranda mientras corría a abrazarla. La señora, ya bastante entrada en años apenas pudo resistir a la fuerza de su abrazo.
- Miranda… Eres toda una señora… - Le dijo Dorotea con el mismo tono ronroneante de siempre. Miranda la besó en la frente.
- ¿Cómo haces para mantenerte? – Le preguntó observándola detalladamente puesto que no parecía tener una arruga o una cana más de las que Miranda le había conocido en el pasado.
- La tranquilidad… Este es un paraíso… la brisa, el mar, el silencio. – Le dijo con voz enamorada. Miranda suspiró.
- Eso mismo pensé cuando entré. Es un rincón escondido del mundanal ruido. – Le comentó sin saber como entrar en detalles para que Dorotea le contara un poco de lo que Andreas hacía cuando estaba allí.
- Todo en este lugar está hecho para la soledad y la intimidad… - Le dijo Dorotea invitándola a sentarse en una hamaca colgada de las barandas del pasillo exterior.
- Y… ¿Andreas viene a menudo?- Preguntó. La señora asintió y la miró con aire cómplice.
- En el último año… desde el viernes hasta el lunes en la mañana todos los fines de semana.- Miranda se sorprendió.
Esperaba cualquier otra respuesta… en realidad no esperaba una respuesta tan significativa. Un hombre como Andreas para quien un fin de semana sin una mujer o una rumba de por medio era imposible concebir, esto de refugiarse en una casa a la orilla de la playa… era inaudito.
- Y… ¿Viene acompañado? – Preguntó con timidez. Si él se refugiaba en aquel lugar con una mujer… Miranda entendería.
- Jamás… Este es un lugar sagrado. – Dijo enfáticamente Dorotea. Miranda se sintió todavía más acongojada por la respuesta.
Si tuviera un Andreas mujeriego y descarado en frente se sentiría mucho más cómoda que este Andreas sencillo, simple, solitario… ¿enamorado?
Dorotea la envolvió en viejos recuerdos de los pocos años que vivió con Lucia antes que decidiera retirarse y descansar. Andreas era ya un hombre y hacía mucho que no requería de los cuidados de Dorotea y la señora estaba mayor para seguir dedicándose a ser el ama de llaves en la casa Stephanos.
Antes que oscureciera, Diana y Miranda iban rumbo a la ciudad. Después de dejar a Diana en su casa, Miranda condujo hacia el apartamento de Raúl. Este la recibió con tan sólo el pantalón de lino que llevó a la oficina, descalzo y sin camisa.
- Estuve en Puerto Colombia. – Le dijo sin saludar. Raúl le entregó la cerveza que tenía en la mano y la hizo entrar.
- ¿Y ahora no sabes si se casa por el dinero o por que está a punto de enloquecer con la idea de perderte? – Preguntó con un tono de sarcasmo. Miranda se tomó casi toda la cerveza en la mano.
- ¿Por qué esperar diez años? ¿Por que no se quedó conmigo hace seis años cuando Karen lo dejó y se quedó a probar suerte conmigo? – Le preguntó aunque sabía era injusto preguntarle eso a Raúl que poco podría decirle. Raúl sacó una cerveza para él y se la llevó a la sala de visitas a un mullido sofá.
- No es lo mismo tener veintinun años y descubrir que tu hermanastra está enamorada de ti. Sinceramente, no envidiaba a Andreas el día de tus quince con tus ojos comiéndoselo de deseo y todos los ojos puestos sobre ambos. – Le dijo Raúl poniéndose por primera vez en los zapatos de Andreas. Miranda lo escuchó con atención.
- Y luego, tener veinticuatro y enfrentar la dura experiencia de estar al frente del altar y descubrir que la novia jamás llegaría. – Le dijo continuando su relato. – Karen si que hirió el orgullo de Andreas. Le costó volver a creer en las mujeres… y los meses junto a ti no le sirvieron de mucho puesto que solo ratificaste que sin importar la razón: sexo, dinero, poder, las mujeres eran felices con el hombre que conquistaban… fuese cual fuese la razón para quererlo.
- No me halagues…- Se quejó. Raúl le haló la nariz con dos nudillos.
- Entiéndeme… Lo recibiste aunque sabías que no estabas exactamente enamorado de ti, pero querías conocerlo como amante. – Miranda no pudo ocultar la verdad detrás de las palabras de su amigo. – Karen lo había rechazado porque había descubierto, tarde para mí que la habían estado evaluando contigo como base de valoración.
- Karen y yo en nada somos iguales. – Le dijo Miranda.
- Exactamente. Por eso, ella era la esposa perfecta… perfectamente diferente a lo que tu podrías ser alguna vez. – Le dijo él.
- Va a ser difícil olvidar todas estas cosas del pasado que cuestionan mis decisiones. – Le reveló. Raúl la hizo apoyarse sobre su pecho.
- Y quien te dijo que las olvidaras… o que las recordaras… - Le dijo Raúl con sinceridad. – Vive, amor. Disfruta lo que te llegue y espera lo que aún no llega.
- Es muy fácil decirlo pero muy difícil experimentarlo. – Le contestó Miranda y se quedaron los dos conversando acerca de lo difícil que era tener una relación amorosa estable.
Miranda no vio aquella noche a Andreas y se quedó en medio del pasillo sin saber si irse a su habitación o la de él. Según Pilar, él tenía un compromiso importante y llegaría tarde. También según ella le había dicho que se acostara en su habitación. Miranda se mordió el labio sin decidirse. Las otras noches había sido sencillo, Andreas la esperaba al final de la escalera y la tomaba de la mano para llevarla con él y, Miranda simplemente se dejaba llevar. Pero tomar la decisión por si misma de caminar a esa habitación y acostarse para esperarlo... Suspiró. Aquella era una decisión difícil de tomar.
Estaba todavía en medio del pasillo cuando Lucia salió de su habitación y la hizo saltar impresionada. Se sonrieron y Lucia le tomó de la mano. Miranda se dejó llevar.
- Nada tendría sentido si nunca lo hubieses conocido. – Le dijo como si estuvieran siguiendo alguna conversación inconclusa.
- No entiendo. – Le dijo Miranda dejando que la llevara rumbo a la habitación de Andreas.
- Confieso que cuando me di cuenta de tu interés por Andreas, en lo primero que pensé fue en lo que las primas y hermanas de Nicholas pensarían sobre ti. – Le reveló.- Y sobre mí por supuesto.
- Por eso insististe en que empezara a trabajar con él para que me decepcionara conociendo su lado oscuro. – Le dijo Miranda. Lucia sonrió.
- En realidad, por eso es que te envié a Orlando.- Le dijo. Miranda la miró sorprendida.
- ¿Acaso crees que no descubrí de inmediato aquel brillo lujurioso que surgía en tus ojos desde la primera vez que viste a Andreas? – Miranda no podía creer que su madre hubiese sabido desde entonces de su atracción por Andreas.
- Yo creí que habías descubierto mis sentimientos cuando me vine de Orlando, después de haberte dicho que trabajaría en Nueva York. – Lucia asintió. Miranda hablaba del año en que Miranda terminó la preparatoria y decidió que se vendría a Barranquilla en lugar de seguir viviendo en Estados Unidos.
- Lo sé. Estás equivocada si crees que los hijos pueden ocultar algo así a sus padres. – Le aconsejó y la hizo entrar en el cuarto de Andreas.
Miranda miró sorprendida como habían organizado la cama con un toque un poco más femenino con muchos cojines y almohadas todas con fundas de colores pastel y una hermosa sábana de color verde menta. Su color favorito. Habían pasado también una pequeña biblioteca de las de su cuarto con los libros que más usaba Miranda: Álbumes de fotos, anuarios de su escuela y de su universidad, diccionarios de inglés, francés y castellano y sus historias predilectas.
Miranda se acercó al armario y Lucia le abrió las puertas. Toda su ropa estaba organizada en el lado izquierdo y la de Andreas en el lado derecho. Aquello produjo un vacío en el estómago de la chica. Jamás soñó que llegaría aquel momento. Era la mujer de Andreas, la mujer del magnate como le había dicho a Vicente.
- Mamá, yo no sé si estoy haciendo bien… - Le dijo pero Lucia la interrumpió.
- Nadie sabe a ciencia cierta si su matrimonio funcionará cuando está por comenzar. – Le dijo. – Yo que les he visto crecer con ese sentimiento enredándoles la vida… creo que puede funcionar mucho mucho tiempo, siempre y cuando dejen de jugar al gato y al ratón y sean más sinceros de lo que hasta hoy lo han sido.
- No es solo los secretos. Está el miedo a no ser perfecto para el otro, la sensación de que nuestros errores arrasaran con todos en esta familia…- Lucia le hizo callar.
- Déjate querer. Él se muere por consentirte, por convertirte en una reina y tú, aunque soy consciente que es mía la culpa, eres demasiado independiente. No sabes recibir pero jamás es tarde.
- En eso estoy de acuerdo con Gilberto Santarosa. Cuando yo recibo un beso no lo quiero regalao, porque no sabe bien un beso que no me he ganado. – Lucia sonrió.
- ¿Y quién te dijo que es regalado?… Vos supiste dejarlo volar, vivir su juventud y disfrutar de una y otra flor en su camino. Y ahora lo recibes, el camino recorrido, para que siga uno a tu lado.
- Todo suena muy bien. En realidad, eso es lo que más me preocupa. – Le confesó Miranda y se sentó con Lucia en un sofá a conversar sobre los miedos de un matrimonio.
Así las encontró Pilar cuando fue a anunciar la cena. Miranda se lavó las manos y siguió a su mamá hacia el comedor. Andreas no apareció en toda la noche. Miranda tuvo que irse a dormir, en aquella enorme cama… sola.
Aunque tardó en conciliar el sueño, se quedó profundamente dormida casi a medianoche. Estaba soñando con viejos recuerdos de adolescencia revueltos con fantasías cuando una música de mariachis la despertó. Frunció el ceño y se sentó en la cama en medio de la oscuridad. Había un mariachi cantando. Miró el reloj en la mesita de noche y frunció aún más el ceño. ¡Dos de la mañana! Era una locura ponerle una serenata a alguien a las dos de la mañana.
Pilar apareció en el umbral de su puerta después de la primera canción. Miranda todavía confundida por el sueño y el inquietud de no saber por qué Andreas no aparecía, la miró sin entender que hacia ella allí.
- Tienes que asomarte en la ventana. – Le dijo sonriendo. Miranda siguió sin entender.- La serenata es para ti, es Andreas que llegó para halagarte.
Miranda saltó de la cama y abrió el ventanal de la habitación de Andreas. Efectivamente, Andreas con un sombrero de charro sobre su cabeza, estaba en medio de un grupo de seis mariachis que cantaban, en ese momento, la bikina.
Miranda sonrió. Era imposible negarse a la seducción de Andreas. No había conocido a una mujer que le dijera no a ese hombre. Atractivo, millonario, detallista, elegante, buen amigo, diablo y ángel a la vez. Suspiró y se acercó a la baranda mientras lo veía subirse por una escalera de albañil que habían apoyado contra el balcón.
- Estoy borracho como una cuba. – Le dijo con toda sinceridad. – Porque me muero de miedo ante la posibilidad de que me digas que no. Y tal vez me da más miedo que me digas que sí y llegues al altar y te quedes allí.
- ¿Es así como me vas a proponer matrimonio? – Preguntó Miranda burlándose de las cosas que decía.
- Ya te propuse matrimonio… En realidad, - Le dijo y sacó algo de su bolsillo derecho. – Estoy aquí para entregarte tu anillo.
Miranda sonrió y recibió la argolla que él mostraba dentro de una caja de terciopelo. Era un anillo hermoso, sencillo con una amatista en forma de flor y una montura en oro.
- Estás loco. Sin embargo, es posible que te cures. – Le dijo sonriendo y se colocó el anillo. Lo miró, tenía que reconocerse a sí misma perdida en la inmensidad de esos ojos azules. – Si ya le pagaste a tus músicos, entra y comenzamos tu proceso de curación.
Andreas sonrió y le lanzó su billetera a Raúl a quien Miranda ni siquiera había visto. Raúl le mandó un beso al aire.
- Paga… Y nos vemos mañana. – Le dijo y la siguió hasta su cama. Todos se fueron a dormir. La vida continuaba y con el sol del nuevo día… las cosas siempre pueden ser mejor.
- Entonces… llama a tu amigo Raúl y empápate de todo antes de aceptar una locura. – Le dijo él que analizaba las situaciones de inmediato y sacaba el mejor provecho de lo que sabía de ellas.
Miranda se asombró de no haber pensando en Raúl tan pronto escuchó sobre el testamento. Raúl Méndez era su mejor amigo de escuela y el jefe de abogados de la corporación Stephanos. Nicholas lo había contratado tan pronto se había graduado y en menos de dos años había escalado en la organización destacándose por su destreza e inteligencia con los asuntos legales financieros.
- Maldición! – Exclamó Demetrio y Miranda escuchó un estropicio al otro lado de la línea. – Tengo que dejarte, nena. Acabo de tirarme un rollo de fotografías… - Le explicó. Miranda iba a preguntarle qué hacía él tomando fotografías con película fotográfica si él solía utilizar las digitales pero Demetrio se lo impidió: - No se te olvide hablar con Raúl. Te llamo más tarde.
Él cerró la comunicación antes que ella pudiera decirle nada. Dejó el celular sobre el armario y se metió en la ducha. Necesitaba renovar sus energías con un buen baño. Aunque hacer el amor le había devuelto esa sensación de fortaleza interior que le queda a una mujer que se sabe deseada, tenía que pensar con claridad y el amor no era muy buen aclarante.
Después de la ducha y de vestirse de manera informal porque no se decidía a irse a la corporación y buscar a Raúl, se sentó en el alféizar de su balcón sintiendo el suave sol de septiembre. Alrededor de la vieja casa Stephanos se levantaban las viejas mansiones de Bellavista y el Prado. Era la Barranquilla que Miranda añoraba y amaba. El ambiente en el que había crecido y el sitio en el que se sentía segura… se sentía ella misma… Sin embargo, la posibilidad de que su matrimonio con Andreas resultara un infierno y no el cielo… la atormentaba.
Cómo si lo hubiera llamado. Andreas se apareció en el umbral de la puerta y se acercó a ella con pasos largos y decididos.
- Vive conmigo. – Le dijo él. Miranda lo miró como si estuviera loco.
- Vivo en esta casa. – Le dijo ella. Andreas movió la cabeza de un lado a otro enérgicamente.
- Que duermas conmigo, que vivas conmigo en mi cama.- Le dijo él. Miranda frunció el ceño.
- Por muy modernos que sean, Nicholás y Lucia esperan que nos mantengamos cada uno en su habitación hasta el momento de la boda. – Le dijo Miranda.
- Me muero por tenerte, por levantarme en la mañana y verte…- Le empezó a decir él. Miranda que todavía desconfiaba de su apasionamiento lo interrumpió:
- Eso no te va. Para hacer el amor sólo tienes que cruzar el pasillo o llamarme por teléfono. – Le dijo. Andreas apretó la mandíbula como si estuviera enojado. – Es más creo que eso sería más divertido que irme a dormir contigo…
- ¿Por qué tener dos habitaciones si puedes dormir en la mía? No hay que comprar muebles ni hay que cambiar muchas cosas… - Le dijo él.- No hay que guardar falsos pudores, ni apariencias estúpidas.
Miranda, entrecerró los ojos, confundida. Hasta ese momento pensaba que Andreas no estaba hablando en serio.
- Tardaste diez años para considerarme atractiva… ¿De dónde viene tanto afán? – Preguntó empezando a enojarse. Andreas la tomó del brazo y la hizo ponerse en pie.
- Primero eras una niña…. Después eras demasiado peligrosa para mis ansias de libertad... Ahora ya no tengo remedio.... – Le dijo él mientras la besaba en las mejillas y el cuello.
Miranda se dejó abrazar y besar sin saber a ciencia cierta qué hacer o decir. Estaba él reconociendo que lo había tentado toda la vida pero que la rechazó siempre por pudor o consideración… Peor aún, que temía a su poder sobre él mismo! Suspiró y Andreas la separó un poco para mirarla a los ojos.
- Igual… tienes que darme un tiempo para creer que realmente funciona esta pareja. – Le dijo ella tratando de pensar con claridad aunque en realidad tenía ganas de desnudarlo y hacer el amor de nuevo antes que cambiara de opinión y la ignorara.
- Funcionará… te lo aseguro. Y aún si no funciona dentro de diez años… será dentro de diez años…- Le dijo él. Miranda volvió a sentirse insegura. Él seguía teniendo por consigna de vida el hoy y el ahora… Y a Miranda la atormentaba el futuro.
- Igual creo que hasta la boda, cada uno debe tener su propio espacio.- Insistió ella. Él la miró con pasión y volvió a estrecharla contra su cuerpo.
- ¿No puedo entonces seducirte hasta convencerte? – Preguntó él besándola en los senos de una manera atrevida y sensual por encima de la ropa. Miranda gimió.
- Por supuesto…- Susurró ronca. Y escucharon a Lucia que los llamaba desde el primer piso a almorzar. – Es mamá…
- No importa…- Le dijo él concentrado en atacarla con sus encantos físicos.
- ¿Por qué no te importa? ¿Por qué ahora no te importa? ¿Soy realmente yo o tu corporación? – Preguntó ella tratando de sacarle una declaración de amor. Andreas lo tomó muy mal. La soltó de improviso y Miranda perdió el equilibrio y quedó sentada sobre la cama.
- Dios… Dios… Dios… - Dijo como si estuviera conteniendo la ira. – Pensé que hablábamos el mismo idioma…
- ¿Qué quieres decir? – Preguntó Miranda sin entenderlo. Andreas se pasó las manos por la cabeza.
- Sabes qué… no te cases conmigo. Mañana mismo empiezo a hacer la lista de a quienes les vas a dar el control de la corporación pero…- Le dijo en tono amenazante. – Esta noche te mudas a mi habitación porque vas a vivir conmigo.
Miranda se levantó de la cama y trató de detenerlo pero Andreas dio media vuelta y desapareció por el pasillo. ¿Estaba él hablando en serio? Prefería que se desapareciera la fortuna Stephanos antes que ella siguiera pensando que era lo único que le importaba? Contrario a lo que imaginó se sintió feliz. ¿Estaba él enamorado de ella? Se preguntó y se miró en el espejo para hablarle a su imagen.
No te hagas ilusiones. Se dijo Andreas era muy hábil en todo asunto de negociaciones y contratos… Tal vez aquella era un estrategia para hacer que fuera ella la que le rogara a él casarse. Se miró unos segundos en el espejo y suspiró. Estaba volviéndose loca. Había regresado a su costumbre adolescente de hablar sola. ¿Qué había en esa casa y en ese hombre que le hiciera retroceder en la vida? Arregló su cabello y su maquillaje y decidió bajar al almuerzo. Lucia estaría esperándolos y le parecería sospechoso que no bajaran al comedor.
Eso si no había visto salir a Andreas. Nadie podría ignorar su cara de enojo si se fue tan furioso como ella creía. En el comedor estaba Lucia, Nicholas y dos señoras de muy buen vestir con dos o tres cirugías encima. Miranda no las reconoció hasta que les escuchó hablar. Eran las tías de Andreas que hablaban en el jardín la noche anterior.
- Miranda, hija. ¿Te acuerdas de Ariadna y Tea Stephanos? – Preguntó Nicholas. Eran primas de Nicholas, griegas puras que habían llegado de Europa con el padre de Nicholas y este cuando decidieron radicarse en Colombia.
- Qué encanto de mujer en el que te has convertido. – Dijo Ariadna. Miranda la reconoció como la que había afirmado que dejaría a los Stephanos en la calle. Sin embargo, sonrió con todo el encanto que la mujer le adjudicaba y saludó a la señora.
- Muy amable, señora. – le dijo. Y se dejó besar y abrazar por la otra señora. A pesar de haberla escuchado afirmar que no creía que Miranda pudiese ser el ángel salvador que Nicholas afirmaba, sintió que era más amable y sincera que la otra.
- ¿Dónde está Andreas?- Preguntó Lucia a Miranda. Esta se alzó de hombros y se sentó a la mesa.
- No ha bajado a almorzar… - Dijo Lucia, con tono de preocupación pero continuó sirviendo la comida.
Las tías de Andreas empezaron a preguntarle acerca de los planes que tenía en su nueva vida en Barranquilla. Miranda respondió de la manera más prudente que halló tratando de no comprometerse más allá de lo que suponía, Nicholas deseaba se comprometiese, insegura de tomar las palabras de Andreas como ciertas… o falsas.
- Eres administradora, experta en negocios internacionales y con experiencia en el campo de la comercialización de productos. – Señaló Ariadna demostrando gran dominio en la hoja de vida de Miranda. – ¿Eso quiere decir que tomarás el puesto de Andreas en la corporación?
- Esto no es un almuerzo de negocios. – Recriminó Nicholas a su prima. Miranda alzó una mano en un gesto de calmarlo.
- No te preocupes. Sé que toda la familia está conmocionada ante las circunstancias… - Le dijo Miranda. – Sin embargo, nada más lejos de mí que ocupar el papel de Andreas como presidente de la corporación… Él tiene más que ganado ese lugar y yo no soy quien para ocuparlo.
- Gracias a Dios muestras algún grado de sensatez en lo que dices.- Le dijo Ariadna. – Me preocupaba que fueses a tomar decisiones caprichosas.
- Nada más lejos de la manera de ser de Miranda. – Le defendió Nicholás. – Siempre ha sido una joven aplomada y prudente que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo sin atropellar a nadie.
- Mejor ayúdenme a convencerla de casarse en octubre. – Les dijo Lucia tratando de disminuir la tensión en el ambiente. – Este tema de ustedes está muy aburrido.
- Me parece bien. – Opinó Tea. – Aunque noviembre estaría mejor. El tema de la boda es un mejor tema de conversación para este almuerzo tan delicioso.
- ¿Te imaginas una boda el 10 de noviembre y que se fueran a una isla de luna de miel… Bahamas por ejemplo? – Opinó Lucia.
- Me gustaría que hiciéramos planes de boda cuando Andreas esté presente. – Dijo Miranda. Sin embargo, las otras tres mujeres la ignoraron y siguieron definiendo la iglesia perfecta para la ceremonia, el salón ideal para la fiesta, la lista de invitados.
Decidió no volver a hablar y cuando la retaron a decir algo, se limitó a asentir o responder evasivamente. Nicholas poco dijo. Aún cuando se solidarizó con Miranda interviniendo con comentarios que nada tenían que ver con la boda con la intención de cambiar el tema de conversación, no opinó acerca de la boda ni rechazó enfáticamente el tema. Miranda terminó de comer y se disculpó con las señoras diciendo que tenía una cita con los abogados de la corporación.
Salió del comedor sin saber a dónde iría después de haber inventado a las carreras semejante mentira. NO tenía amigos en la ciudad… por lo menos no uno que pudiera molestar de improviso con una visita en su lugar de trabajo un martes a las tres de la tarde. Suspiró y se fue a su habitación a buscar el celular. Tendría que encontrar alguno a quien visitar para justificar su salida intempestiva del comedor.
Raúl… Pensó tomando el celular y su bolso. Estaría en las oficinas de la corporación y podía ser que Andreas estuviera también allí y encontrarse de nuevo con él ese día no parecía una posibilidad divertida. Pero Demetrio había insistido en que se comunicara con Raúl y que le solicitara su consejo. Buscó el teléfono y le marcó.
- ¿Miranda? ¿Estás en Barranquilla? – Preguntó él tan pronto ella se identificó. El tono animado de su voz la llenó de alegría.
- Llegué ayer pero siento que tengo siglos aquí… - Le dijo con aire dramático. Caminaba por el pasillo mientras hablaba con él.
- Entiendo. Has tenido dificultades con Andreas como siempre… - Le dijo. Miranda suspiró.
- Andreas… mamá… los Stephanos… - Enumeró ella con aire de tristeza. Raúl sonrió. - Puedo verte un día de estos… - agregó tentativamente para no comprometerlo e incomodarlo.
- ¡Cómo un día de estos! Ahora estoy ocupadito… - Le dijo como si meditara lo que haría. – Pero a las siete puedo pasar por ti para irnos de rumba.
- ¿Martes en la noche de rumba?- Preguntó asombrada Miranda. Raúl volvió a sonreir.
- Soy dueño de mi horario y si me da la gana de recibir a mi mejor amiga con una rumba un martes. ¿Quién me lo va a impedir?- Le dijo él. Miranda no pudo evitar que surgiera una sonrisa en su rostro. Miró su reloj y observó cómo estaba vestida.
- Está bien. – Le dijo. – Gracias…
- Te dejo porque debo correr para llegar a tu cita. Anímate que te vas a divertir. – Le dijo antes de cortar la llamada. Miranda se devolvió a su habitación.
Permanecería encerrada en ella hasta que fuese la hora de cambiarse y bajar a esperar a Raúl. Si Ariadna y Tea se daban cuenta que no había salido de la casa, de malas. En ese momento, había recuperado un poco de la felicidad que representaba para ella estar en Barranquilla, estar en su casa.
Estaba casi lista cuando apareció Pilar en su habitación.
- ¿Esta vez fue una discusión seria?- Preguntó observando a Miranda de pies a cabeza. Miranda sonrió sin saber a qué se refería la chica. Había ido a espiarla por solicitud de Andreas.
- ¿De qué discusión hablas?- Preguntó fingiendo no entender y continuó su maquillaje.
- La discusión. Andreas me envió para averiguar si estarás en la cena de esta casa esta noche. – Le dijo. – Jamás me habían puesto de mandadera entre ustedes…
- Dile que no estaré porque Raúl me invitó a cenar. – Le dijo Miranda. Fingir que no sabía de qué hablaba o mentir no serviría con Pilar. – Que si desea hablar de su tonta amenaza… puede esperar hasta la cena de mañana.
- No creo que deba retarlo con eso de su tonta amenaza… podría venir aquí y seguir discutiendo contigo… - Le aconsejó Pilar. Miranda terminó con su maquillaje y se levantó.
- Poco importa. – le dijo. Pilar continuó el camino en el pasillo hasta la habitación de Andreas y Miranda cruzó unos metros antes para bajar por las escaleras.
Al final de estas, conversando con Lucia, estaba Raúl. Cuando presintió su llegada giró y chifló con estruendo admirando su vestido.
- Uauuu… - Aulló como lobo mientras extendía una mano hacia ella y le recibía un beso. Raúl era el acompañante perfecto para animarse en una noche como aquella.
- Eres un tonto. – Le dijo Miranda.
- Reservé una mesa en un restaurante de lujo. – Le dijo y luego miró a Lucia. – Pero debí hacer una reserva en una residencia de lujo… - comentó divertido insinuando que se la llevaría a la cama. Lucia lo golpeó cariñosamente en un brazo y sonrió divertida por las ocurrencias de Raúl.
- Mamá… préstame unas llaves de la casa… No sé dónde están las que me diste… - Le dijo Miranda a su madre. La voz de trueno de Andreas le respondió desde el último escalón de la escalera.
- Yo te esperaré despierto. – Prometió. Miranda giró para verlo. Estaba vestido con camisa y pantalón azul oscuro lo cuál le hacía ver más taciturno e imponente.
- Sólo necesito una copia de la llave. No quiero molestar. – Dijo con firmeza. Aunque deseaba llorar. Él la miraba con la misma prepotencia y enojo con la que le había mirado cuando le entregó la famosa carta de despedida de Karen.
- Tengo muchos documentos que leer y estaré en el estudio hasta tarde.- Respondió él con un tono que no admitía más protestas. – No será una molestia.
- Como quieras. – Le dijo Miranda dispuesta a no dejarse dañar la noche.
- ¿A qué hora vendrán? – Preguntó pero estaba mirando a Raúl así que Miranda dejó de mirarlo y caminó hacia la puerta.
- Cuando se nos acaben las pilas. – Respondió Raúl divertido. Andreas alzó una ceja.
- Eso puede no ser nunca. Recuerda que tengo la firme intención de casarme con ella. – Le dijo. Miranda se negó a comentar algo sobre aquellas palabras y haló a Raúl.
- Sabes que puedes confiar en mí. – Le dijo Raúl y Miranda sintió que aquella era una doble respuesta. Un mensaje secreto que Andreas podía interpretar de acuerdo a un código acordado entre ellos. Miranda frunció el ceño.
Raúl se despidió de Lucia dándole un sonoro beso en la mejilla y siguió a Miranda hacia la salida. La ayudó a acomodarse en el asiento al lado del conductor en su elegante auto y se subió con agilidad. Miranda esperó a que estuvieran en camino para decirle:
- Sabías de la propuesta de matrimonio y del testamento…- Reclamó. Raúl señaló el maletín en el asiento de atrás de su auto.
- Soy el abogado de confianza en la empresa. – Le dijo tratando de hacerla entender que era parte de su trabajo no decirle nada a ella. Miranda suspiró.
- ¿Tengo otra opción que no sea una boda? – Preguntó tratando de escuchar un consejo.
- Si quieres crear un caos económico en la corporación tienes millones… - Le respondió concentrado en manejar. – La opción del matrimonio no es tan terrible para ti.
- ¿Cómo saber que Andreas me escoge a mí o a su fortuna? Es como casarse con un hombre porque esperas un bebé suyo. – le confesó. - ¿Cómo saber que no es por compromiso?
- Él no te ama más que a su fortuna… - Le dijo Raúl con calma. – Sencillamente él te ama. Si me hicieras caso y viajaras a Puerto Colombia a su casa de la playa…
- Es su lugar de retiro. – Le dijo Miranda. No era la primera vez que Raúl le decía que Andreas la amaba. Y en varios de sus mensajes de correo durante aquellos años lejos, Raúl insistió en que Miranda debía ir a esa famosa casa en la playa. – No admite visitas de ningún tipo y por ningún motivo. Nadie en la familia sabe dónde queda… Yo sé que existe porque tú me lo dices…
La primera vez había sido cuando empezó a trabajar para Andreas y Miranda le contó que había vivido con ella casi un mes y luego la había dejado. Entonces Raúl le aseguró que si la dejaba era por su bien… “Créeme, él no hizo nada de lo que hizo por herirte. Y debe estar sufriendo como un condenado”. Le aseguró Raúl dejándola llorar desconsolada entre sus brazos.
Por supuesto, Miranda no había creído una sola de sus palabras. ¿Cómo entender que alguien te deja porque te ama? Raúl le dio una palmada en una pierna.
- Yo sé de la casa porque le ayudé a hacer los tramites para comprarla. Y cuando la conocí, ya decorada, supe que debías conocerla un día.- Le dijo él con aire enigmático.
- ¿Por qué? – Preguntó Miranda. Raúl movió la cabeza de un lado a otro.
- Debes verla y juzgar. – Le dijo y se negó a contarle sus razones para pensar de esa manera.
- ¿La razón por la que me insistes en que Andreas me ama es porque deseas que salve a la corporación? – Preguntó Miranda. Raúl se golpeó la frente con una mano.
- Por Dios… ¡ahora vas a sospechar de mis intenciones! – Exclamó divertido en lugar de estar enojado. – ¡Mujeres!
Pero ya llegaban al restaurante así que Miranda no le contestó a su comentario. Parqueó el auto y la ayudó a bajar de él como el caballero que siempre era.
El restaurante era una casa de ensueño. Una mansión con un estilo algo inglés con paredes cubiertas de ladrillos rojos y muchos arcos… Una pequeña recepción donde confirmaron la reserva. Luego, un mesero que los condujo hacia una mesa en el jardín donde una fuente de agua en forma de delfin animaba el silencio de la noche y la música suave del ambiente.
- ¿Todavía te gusta el vino blanco? – Preguntó Raúl mientras la ayudaba a sentarse. Miranda asintió.
- Cuéntame de lo que no sé de Andreas… - Le dijo Miranda cuando terminó de acordar lo que comerían.
- Andreas sintió durante muchos años que debía ser correcto contigo porque le habían adjudicado la tarea de ser tu hermano mayor y no podía defraudar a la mujer que lo trataba como a un hijo y que hacía feliz a su padre. – Le dijo Raúl sin preámbulos.
- Por ello, saber que estaba enamorada de él fue un conflicto y no una noticia agradable. – Continuó diciendo dado que Miranda se lo quedó mirando en silencio. - ¿Cómo hacía un chico de 21 años al que le gustaba hacer el amor hasta con un palo de escoba con faldas, para rechazar a su hermanastra que no estaba nada mal, virgen de 14 años?
- ¿Me vas a vender la idea que desde entonces yo le gustaba?- Preguntó Miranda incrédula. Raúl sonrió.
- Cualquier chica lo seducía entonces… No le gustabas… él te amaba… como una hermanastra pero te amaba. – Le dijo Raúl.
- Y ¿entonces? – Raúl suspiró como si estuviera recordando una vieja película que le hubiese gustado mucho.
- Duró dos días sin dormir cuando leyó tu diario. Quería tomar un avión e irte a buscar… pero ¿Qué podía ofrecerte? Tonterías… problemas y más problemas. – Le dijo Raúl y la invitó a tomar de su copa de vino. Miranda sonrió y tomó un poco. En realidad, quería que él siguiera hablando de Andreas. Sabía muy bien que de la boca de Andreas jamás escucharía todo lo que Raúl le decía.
Aún le quedaba la duda de si Raúl le decía aquello para convencerla de que casarse con Andreas no era un error, y asegurar el futuro de una empresa en la que tenía mucho por hacer. O si le hablaba de todos esos recuerdos por solicitud del mismo Andreas para convencerla de que la amaba.
- Todas las cosas que ha hecho Andreas en su vida, las ha hecho para protegerte o para complacerte.- Le dijo Raúl. - No hay en su vida otro motor, otra preocupación, otro incentivo de creación que no seas tú. Ese es su secreto.
- Es muy difícil de creer cuando piensas en las múltiples mujeres que desfilaron en mi casa durante todos estos años, los cinco matrimonios frustrados que lleva en siete años y la manera como continúa relacionándose con cada una de sus ex mujeres. – Le dijo Miranda con un tono melancólico.
- Patadas de ahogado.Unas de su parte, otras de parte de las ilusas que creyeron que podrían convencerlo de casarse. Está atado a ti irremediablemente. – Afirmó Raúl. – Tan atado que hasta Hermes lo descubrió y por eso creo que hizo el testamento.
- ¿Eso piensas?- Preguntó asombrada Miranda para quien era difícil creer que Hermes estuviera de acuerdo con casarla con Andreas.
- Y ¿entonces? ¿Cuál crees tú que fue la intención de Hermes con ese matrimonio? – Miranda no había pensado en ello. O mejor, no había creído que fuese verdad esa teoría.- Hermes intuyó que Andreas tarde o temprano se casaría contigo. Porque no puede hacerlo con otra mujer, él mismo ha saboteado algunas de esas relaciones que tú le reclamas.
Hermes había recibido a Lucia y a su hija con resignación más que con agrado. Su hijo había estado sumido en la más profunda tristeza desde la muerte de la madre de Andreas y prácticamente Lucia lo había sacado de las garras de la muerte. Así que Hermes había aceptado los cambios de planes del destino. No había conseguido una mujer europea para su hijo, había tenido que conformarse con otra colombiana más.
NI qué decir de Miranda que era la típica barranquillera que colocaba música desde que se levantaba y que generalmente era música para bailar, que hacía reuniones escandalosas con las niñas del barrio y que usaba “lo que le daba la gana” al vestir, según las palabras del mismo Hermes. Todo aquello iba en contra de los vestidos de diseñador, de las reuniones de música clásica europea, boleros y música griega de las cenas de Hermes que jamás se convertían en fiesta y del hablar pausado y sereno que inculcaba Hermes a todos en su casa.
Miranda era la oveja negra en la familia Stephanos y, lo peor, era que no tenía la menor intención de cambiar o adaptarse a las nuevas normas en su vida. Hermes decidió entonces dejar a su hijo la mansión Stephanos e irse a vivir a otra casa elegante y sofisticada que compró en el mismo barrio Bellavista. La casa de Herlinda Santodomingo, la abuela de Andreas, permaneció siendo la casa de la familia y Hermes acondicionó la nueva casa a su gusto para vivir a sus anchas. Pero especialmente, lejos de Miranda.
Raúl sacudió una mano frente a la mirada perdida de Miranda que volaba en el mundo de sus recuerdos. La chica sonrió con tristeza. Debió ser muy duro para Hermes tener que claudicar ante lo irremediable. Su nieto preferido, los ojos de su vida, estaba enamorado de su peor tortura. Y nada podía hacer.
- No quiero ilusionarme creyendo en el amor de Andreas y, luego recoger pedazo a pedazo mi vida. – Le reveló a Raúl quien le tomó una mano entre las suyas.
- No vas a arrepentirte de ese matrimonio más de lo que cualquier otra mujer se arrepiente de casarse. – Concluyó Raúl. – Créeme… si no fuese por el testamento te diría que lo sedujeras y que te fueras a vivir con él… Hermes se aseguró de que Andreas no perdiera la cabeza por ti y se convirtiera en el escándalo familiar del siglo viviendo con su hermanastra.
- ¿Estás seguro? – Preguntó Miranda todavía angustiada por una razón que le quitara la sensación de estar viviendo un sueño.
- Te amo… Jamás apoyaría una iniciativa que pudiera causarte daño. – Miranda sonrió. Les trajeron la cena y comieron en silencio. Era una tregua para dejarla analizar sus sentimientos.
Casi llegando al postre, Raúl hablaba de música y amigos en común. Miranda sonreía ante sus ocurrencias y preguntaba por algunas cosas o personas. Pero su mente estaba ocupada en decidir si casarse o no era una decisión acertada en su vida.
¿Qué tenía por vivir? Mucho. Pero esta era la primera y tal vez, la única oportunidad que tenía para hacer que Andreas se enamorara de ella con la intensidad con la que ella lo amaba y vivir la experiencia de ser su mujer. Los tres años que estipulaba el testamento podía ser el tiempo de prueba que tendría su vida juntos. Si después de ese tiempo nada había cambiado… Le diría adiós a su sueño de adolescente por siempre y cambiaría su rumbo.
- ¿Quieres ser mi padrino de bodas? – Preguntó Miranda interrumpiendo a Raúl de improviso. Este sonrió y le lanzó un beso en la punta de sus dedos.
- Por supuesto. – Respondió sonriendo.
- Me caso en octubre. – Le informó.
- Que la luna de miel sea en un soleado y caliente lugar. – Opinó asombrando a Miranda que diera la misma idea de Lucia.
- Todos me dicen lo mismo. ¿Es que no me imaginan en el frío y con esquís? – Preguntó con curiosidad. Raúl la miró sugestivo como si la imaginara en su mente.
- Yo te estoy imaginando en un bikini minúsculo, negro para que resalte contra tu hermoso color de piel. – Le reveló. Miranda sonrió divertida.
- Eres un cretino. De todos modos, mis tangas son rojas, azules…
- Yo te voy a regalar el traje de baño de mis sueños…- Le dijo él… - Creo que no debes comprar ropa para tu luna de miel… yo te voy a dar la que necesitas.
- ¿En algún momento, has pensado acostarte conmigo? – Preguntó Miranda. Raúl sonrió.
- Muchas veces… pero prefiero las rubias… deliro por unos cabellos de oro regados sobre mi estómago…- Miranda lo golpeó con una servilleta.
- Estúpido. Te quiero mucho. – Raúl le hizo un guiño con un párpado.
- Te amo. ¿Te gustó la comida?- Miranda suspiró encantada.
- Me fascinó todo: el sitio, la comida, la compañía y la conversación. – Dijo con sinceridad.
- Qué bien. Porque ahora nos vamos de rumba…- Miranda lo miró sorprendida. Realmente estaba Raúl dispuesto a bailar un martes.
- ¿Y dónde? – Preguntó para hacerlo recapacitar. Él sonrió.
- Recuerdas a esa chica de la universidad de la que te hablé…- Miranda asintió. – Bien. Administra el bar restaurante del Hotel del Prado. Adivina a donde bailaremos… Haré tu despedida de soltera.
- ¿Invitaste a alguien? – Preguntó incrédula. Raúl movió enérgicamente la cabeza y llamó al mesero.
- Olvídalo. Esta es una despedida de soltera privada. Sólos tú y yo…
- Eso quiere decir que harás un strep tease para mí… - Se burló. Raúl la miró como de seguro miraba a todas las chicas que deseaba seducir.
- ¿Te gustaría? – Miranda sonrió divertida.
- ¡Estás loco! No harás nada de eso en lugar público. – Le dijo recordando que él había hecho un strep tease para una de sus amigas de escuela en su despedida de soltera.
Raúl pagó la cuenta y se fueron al Hotel del Prado. Efectivamente, el bar estaba funcionando y algunos huéspedes del hotel estaban disfrutando de un trago en una preciosa noche de septiembre.
La chica amiga de Raúl se portó divinamente. En sus gestos y sonrisas, Miranda leyó que estaba más que entusiasmada con Raúl y, que este no era tan indiferente a sus encantos. Se sintió feliz. Al menos, había sido para Raúl algo más que una amiga llorona y atormentada que consentir, había sido una excusa para ver a la chica.
Bailaron y hablaron hasta el cansancio. Raúl sabía cómo hacerla feliz y pedía sus canciones favoritas al D.J. que estaba más que encantado de complacer a Miranda. Eran casi las doce de la noche cuando Miranda lo obligó a salir de allí para llevarla a casa.
- Tienes que ir a trabajar mañana porque estaré a más tardar a las nueve en las oficinas…- Le dijo ella para terminar de convencerlo. – Necesito saber cuáles son mis responsabilidades y qué decisiones tomar con relación al futuro de la corporación.
- Sé que tienes razón pero por qué tienes que ser responsable cuando nos estamos divirtiendo tanto. – Se quejó y la besó en la mejilla antes de quitar el seguro de su puerta. Miranda se bajó del auto y la puerta principal se abrió dejando ver la imponente figura de Andreas.
Cómo si se hubiese puesto de acuerdo con ella, traía una chalina de las que Lucia utilizaba para cubrirse en las noches de navidad cuando paseaban para ver los arreglos de las mansiones vecinas. El enorme escote del vestido de Miranda había sido una buena idea cuando salió pero ahora había una brisa fría que le hacía temblar.
- Estaba a punto de organizar el desayuno. – Le dijo con tono de reproche. Raúl le sacó la lengua.
- No me envidies. Estaba celebrando la despedida de soltera de Miranda. – Le dijo con una enorme sonrisa. Andreas la miró a los ojos y Miranda sonrió.
- Está loco. Ya lo sabes… - Le dijo evadiendo el tema de conversación que implicaba el comentario de Raúl. Miranda se dejó envolver por la capa y por los brazos de Andreas quien la hizo apoyarse contra su pecho.
- ¿Estás en condiciones para manejar? Puedes dormir aquí…- Propuso Andreas. Raúl lo rechazó de inmediato con un gesto de su cabeza.
- Sabes que he manejado a casa en peores condiciones… Además puedo ver que tú tienes menos condiciones para manejar que yo… te tiemblan las manos y apenas te puedes sostener en tus piernas de gelatina anticipando el placer de tener ese bombón para ti solito. – Le dijo divertido encendiendo el auto.
- ¡Vete al diablo!- Le dijo Miranda enojada por el compromiso en el que la dejaban las palabras de Raúl.
- Te veré mañana, cariño. – Le dijo el hombre antes de salir del jardín de la casa rumbo a la calle. Andreas sonreía mientras la hacía entrar en la casa.
Andreas no la dejó separarse de él para no permitirle escapar de su conversación pendiente. La tomó de la mano mientras que con la otra cerraba la puerta. Pilar apareció de la nada y dijo que apagaría las luces. Miranda decidió no mirarla para que la chica no le lanzara unas de esas miradas cómplices que solía lanzarle cuando la veía a solas con Stephanos. Él la llevó a su habitación.
Miranda tenía casi cuatro años desde la última vez que había estado en esa habitación. La última Navidad en casa, Andreas se la había pasado tirado en la cama sufriendo de una seria quemadura en una pierna por andar haciendo motocross con unos amigos. Miranda se había turnado el tiempo de acompañarlo y cuidar de su herida con Pilar.
La decoración del lugar la había hecho un experto. Había seleccionado colores y texturas de tal manera que el estilo encajara perfectamente para un hombre pero que cualquier mujer se sintiera cómoda y confortable allí. Después de todo era uno de los solteros más codiciados de la ciudad y el diseñador no podía imaginar que Andreas jamás hubiese llevado a una mujer a su casa.
Lo que más le cohibía era la enorme cama que dominaba el lugar. Una cama para tres… Se había burlado Pilar cuando la viera. Andreas prácticamente había empujado a Miranda para que entrara.
- Quiero disculparme por mi actitud esta mañana…- Le dijo él mientras se quitaba sus pantuflas y la camiseta que lanzó a un sofá. Miranda permaneció de pie en medio de un pequeño espacio de recibo de visitas que tenía la habitación.
- Yo también me pasé. Lo siento. – Respondió ella mirándolo a los ojos como él lo hacía.
- No… Creo que hiciste bien en lo que dijiste. – La interrumpió -Ninguno de nosotros ha sido justo contigo.
- Correcto. Entonces me voy a dormir… - Le dijo ella dispuesta a salir. Andreas tomó una de sus manos y la hizo detenerse.
- Quédate conmigo. – Le ordenó él con un tono tan sensual que a Miranda le costó trabajo no correr y ceder.
- Me parece que debemos darnos un tiempo. – le dijo intentando convencerlo.
- Nada de eso. Tienes que darme la oportunidad de recomenzar…- Le dijo él.- ¿Acaso fue terrible vivir conmigo en Miami?- Preguntó él recordando sus días con ella. Miranda suspiró.
- Me dejaste a los 20 días sin decir una sola palabra ni para bien ni para mal. – Le recordó ella. Andreas no se dejó amilanar por eso.
- Quiero demostrarte que te amo. – Miranda no esperaba eso y palideció. Amor… ¡Estaba él afirmando que la amaba! En más de una ocasión habían discutido acaloradamente porque Andreas odiaba que la gente fuese por la vida jurando amor eterno cuando ni siquiera estaba absolutamente seguro de lo que sentía por el otro.
- Y si tenías razón y sólo es una obsesión adolescente… - Empezó a decir Miranda, él la hizo acercarse a él y la abrazó con fuerza.
- Es muy difícil curarse de una obsesión. – Le dijo - Y en todo caso, - Gimió mientras besaba la mejilla de la chica – nos dejamos un tiempo y me vuelves a seducir.. ¿Vale?
Miranda dejó de pensar. En otro momento analizaría sus palabras. Su cuerpo deseaba tenerlo aún más cerca y ella tenía muy pocos deseos de desperdiciar una noche como esa pensando en los pro o en los contra de una relación que pasara lo que pasara tenía que vivir.
Andreas la desnudó apreciando su cuerpo, tocándola como si fuese una obra de arte que detalla para calcular su valor. Miranda hizo lo mismo disfrutando del placer de tocarlo, de olerlo, de sentirlo tan concentrado en ella, tan consciente de ella. Nada tenía importancia cuando estaba a punto de sentirlo dentro de su cuerpo.
Aquel placer era en lo único en lo que debía pensar. Su corazón no podía tenerle miedo al dolor. La vida no era nada sin el dolor, los problemas y las trabas. Tenía que pensar como una tonta adolescente que piensa que sólo en los brazos de su amante está la felicidad.
Después de hacer el amor por tercera vez, el sol se empezó a filtrar por la ventana. Miranda no podía creer que no tuviera una sola gota de sueño. Quería permanecer eternamente allí, acostada en la cama de Andreas, oliendo y sintiendo su piel después de hacer el amor.
Lo observó dormir mientras disfrutaba en silencio de la emoción de sentirse su dueña. Karen, Giovanna… todas las mujeres en el pasado de Andreas le parecían todavía más tontas y superficiales. ¿Cómo habían podido alejarse de él después de haber sentido el poder de su seducción? Cerró los ojos y dejó que el cansancio de una noche de sexo la envolviera. Ese era su futuro, esa era su felicidad, estar envuelta en los brazos de Andreas y ser su mujer.
Pilar los llamó a desayunar entrando a la habitación después de un leve golpe en la puerta. Miranda podía imaginarla asomándose en la habitación de la chica y luego en esta. Suspiró. NO podía negar que las conclusiones de Pilar acerca de ellos dos siempre fueron acertadas y que traerle ropa a Miranda había sido una excelente idea.
La chica se levantó y Andreas se abrazó a una almohada. Miranda sonrió. Estaba rendido. NO estaba acostumbrado a trasnochar y de seguro se había pasado la noche rumiando la tensión de no saber qué le estaba diciendo Raúl sobre la herencia o acerca de él mismo.
Miranda se vistió y bajó a desayunar. Decidió comer en la cocina porque ya sus padres habían salido de la casa. Le dijo a Pilar que le comentara a Andreas que ella estaría con Raúl en la empresa y que allá lo esperaría.
- Supongo que debo dejarlo dormir un poco más. – Le dijo Pilar. Miranda sonrió desistiendo de mantener a Pilar a distancia.
- Va a necesitar dormir hasta el mediodía para recuperarse de la noche que tuvimos. – Le dijo. – No le digas que amanecí en su cama.
- Estoy de acuerdo en que debe mudarse a la habitación de Andreas. – Le dijo Pilar. Miranda hizo una mueca de disgusto.
- Tú estás de acuerdo con todo lo que él dice. ¿Te imaginas lo que eso daría para hablar entre las mujeres de la familia Stephanos? – Le dijo.
- ¿Y desde cuando te importa lo que ellas dicen? – Preguntó Pilar. Miranda sonrió. La chica tenía razón, los comentarios de la familia Stephanos le importaban muy poco. Suspiró.
- No sé. No me decido. – Le dijo y se levantó para marcharse. Tenía que conversar con Raúl y tener claro cual era su función en la corporación Stephanos antes de tomar decisiones en su vida.
Los asuntos de la empresa no eran tan difíciles como Miranda había pensado. O tal vez Raúl sabía como presentarlos y hacerlos parecer sencillos. Miranda no tenía que inmiscuirse en los negocios de la corporación. Casada con Andreas lo único que debía asegurarse era que este se dedicara a hacer prosperar la corporación e independizar a los otros miembros de la familia.
Raúl le ayudó a revisar los documentos necesarios para que en caso de divorcio no tuviera más dificultades con la familia Stephanos de las que tenía en ese momento. Quería que su matrimonio tuviera un tiempo de prueba tranquilo. O por lo menos, lo menos comprometido posible con la fortuna Stephanos. Deseaba fervientemente que funcionara su relación con Andreas y que pudieran tener una vida feliz juntos.
- ¿A dónde vas a ir de luna de miel? – Preguntó Raúl. Miranda sonrió.
- Pregúntaselo a Andreas. Yo no he dicho una sola palabra en los preparativos de la boda. – Le confesó. – Lucia se enteró esta mañana de que la boda debía ser a finales de octubre y de inmediato llamó a Ariadna para que organizara la ceremonia y la fiesta con ella.
- ¿Y no piensas dar tu opinión para nada? – Preguntó Raúl intrigado. A Miranda le gustaba la independencia por encima de todo.
- Déjalas que se entretengan en asuntos del matrimonio y me dejen en paz. – Le contó con aire de complicidad. – Me enloquecieron la última vez que conversamos con consejos sobre la vida de casados.
- Ni siquiera escogerás el vestido… - Miranda suspiró.
- Le dije a mamá que me mandara a hacer un como el de ella. Siempre quise casarme con uno igual. – Le dijo dejándose llevar por las imágenes de sí misma entrando a la iglesia vestida de novia.
- ¿Quieres o no casarte con Andreas?- Preguntó Raúl. Miranda alzó una ceja asombrada. Sin embargo, antes de responder meditó la pregunta.
- Es que estoy recibiendo algo que quería con muchas ansias… Cada vez que veía salir el sol como hoy, deseaba estar entre sus brazos y hoy, estuve entre sus brazos y era tan cotidiana la escena… que me dio miedo pensar que podía convertirse en rutina.
- Crees que has idealizado tanto tu vida con él que al vivirla en la realidad se va a convertir en algo tan común y corriente que te aburrirá. – Le dijo Raúl. Miranda no pudo negar que tenía razón.
- ¿Eso es algo normal o es una de esas cosas que sólo me suceden a mí? – Preguntó angustiada. Raúl la hizo levantarse de la silla y la abrazó.
- Son los temores de la novia antes de la boda… supongo. – Le dijo con un tono de profundo cariño. – Eso me da buena espina porque me dice que estás enamorada, que te casas por amor y eso garantiza que todo saldrá bien.
- ¿Y la herencia? – Preguntó.
- Esa es una excusa que le cayó del cielo a Andreas y durante los últimos seis años luchó para no utilizar. – Miranda lo miró asombrada. Raúl sonrió.
- Siempre dices lo mismo… ¿Realmente Andreas me ama? – Le preguntó Miranda. Raúl puso los ojos en blanco.
- Si no es amor… Está obsesionado contigo. – Le dijo y en ese momento sonó el celular de Miranda.
Antes de contestar, Miranda se dio cuenta que era Andreas… Suspiró.
- Hola! – Le dijo. Andreas gruñó.
- Debiste quedarte conmigo hasta que despertara. – Le dijo. Miranda sonrió. Sería todo un placer acostumbrarse a esa exigencia.
- Mientras dormías como una bebé, organicé la mitad de la boda y llevo dos horas trabajando con Raúl. – Le dijo ella.
- Ya que estás allí deberías ir a mi oficina y firmar por mí, y atender mis citas. – Le dijo él con tono de burla.
- Olvídalo… Hacer el amor no es excusa para que no vengas a trabajar. – Siguió en la tónica de broma que él proponía con su actitud. Tal vez eso haría más fácil empezar a sentirse normal siendo su mujer.
- ¿Qué te dijo mi madre cuando te encontró en mi cama?- Preguntó Andreas preocupado porque hubiese incomodado a Lucía. Ella sonrió.
- Anoche te importaba un pito si a Lucia le daba un infarto. – Se burló. – En realidad, Pilar es tu ángel guardián… le dijo a Lucia que habíamos salido temprano y estuvo vigilando la puerta de tu habitación hasta que me despertó para cumplir la cita con Raúl.
- Recuérdame triplicar el sueldo de Pilar. – Respondió él con tono divertido ante las ocurrencias de su empleada. – ¿Almorzamos juntos?
- Se te olvida que debo almorzar con mi agente quien va enloquecerme si no le aclaro las condiciones de mi contrato para los próximos tres años. – Le dijo Miranda. Quien no tenía claro todavía cuál sería la propuesta que haría a su agente.
- ¿Quieres que te acompañe? – Preguntó Andreas preocupado. Cuando decidió hacer efectivo el matrimonio como solución a sus problemas olvidó que Miranda tenía una vida hecha y que en ella habían compromisos de peso.
Tenía que reconocer había pensando en Miranda como la eterna niña hija de su mamá que no hace nada sin la autorización y el apoyo de sus padres. Y debía reconocer de paso que ese era uno de sus grandes temores: Que Miranda fuese tan autosuficiente que no lo necesitara jamás.
- No te preocupes. Trataré de enfocar mis proyectos a Colombia y que salir del país sea una eventualidad para no intervenir con las necesidades de la familia. – Le dijo Miranda empapada de la complicada situación en la que estaba involucrada al aceptar casarse con Andreas.
Había actuado irreflexivamente al decirle que repartiría las acciones de la corporación entre los empleados. A la mayoría de ellos sólo les serviría ese dinero para vivir dos años y después… sufrir la consecuencia de salir de un empleo pasados los 35 años de edad. Raúl le había mostrado un panorama general del futuro para los más de quinientos empleados de la corporación en Colombia sin incluir unos doscientos en el mundo.
No había imaginado que Hermes hubiese tejido una red de negocios e inversiones por el mundo entero y que de su estrategia globalizante dependieran mucho más personas que la familia Stephanos. Miranda ahora era consciente que la magnitud de la fortuna de Hermes iba más allá del dinero, en la gran influencia económica y política adquirida con sus inversiones.
- ¡Hey! ¿Me estás escuchando? – Reclamó Andreas desde el otro lado de la línea.
- Lo siento. ¿Me decías?- Preguntó apenada. Raúl recogió sus documentos y le hizo señas de que tenía que marcharse.
- Te pregunté si te costaría mucho dinero dejar de aceptar propuestas en el exterior. – Le dijo él.
- No es tanto el dinero. En mi profesión la vigencia cuenta más que la cantidad de dinero exigida para el pago. – Le explicó Miranda. – Dejar de presentarme en ciertos círculos del modelaje hará que me vayan relegando a un segundo o tal vez tercer lugar de los proyectos.
- Piensa entonces en la propuesta que te hice. Tienes muy buenas relaciones y una empresa de publicidad donde pongas en práctica todo lo que has aprendido en la universidad y en tu experiencia de modelaje, sería el proyecto perfecto. – Describió él como si hubiese estado pensando mucho en la idea. Miranda suspiró.
- Déjame pensarlo. – Prometió no muy convencida de lo que decía. Se comprometió a llamarlo al celular cuando se desocupara.
Organizó la maraña de documentos que Raúl le había dejado sobre el escritorio. Releyó el contrato que su agente le estaba proponiendo y sopesó las posibilidades de continuar como modelo uno o dos años más antes de que los estragos de la edad y las nuevas chicas de moda le sacaran de circulación.
Estaba tan concentrada en lo que analizaba que no escuchó la puerta, ni los pasos suaves y femeninos de la mujer que llegó hasta la mitad de la oficina de Andreas antes que Miranda sintiera su presencia. Miranda jamás olvidaría aquel rostro perfecto, aquellos ojos azules y ese cabello rubio que recordó regado como hilos de oro sobre el pecho de Andreas en un descanso del patio de la casa Stephanos.
- Estás más hermosa de lo que te recordaba. – Comentó Irina de improviso como si le sorprendiera que Miranda fuese tan atractiva en persona. Habia sido la amante de Andreas cuando Miranda regresó a casa luego de divorciarse de Demetrio.
- Andreas está en casa. – Dijo Miranda por toda respuesta.
- En realidad, vine hasta aquí para verte. – Dijo ella acercándose para sentarse en la misma silla donde Raúl estuvo sentado. Miranda cerró la carpeta que leía y se recostó en la silla. No imaginaba lo imponente que se veía en aquella silla de ejecutivo, ni lo hermosa, ni lo tierna, fuerte y delicada a la vez.
- ¿Es cierto que vas a casarte con Andreas? – Preguntó haciendo caso omiso de la mirada de Miranda.
- Sabes que sí. – Le respondió. Irina la observó como grabando todos los detalles de su rostro.
- ¿No han sido suficientes para ti diez años de tu vida para olvidarlo? Por Dios, niña… No es amor, es obsesión. – Le dijo como si en realidad estuviera muy preocupada por la decisión de Miranda.
- No han sido suficientes seis años para que tú desistas. – Le dijo Miranda. Irina sólo alzó una ceja ligeramente demostrando una milésima parte de su sorpresa ante la respuesta de Miranda.
- ¿Crees que estoy celosa de ti y por ello me acerco? – Preguntó ella. Miranda imitó el gesto de alzar la ceja y sonrió.
- Y que no se te olvide que yo seré la esposa… la dueña. – Le dijo recordando con claridad las palabras que la misma Irina le había dicho en el pasado. - Si llegas a acercarte a él por más de dos metros… tendrás que estar dispuesta a afrontar mi reacción.
Irina sonrió con expresión divertida y suspiró. Se levantó con tranquilidad y caminó hacia la puerta.
- Vine en un intento por acercarte a mí. – Le dijo. – Sin embargo, sigues viéndome como una rival. Cuando te comportes como la ejecutiva a la que estás jugando… hablaremos el mismo idioma. – Y dio un portazo.
Miranda se quedó mirando la puerta. Irina era una serpiente. Una víbora que no le dejaría en paz jamás. Se levantó también y recogió sus cosas. Pero tendría que acostumbrarse. Ellas abundaban en la vida de Andreas. Tenía que llenarse de seguridad y de amor para enfrentarlas. Ser la esposa de Andreas con la aceptación de toda la familia, la convertía en intocable. Tenía apenas tiempo para llegar a su cita con su agente. Tomó la carpeta y las llaves de su auto y salió.
Condujo pensando todo el tiempo en el encuentro con Irina. En otra ocasión se habría sentido insegura. Irina era una dura rival. Una mirada suya y Andreas había corrido detrás de ella; se acostó con él en la primera cita y eso no lo decepcionó de ella como había esperado Miranda. Entonces mantuvo su relación con ella durante un año y vino la propuesta de matrimonio.
Miranda apenas podía creer lo que estaba escuchando cuando durante una cena en la casa de Lucía, Andreas e Irina anunciaron que iban a casarse. Los llamados a la cordura de Nicholás y las recomendaciones de esperar un poco de Lucía eran voces débiles que Miranda apenas escuchó. Su mente sólo registraba la mirada enamorada de Andreas completamente absorto en el rostro radiante de Irina.
Miranda apretó la mandíbula con tanta fuerza y durante tanto tiempo que tuvo que retirarse de la mesa con un fuerte dolor de cabeza. Irina la miraba con expresión de arrogante orgullo. Estaba feliz de haberle ganado a Miranda. Ella era consciente de que para Irina era fundamental hacerla sentir fuera de la vida de Andreas.
Los días pasaron y algo sucedió en la relación de esos dos que Irina decidió marcharse a estudiar una maestría en negocios internacionales en Ingleterra durante dos años y Andreas se escondió tras la cortina de trabajo y complicaciones. Raúl le aseguró a Miranda que Andreas a medida que se acercaba la fecha de matrimonio, sentía cada vez menos interés por estar con Irina. Incluso la imagen de Miranda se le aparecía a Andreas cuando quería estar con su prometida.
El insistente pito de un auto detrás suyo la hizo regresar al presente. Estaba parada en un semáforo en verde. Suspiró y arrancó. La guerra con Irina era muy distinta ahora. Andreas estaba decidido a convencerla de que era lo más importante en su vida. Y Miranda sentía cada vez más sincero su amor.
Recordó la invitación de Raúl a conocer la casa de Puerto Colombia. Tal vez después de conversar con su agente, tuviera tiempo para llegar al puerto. Tenía entendido que la casa la cuidaba la vieja nana de Andreas con una hija suya. Se estacionó en el restaurante donde tenía la cita con su agente y entró al lugar.
Vicente Castro era un hombre en los cuarenta, atractivo y con un brillante futuro en el negocio del modelaje. Miranda lo saludó con un beso en la mejilla y le aceptó la copa de vino.
- En los pasillos de rumores se escucha que te vas a casar con Andreas. – Le dijo Vicente sin preámbulos.
- Es verdad, por eso te llamé y te solicité adelantar estos trámites. – Le dijo. – Mi nueva vida como Señora Stephanos es un poco complicada.
- Supongo que tu marido no dejará que viajes y le dejes solo muy seguido. – Comentó él. Miranda sonrió.
- Ojalá fuese solo eso. Está el asunto de la seguridad, no es lo mismo la modelo colombiana Miranda Dosantos a la esposa del magnate. – Le dijo un poco con sorna. Vicente levantó las cejas entendiendo un poco de qué se trataba el asunto.
- No había pensado en ello. En verdad, que trasladarte y custodiarte va a ser más costoso ahora. – Reconoció. Miranda suspiró.
- Además… quiero comenzar un negocio en qué invertir mi dinero. – Le dijo. No conocía a alguien del medio más confiable y astuto que Vicente.
- ¿Vas a dejar el modelaje?- Preguntó él asombrado. Miranda frunció el ceño mientras movía la cabeza de lado a lado.
- Para nada. Por lo menos no mientras haya propuestas. – Le dijo. – Pero Andreas quiere que vaya pensando en mi futuro y… creo que tiene razón. No voy a ser eternamente joven y no voy a necesitar dinero… por lo menos… En fin… no por ahora.
No acostumbraba a mentir así que por un momento estuvo tentada a comentar que su matrimonio posiblemente duraría tres años… si no funcionaba. Pidieron la comida y Vicente empezó a escuchar su propuesta. Le dio algunas ideas a Miranda sobre donde invertir proponiéndole por supuesto que se convirtiera en su socia.
- Las chicas son felices cuando tú diriges un proyecto. – Le dijo. – Creo que serías una excelente productora.
- Tú estás dispuesto a engancharme como sea… - Bromeó pero prometió pensarlo.
La idea de estudiar producción para publicidad y televisión no le disgustaba del todo. Era el ambiente en el que había crecido como publicista y tenía excelentes relaciones. Además Vicente era el agente de modelos más famoso y prestigioso del país. Si él veía sus habilidades para ello, algo debía tener.
Se fue a casa en lugar de conducir hacia Puerto Colombia como había sido su primera intención. Al día siguiente buscaría el tiempo para conocer la famosa casa de playa que guardaba los secretos de Andreas según Raúl.
Ese mañana apareció casi diez días después. Miranda paseaba con una amiga de infancia que estaba de visita en el país cuando recordó la casa de Puerto Colombia.
- ¿Te gustaría ir a la playa?- Preguntó, Diana saltó de la alegría.
- Tengo casi seis años que no voy a Salgar. – Le dijo. Miranda empezó a conducir vía a Puerto.
- Iremos a Puerto Colombia, no a Salgar. – Corrigió. Diana no dejó de mostrar su entusiasmo.
- No importa. Lo que quiero es recorrer las viejas playas donde nos llevaban los abuelos. ¿Recuerdas? – Miranda asintió. Claro que recordaba a los abuelos de Diana llevando en su camioneta a media docena de chicos entre dos y catorce años rumbo a la playa.
- Era una locura. – Comentó con nostalgia. Los abuelos de Diana la recibían todos los fines de semana cuando la madre de Diana tenía que viajar y los chicos aprovechaban para convencerlos de un día en la playa.
- Ya puedo ver la arena negra, las olas inmensas, la brisa que te arrastra. ¿Es cierto que hay casa hermosas en la vía y que hay estaderos de todo tipo? – Miranda asintió y empezó a conversar sobre los recuerdos de infancia mientras rogaba por no perderse.
Raúl le había descrito con toda claridad por donde llegar a la casa de Andreas. Y efectivamente, Miranda llegó sin perderse. Había un terreno mucho más grande de lo que Miranda esperaba alrededor de la casa que era una verdadera casa finca.
El techo de tejas pintadas de rojo, las paredes pintadas de blanco, una paredilla blanca rodeaba el terreno y lo guardaba de la mirada de extraños. La hija de la vieja Dorotea casi no reconoce a Miranda pero misteriosamente cuando la modelo se quitó las gafas oscuras y bajó del auto, Lolita la hija de Dorotea sonrió y pronunció su nombre con claridad.
Abrió el portón para que Miranda entrara con el auto al terreno de la casa. Miranda y Diana se quitaron las sandalias de tacón y caminaron sobre la arena negra y seca que rodeaba la casa. Había un corredor que daba la vuelta a la vivienda principal, con una hermosa baranda hecha con palos de manglar. Las puertas y las ventanas eran de madera con figura de persiana y pintadas de verde botella. Las puertas de las ventanas del frente estaban abiertas y la malla para que no se metieran los insectos del lugar.
Habían enormes plantas de hojas verdes y enormes que Miranda recordó del viejo patio de su madre cuando vivían en el antiguo barrio de clase media en el que nació. ¿Acaso Lucia había ayudado a decorar el lugar? Lolita la hizo caminar hacia dentro de la casa principal y le dijo que avisaría a Dorotea para que ella viniera a atenderla.
Miranda casi se desmaya cuando abrió la puerta y entró a la sala. Los muebles de la sala eran en madera, al mismo tiempo rústicos y elegantes, extrañamente ligeros para ser de madera. Se dio cuenta que eran lustrados y limpiados con frecuencia como si estuvieran esperando su visita. No había más que lo necesario en aquel lugar: un sofá de tres puestos y dos butacas, un par de sillas sin brazos pegadas a las paredes a lado y lado de una ventana y un armario en un rincón.
- ¿De quién es esta casa? – Preguntó Diana a quien Miranda había olvidado.
- De Andreas. Es su casa de descanso. – Le contestó. Diana silbó con un tono de sorpresa.
- Pues no me sorprende: es rústica como su trato de ermitaño, es fresca como su manera de tomar la vida, es elegante y sobria como todo lo de tu futuro marido.- Empezó a enumerar. Miranda no respondió pero estaba de acuerdo con ella.
Caminó hacia el siguiente salón que resultó ser un pasillo que al mismo tiempo era una sala de estar, habían cinco puertas, una a la izquierda que daba al comedor y del comedor se daba a la cocina que era la segunda puerta de la izquierda en el corredor; las puertas a la derecha que daban a las habitaciones con un baño y una puerta en el fondo que conducía hacia fuera de la casa del lado de un espectacular paisaje marino.
Mientras Diana se fijaba en lo costoso, elegante y sobrio del lugar, Miranda se asombraba cada vez más de recordar con cada detalle que aquella casa era una recapitulación de sus recuerdos de infancia.
- ¡El diario! – Exclamó asustando a Diana.
- ¿Qué diario? – Preguntó Diana. Miranda sacudió sus cabellos con sus manos como si quisiera sacarse las ideas de la cabeza.
- Él decoró esta casa con mis recuerdos de infancia. Los recuerdos que leyó en mi diario.- Le dijo aunque Diana no entendía mucho de lo que hablaba.
Le parecía increíble que Andreas recordara todas aquellas cosas sin volver a leer el diario. ¿Era tan importante y fundamental en la vida de Andreas como para que él recordara tantos detalles?
Observó los adornos en la cabecera de la cama doble de la habitación principal. Era una figura mitad sol mitad luna que Miranda había botado durante un fin de semana en Santa Marta. Un viejo dije que su abuela le había dado algunos días antes de morir. Y que Miranda había botado sin querer en un fin de semana en Cartagena.
Recordó como había llorado durante horas en los brazos de Andreas por haber perdido aquel recuerdo. Lucia le había regañado durante todo el camino de regreso por su descuido. Andreas sólo pasaba su mano por entre sus cabellos y ronroneaba una canción. Aquella sensación de compañía, seguridad y ternura le había perseguido por días.
- ¿Le diste a leer tu diario a Andreas? – Preguntó Diana a quien Miranda había confundido.
- Es una vieja y larga historia. – Le dijo esquiva y luego la miró a los ojos. - ¿Crees tú que Andreas me ama?
- ¡Estás loca! Andreas no te ama, te adora. Sé por experiencia personal que estás por encima hasta del sexo y… no todos los hombres dan prioridad a otras cosas por encima del sexo. – Le dijo Diana quien en alguna ocasión había sido testigo de cómo Andreas había rechazado a una de sus amigas de escuela porque era “la amiguita de Miranda”.
- Raúl dijo que todo el que me conociera y visitara esta casa sabría que era un templo a su amor por mí. – Le dijo Miranda. Diana asintió con energía.
- Por favor… de eso no dudes. – Le dijo. Miranda suspiró.
Caminaba hacia la salida de la casa cuando apareció Dorotea. Habían pasado un poco menos de nueve años que Miranda no veía a Dorotea. Había cuidado a la madre de Andreas y luego, lo había cuidado a él hasta los dieciseis.
- ¡Tea! – Exclamó Miranda mientras corría a abrazarla. La señora, ya bastante entrada en años apenas pudo resistir a la fuerza de su abrazo.
- Miranda… Eres toda una señora… - Le dijo Dorotea con el mismo tono ronroneante de siempre. Miranda la besó en la frente.
- ¿Cómo haces para mantenerte? – Le preguntó observándola detalladamente puesto que no parecía tener una arruga o una cana más de las que Miranda le había conocido en el pasado.
- La tranquilidad… Este es un paraíso… la brisa, el mar, el silencio. – Le dijo con voz enamorada. Miranda suspiró.
- Eso mismo pensé cuando entré. Es un rincón escondido del mundanal ruido. – Le comentó sin saber como entrar en detalles para que Dorotea le contara un poco de lo que Andreas hacía cuando estaba allí.
- Todo en este lugar está hecho para la soledad y la intimidad… - Le dijo Dorotea invitándola a sentarse en una hamaca colgada de las barandas del pasillo exterior.
- Y… ¿Andreas viene a menudo?- Preguntó. La señora asintió y la miró con aire cómplice.
- En el último año… desde el viernes hasta el lunes en la mañana todos los fines de semana.- Miranda se sorprendió.
Esperaba cualquier otra respuesta… en realidad no esperaba una respuesta tan significativa. Un hombre como Andreas para quien un fin de semana sin una mujer o una rumba de por medio era imposible concebir, esto de refugiarse en una casa a la orilla de la playa… era inaudito.
- Y… ¿Viene acompañado? – Preguntó con timidez. Si él se refugiaba en aquel lugar con una mujer… Miranda entendería.
- Jamás… Este es un lugar sagrado. – Dijo enfáticamente Dorotea. Miranda se sintió todavía más acongojada por la respuesta.
Si tuviera un Andreas mujeriego y descarado en frente se sentiría mucho más cómoda que este Andreas sencillo, simple, solitario… ¿enamorado?
Dorotea la envolvió en viejos recuerdos de los pocos años que vivió con Lucia antes que decidiera retirarse y descansar. Andreas era ya un hombre y hacía mucho que no requería de los cuidados de Dorotea y la señora estaba mayor para seguir dedicándose a ser el ama de llaves en la casa Stephanos.
Antes que oscureciera, Diana y Miranda iban rumbo a la ciudad. Después de dejar a Diana en su casa, Miranda condujo hacia el apartamento de Raúl. Este la recibió con tan sólo el pantalón de lino que llevó a la oficina, descalzo y sin camisa.
- Estuve en Puerto Colombia. – Le dijo sin saludar. Raúl le entregó la cerveza que tenía en la mano y la hizo entrar.
- ¿Y ahora no sabes si se casa por el dinero o por que está a punto de enloquecer con la idea de perderte? – Preguntó con un tono de sarcasmo. Miranda se tomó casi toda la cerveza en la mano.
- ¿Por qué esperar diez años? ¿Por que no se quedó conmigo hace seis años cuando Karen lo dejó y se quedó a probar suerte conmigo? – Le preguntó aunque sabía era injusto preguntarle eso a Raúl que poco podría decirle. Raúl sacó una cerveza para él y se la llevó a la sala de visitas a un mullido sofá.
- No es lo mismo tener veintinun años y descubrir que tu hermanastra está enamorada de ti. Sinceramente, no envidiaba a Andreas el día de tus quince con tus ojos comiéndoselo de deseo y todos los ojos puestos sobre ambos. – Le dijo Raúl poniéndose por primera vez en los zapatos de Andreas. Miranda lo escuchó con atención.
- Y luego, tener veinticuatro y enfrentar la dura experiencia de estar al frente del altar y descubrir que la novia jamás llegaría. – Le dijo continuando su relato. – Karen si que hirió el orgullo de Andreas. Le costó volver a creer en las mujeres… y los meses junto a ti no le sirvieron de mucho puesto que solo ratificaste que sin importar la razón: sexo, dinero, poder, las mujeres eran felices con el hombre que conquistaban… fuese cual fuese la razón para quererlo.
- No me halagues…- Se quejó. Raúl le haló la nariz con dos nudillos.
- Entiéndeme… Lo recibiste aunque sabías que no estabas exactamente enamorado de ti, pero querías conocerlo como amante. – Miranda no pudo ocultar la verdad detrás de las palabras de su amigo. – Karen lo había rechazado porque había descubierto, tarde para mí que la habían estado evaluando contigo como base de valoración.
- Karen y yo en nada somos iguales. – Le dijo Miranda.
- Exactamente. Por eso, ella era la esposa perfecta… perfectamente diferente a lo que tu podrías ser alguna vez. – Le dijo él.
- Va a ser difícil olvidar todas estas cosas del pasado que cuestionan mis decisiones. – Le reveló. Raúl la hizo apoyarse sobre su pecho.
- Y quien te dijo que las olvidaras… o que las recordaras… - Le dijo Raúl con sinceridad. – Vive, amor. Disfruta lo que te llegue y espera lo que aún no llega.
- Es muy fácil decirlo pero muy difícil experimentarlo. – Le contestó Miranda y se quedaron los dos conversando acerca de lo difícil que era tener una relación amorosa estable.
Miranda no vio aquella noche a Andreas y se quedó en medio del pasillo sin saber si irse a su habitación o la de él. Según Pilar, él tenía un compromiso importante y llegaría tarde. También según ella le había dicho que se acostara en su habitación. Miranda se mordió el labio sin decidirse. Las otras noches había sido sencillo, Andreas la esperaba al final de la escalera y la tomaba de la mano para llevarla con él y, Miranda simplemente se dejaba llevar. Pero tomar la decisión por si misma de caminar a esa habitación y acostarse para esperarlo... Suspiró. Aquella era una decisión difícil de tomar.
Estaba todavía en medio del pasillo cuando Lucia salió de su habitación y la hizo saltar impresionada. Se sonrieron y Lucia le tomó de la mano. Miranda se dejó llevar.
- Nada tendría sentido si nunca lo hubieses conocido. – Le dijo como si estuvieran siguiendo alguna conversación inconclusa.
- No entiendo. – Le dijo Miranda dejando que la llevara rumbo a la habitación de Andreas.
- Confieso que cuando me di cuenta de tu interés por Andreas, en lo primero que pensé fue en lo que las primas y hermanas de Nicholas pensarían sobre ti. – Le reveló.- Y sobre mí por supuesto.
- Por eso insististe en que empezara a trabajar con él para que me decepcionara conociendo su lado oscuro. – Le dijo Miranda. Lucia sonrió.
- En realidad, por eso es que te envié a Orlando.- Le dijo. Miranda la miró sorprendida.
- ¿Acaso crees que no descubrí de inmediato aquel brillo lujurioso que surgía en tus ojos desde la primera vez que viste a Andreas? – Miranda no podía creer que su madre hubiese sabido desde entonces de su atracción por Andreas.
- Yo creí que habías descubierto mis sentimientos cuando me vine de Orlando, después de haberte dicho que trabajaría en Nueva York. – Lucia asintió. Miranda hablaba del año en que Miranda terminó la preparatoria y decidió que se vendría a Barranquilla en lugar de seguir viviendo en Estados Unidos.
- Lo sé. Estás equivocada si crees que los hijos pueden ocultar algo así a sus padres. – Le aconsejó y la hizo entrar en el cuarto de Andreas.
Miranda miró sorprendida como habían organizado la cama con un toque un poco más femenino con muchos cojines y almohadas todas con fundas de colores pastel y una hermosa sábana de color verde menta. Su color favorito. Habían pasado también una pequeña biblioteca de las de su cuarto con los libros que más usaba Miranda: Álbumes de fotos, anuarios de su escuela y de su universidad, diccionarios de inglés, francés y castellano y sus historias predilectas.
Miranda se acercó al armario y Lucia le abrió las puertas. Toda su ropa estaba organizada en el lado izquierdo y la de Andreas en el lado derecho. Aquello produjo un vacío en el estómago de la chica. Jamás soñó que llegaría aquel momento. Era la mujer de Andreas, la mujer del magnate como le había dicho a Vicente.
- Mamá, yo no sé si estoy haciendo bien… - Le dijo pero Lucia la interrumpió.
- Nadie sabe a ciencia cierta si su matrimonio funcionará cuando está por comenzar. – Le dijo. – Yo que les he visto crecer con ese sentimiento enredándoles la vida… creo que puede funcionar mucho mucho tiempo, siempre y cuando dejen de jugar al gato y al ratón y sean más sinceros de lo que hasta hoy lo han sido.
- No es solo los secretos. Está el miedo a no ser perfecto para el otro, la sensación de que nuestros errores arrasaran con todos en esta familia…- Lucia le hizo callar.
- Déjate querer. Él se muere por consentirte, por convertirte en una reina y tú, aunque soy consciente que es mía la culpa, eres demasiado independiente. No sabes recibir pero jamás es tarde.
- En eso estoy de acuerdo con Gilberto Santarosa. Cuando yo recibo un beso no lo quiero regalao, porque no sabe bien un beso que no me he ganado. – Lucia sonrió.
- ¿Y quién te dijo que es regalado?… Vos supiste dejarlo volar, vivir su juventud y disfrutar de una y otra flor en su camino. Y ahora lo recibes, el camino recorrido, para que siga uno a tu lado.
- Todo suena muy bien. En realidad, eso es lo que más me preocupa. – Le confesó Miranda y se sentó con Lucia en un sofá a conversar sobre los miedos de un matrimonio.
Así las encontró Pilar cuando fue a anunciar la cena. Miranda se lavó las manos y siguió a su mamá hacia el comedor. Andreas no apareció en toda la noche. Miranda tuvo que irse a dormir, en aquella enorme cama… sola.
Aunque tardó en conciliar el sueño, se quedó profundamente dormida casi a medianoche. Estaba soñando con viejos recuerdos de adolescencia revueltos con fantasías cuando una música de mariachis la despertó. Frunció el ceño y se sentó en la cama en medio de la oscuridad. Había un mariachi cantando. Miró el reloj en la mesita de noche y frunció aún más el ceño. ¡Dos de la mañana! Era una locura ponerle una serenata a alguien a las dos de la mañana.
Pilar apareció en el umbral de su puerta después de la primera canción. Miranda todavía confundida por el sueño y el inquietud de no saber por qué Andreas no aparecía, la miró sin entender que hacia ella allí.
- Tienes que asomarte en la ventana. – Le dijo sonriendo. Miranda siguió sin entender.- La serenata es para ti, es Andreas que llegó para halagarte.
Miranda saltó de la cama y abrió el ventanal de la habitación de Andreas. Efectivamente, Andreas con un sombrero de charro sobre su cabeza, estaba en medio de un grupo de seis mariachis que cantaban, en ese momento, la bikina.
Miranda sonrió. Era imposible negarse a la seducción de Andreas. No había conocido a una mujer que le dijera no a ese hombre. Atractivo, millonario, detallista, elegante, buen amigo, diablo y ángel a la vez. Suspiró y se acercó a la baranda mientras lo veía subirse por una escalera de albañil que habían apoyado contra el balcón.
- Estoy borracho como una cuba. – Le dijo con toda sinceridad. – Porque me muero de miedo ante la posibilidad de que me digas que no. Y tal vez me da más miedo que me digas que sí y llegues al altar y te quedes allí.
- ¿Es así como me vas a proponer matrimonio? – Preguntó Miranda burlándose de las cosas que decía.
- Ya te propuse matrimonio… En realidad, - Le dijo y sacó algo de su bolsillo derecho. – Estoy aquí para entregarte tu anillo.
Miranda sonrió y recibió la argolla que él mostraba dentro de una caja de terciopelo. Era un anillo hermoso, sencillo con una amatista en forma de flor y una montura en oro.
- Estás loco. Sin embargo, es posible que te cures. – Le dijo sonriendo y se colocó el anillo. Lo miró, tenía que reconocerse a sí misma perdida en la inmensidad de esos ojos azules. – Si ya le pagaste a tus músicos, entra y comenzamos tu proceso de curación.
Andreas sonrió y le lanzó su billetera a Raúl a quien Miranda ni siquiera había visto. Raúl le mandó un beso al aire.
- Paga… Y nos vemos mañana. – Le dijo y la siguió hasta su cama. Todos se fueron a dormir. La vida continuaba y con el sol del nuevo día… las cosas siempre pueden ser mejor.
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